11. Néstor y Paula

/ enero 25, 2019/ Microtoria, Pies Descalzos

Solo faltaban 7 minutos para que Néstor hiciese 36 horas despierto cuando llamaron a la puerta de la sala donde esperaba a que terminase su guardia; estaba cansado y llevaba tanto en el hospital que sintió una presión en el pecho y un deseo de reírse que a duras penas ahogó.

A cualquier persona que entrase allí y relatase sentirse de aquella manera, le hubiera dicho que estaba sufriendo un ataque de ansiedad; probablemente, por la falta de sueño de las últimas semanas, presión, malas caras, nervios y gritos que aguantaba durante su jornada laboral.

Si seguía así, cualquier día le iba a dar un infarto, pero ignoró su propia salud.La enfermera le informó de que iba a entrar un nuevo paciente en urgencias, que la ambulancia llegaría en dos minutos, que estuviese preparado. Néstor se colocó de nuevo la bata e inspiró hondo.

Tres horas después, Paula abrió la puerta de la casa al reconocer el coche de Néstor, que estaba todavía aparcándolo. Estaba de brazos cruzados, esperando, con un desayuno sin servir, a que él llegara. Él se acercó como si alguien ajeno arrastrase su cuerpo, estaba agotado.

Paula dejó caer los brazos a los lados y suavizó la postura para recibirle con palabras amables y un tono suave. Sabía que Néstor estaba pasando por un momento demasiado duro en el trabajo, igual que sus compañeros, y ella no quería ser otro motivo más de sufrimiento.

―Tu turno terminó hace 3 horas… ¿Qué ha pasado? Me tenías… ―comenzó a decirle mientras él, como un autómata, la ignoró y entró al hogar en el que cada vez pasaba menos tiempo. Se sentó en el sofá, con la mirada perdida y el gesto serio, parecía que no estaba allí―. Néstor…

Paula se sentó a su lado y le tocó la rodilla, observó como la marcada nuez de la garganta de Néstor subía y bajaba frenética, conteniendo todavía el llanto, y ella le abrazó. Él comenzó a llorar, desahogando todo el estrés, todos los nervios y toda la presión con la que cargaba.

―El chico ha muerto ―Fue capaz de verbalizarlo tras 10 minutos de llanto, su voz estaba desafinada y rota, reflejo de la impotencia que sentía―. El chico ha muerto por mi culpa, porque no me he dado cuenta… de…

Paula se apartó para mirarle a los ojos, no era la primera vez que venía con historias similares, a Néstor le afectaban demasiado las urgencias y no se acostumbraba. Le acarició con cariño la mejilla.

Después de 15 años siendo médico de cabecera, haber pasado a las urgencias del hospital no parecía que hubiese sido una buena idea; pero Paula se sabía guardar su opinión y sabía por qué Néstor había hecho aquel cambio. No podía reprochárselo, solo podía apoyarle y consolarle.

Le dejó hablar, le dejó desahogarse. Estuvo calmada y le intentó dar ánimos cuando él le explicó que había leído que era alérgico a la penicilina en su historia, lo había leído, y se le olvidó una hora después, cuando le pidió a la enfermera…

Se castigó a sí mismo y Paula hizo lo que pudo para que estuviese bien, todo lo que pudiese estar una persona tras tantas horas de presión y falta de sueño.

―Cielo, estas cosas pasan… ―le susurró ella cuando vio que estaba un poco más calmado―. Voy a preparar un chocolate y luego vas a dormir unas cuantas horas, ¿vale? Verás que luego lo ves todo un poquito mejor, cuando descanses…

Él solo asintió y se quedó allí, seguía mirando al infinito y fustigándose por el error que había cometido, uno por el que no se perdonaría nunca y que le perseguiría durante mucho tiempo. Entonces, se planteó dejarlo, dedicarse a cualquier otra cosa, y no era la primera vez.

―Toma ―le susurró Paula colocándole la taza sobre las manos, él la aceptó y pareció volver al mundo real, sonrió con cortesía y de forma automática se llevó el chocolate a los labios―. Oye, Néstor, ¿por qué no pides una baja? No puedes seguir así.

Él negó con la cabeza y una sonrisa de histeria apareció en su rostro.

―No puedo, no puedo… si ya somos pocos y no damos abasto… tengo que aguantar, no soy el único así, Paula. Todos estamos…

―Lo sé, lo sé ―le intentó calmar Paula, mientras le acariciaba el hombro, lo comprendía y lo último que quería era alterarle más―. Venga, termínate el chocolate y ve a descansar un poco. Luego daremos un paseo por el parque.

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