07. Marta y Elisa

/ diciembre 28, 2018/ Microtoria, Pies Descalzos

Los veranos en el pueblo son los mejores, allí se te olvida que el sol aprieta, la hierba seca se queda pegada a la ropa y el polvo se adhiere a la piel. Por la tarde, jugando con los primos se solucionaría cuando uno de ellos te cogiese en brazos y te tirase al río.

Elisa tenía trece años y solo uno más Marta cuando la encontró sola, metida en el río, tras varios días de búsqueda. Elisa lloraba, desconsolada, mientras dejaba que el agua corriera a su alrededor. Marta la llamó desde la orilla, pero no se movió, y Marta se metió en el agua.

La abrazó y le preguntó qué le había pasado, dónde se había metido. Elisa no respondió, pero se abrazó a ella y lloró desconsoladamente. Marta no entendía qué le pasaba a Elisa, pero la apretó fuertemente contra su pecho sin ver los moretones sobre su piel ni la ropa desgarrada.

Los días siguientes fueron extraños, Elisa ya no jugaba, no hablaba y no quería ver a nadie, se había marchado antes de que acabara el verano, antes de tiempo, con su madre. Marta preguntó y preguntó, pero nunca tuvo respuesta y la inocencia evitaba que se diera realmente cuenta.

El resto de adultos susurraban a su alrededor, no le contaban qué pasaba y Marta terminó el verano con sus primos, mirando el camino, esperando que Elisa apareciera, pero nunca volvió al río ni al pueblo, ni ese año ni los que siguieron.

Quince años después se volvieron a encontrar, esta vez en la ciudad y por casualidad, desde aquel verano no se habían vuelto a ver y, aunque mantenían el contacto en las redes sociales, tampoco hablaban, pero las fotos que ambas compartían les permitieron reconocerse.

―¿Elisa? ―Marta estaba sorprendida.

―Marta ―reconoció ella, sin saber qué hacer. Marta sí: sonrió y la abrazó con fuerza.

―Elisa, lo siento, lo siento. Era una niña y no me di cuenta. Ojalá hubiera…

―Fue mejor así ―respondió Elisa, con los ojos cerrados, abrazada de nuevo a quien nunca supo que la salvó de dejarse arrastrar por la corriente, demasiado angustiada por algo que sabía que estaba mal, pero que no entendía; algo que, pese a su inocencia, le pesaba como culpa.

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