06. Carlos y Marta

/ diciembre 21, 2018/ Microtoria, Pies Descalzos

Marta estaba en el tren, hacía calor pese al aire acondicionado; se levantó para bajar en su parada. Saltó al andén con prisa y, fuera de la estación, se metió en la primera tienda que encontró, necesitaba aire frío. Acabó en una zapatería mirando los bolsos que vendían.

Después de diez minutos dentro, el sudor se le había secado sobre la piel y empezaba a liberarse del calor que le sobraba. El dependiente se acercó a ella, con una sonrisa de oreja a oreja, un corte de pelo moderno y joven, no debería tener más de 20 años.

—Hola, ¿puedo ayudarte? Te he visto indecisa —Marta lo miró fijamente, no sabía dónde meterse y no quería reconocer que no tenía intención de comprar nada.

—Bueno, me he enamorado de… este bolso —le confesó Marta—, pero se escapa de mi presupuesto —ambos se sonrieron.

—¿No tienes quién te lo regale? —le preguntó Carlos—. Porque, la verdad, sería un delito que no pudieras disfrutar de él —le guiñó un ojo y a Marta se le encendieron las mejillas.

«¡Será descarado!», pensó.

—Pues no… realmente, no —confesó mirando hacia el bolso, por no encontrar otro sitio donde mirar.

—Pues es una verdadera pena, sí. Bueno, tenemos otros igual de bonitos y más baratos, supongo que no será lo mismo, ¿no crees… —Carlos la miró pensativo—. ¿Cómo te llamas?

—Marta.

—¡Marta! Bueno, como bien pone aquí, soy Carlos. Encantado, Marta —se presentó él, su carácter animado hizo olvidar a la chica absolutamente todo a su alrededor, estaba realmente confusa y empezó a sentir miedo, igual acabaría comprando un bolso caro que no usaría nunca.

—Encantada, Carlos —le respondió mientras planeaba alguna estrategia para escabullirse antes de hacer algo de lo que arrepentirse.

—Bueno, como te iba diciendo, hay otros bolsos… te los puedo enseñar —le guiñó el ojo—, así nos entretenemos hasta que baje el calor.

¡Mierda! Se había dado cuenta de por qué estaba allí. Quiso desaparecer. Carlos notó lo apurada que estaba y siguió hablando; después de todo, comprara o no, era la primera persona que entraba en todo el día y él estaba solo, un poco de conversación nunca había matado a nadie.

—Tranquila, no tienes la obligación de comprar nada… pero si me haces compañía un rato te lo agradezco. A no ser que tengas algo que hacer.

—Emmm —Marta no sabía qué responderle, acababa de cortocircuitarle la cabeza, así que solo pudo sonreír y aceptó—, vale… Trato hecho, a cambio, prometo que la próxima vez que necesite unos zapatos o un bolso, vendré aquí.

—¡Genial! Todos ganamos.

Marta no pudo evitar sentir que la situación se había vuelto un tanto absurda, al menos lo suficiente como para que cualquiera a quien se lo contase pensase que estaba tomándole el pelo o exagerando.

Se quedaron en la tienda hablando toda la tarde. Alguna vez Carlos tuvo que interrumpir la charla para atender a algún cliente, pero pronto volvía a sentarse con Marta. Casi al atardecer, Marta se ofreció a ir a por algo para tomar y Carlos aceptó, alegremente.

Marta volvió con dos cafés y unas magdalenas de chocolate.

—Espero que te gusten, las vi en el expositor y no pude resistirme —le confesó mientras dejaba en una silla la merienda.

—Estupendo… bueno, ¿por dónde íbamos?

—Pues creo que me habías preguntado que dónde vivía.

—Ah, sí… cierto —corroboró Carlos, sentándose y cogiendo uno de los cafés—. ¿Dónde vives? —la repetición de la pregunta hizo reír a Marta.

—Pues, por ahora, en Lavapiés, pero estoy buscando un piso para compartir. Mis dos compañeras se van y me apetece cambiar de aire…

—¿En serio? —Carlos se sorprendió de la casualidad—, no sé cómo lo verás —Se interrumpió, sopesando lo que decirle—, tengo una habitación libre, estaba pensando en alquilarla por sacar un dinero y porque vivir solo es un asco, la verdad. Sé que nos acabamos de conocer, pero…

—Bueno, puedo… verlo —respondió lentamente Marta, la propuesta le pilló de sopetón—, así no podré escaquearme de comprarte en el futuro unos zapatos…

Carlos se rio a carcajadas y, luego bebió un sorbo de café. Se quedaron hablando hasta la hora del cierre y después fueron juntos a ver la habitación que Carlos acababa de poner en alquiler. Y así fue como Carlos y Marta comenzaron a compartir piso.

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