17. Adrián y Teodoro

/ marzo 2, 2019/ Microtoria, Pies Descalzos

Teodoro llevaba sin dormir bien tres días, estaba preocupado por la caída de los beneficios de la empresa. Si no remontaban en el próximo trimestre, debería despedir a la mitad de la plantilla, pero para él cada persona era importante y quería evitarlo a toda costa.

Estaba fumando un cigarro en la entrada de su local cuando se encontró con Adrián, que había salido a tomar el aire también.

—¿Cómo va? —preguntó Adrián—. Pásame uno, porfa.

—A ti no te dijo el médico…

—Lo mismo que a ti. Anda, solo uno esta vez. No me va a matar.

Le dio el cigarro y lo encendió en la boca, el cosquilleo acre de la nicotina, la sensación de paz, de ser capaz de permitirse un momento para detener el rumbo de su propia vida.

—Las cosas no van, hemos reducido gastos, pero las ventas no se han mantenido —le informó Adrián.

—Ya, nosotros estamos igual. Tengo todavía un trimestre para ver si remonta…

—Nosotros mañana comenzamos con los despidos.

—No fastidies, ¿tan pronto?

Adrián asintió, mirando al edificio de enfrente, con una nueva pintada mal escrita por algún trabajador demasiado enfadado.

—No pensé que fuerais tan mal.

—A ver, podríamos hacer sacrificios, pero es que no van a funcionar; además, los otros creen que es mejor intentar reducir la carga de la empresa. Necesitamos cambiar muchas cosas para adaptarnos a los nuevos tiempos.

—Ya…

Teodoro tiró la colilla al suelo y la apagó con la puntera del pie.

—No tiene pinta de que vaya a mejorar, no. Voy a la farmacia, no quedan aspirinas en el botiquín. ¿Necesitáis vosotros algo?

—No, que va… pero te acompaño. Necesito salir de aquí. Mañana me espera un día negro.

Teodoro entró en su local, donde recogió las llaves de su coche y volvió a salir. Adrián le esperaba fuera, con el pitillo a medias. Una última calada y al suelo, Adrián tiró la colilla encendida, dejando que se consumiera sola sobre un adoquín sucio.

Se subieron al coche de Teodoro, blanco y de diez años de antigüedad. Se restregó los ojos un momento, le picaban.

—Andas cansado, ¿eh? —comentó Adrián.

—Ni te imaginas cuanto, cualquier día acabo en el hospital por un maldito infarto.

—Ya, los negocios no valen la salud, Teo.

—Lo sé.

—Y, no jodas, píllate unos días y olvídate de la empresa —le aconsejó.

Teodoro respondió riéndose, casi parecía desquiciado.

—Ojalá fuese tan sencillo, Adri. Pero mi empresa es más pequeña que la tuya, corre más riesgos y estoy más arriba que tú. Si me voy…

—Si te vas, si te vas… seguirán adelante, tienes a Pascu allí, ¿no? No tienes que cargar con toda esta mierda tú solo.

—Ya. Él tampoco es que esté…

Arrancó el motor, se puso el cinturón, salió del aparcamiento y luego pasó por la rotonda que lo alejaba del polígono.

—¿Vas a la del centro comercial?

 —Sí, así el paseo es un poco más largo, que lo necesito. Y aprovecho para comprar un par de cervezas.

Adrián se rió, hacía un par de semanas él había hecho lo mismo.

De hecho, había estado igual que Teo; pero, ahora, después de tomar las decisiones que habían tomado y solo a falta de ejecutarlas en su empresa, se encontraba mejor y las tensiones habían desaparecido.

Aunque no estaba demasiado orgulloso de lo que se iba a ver obligado a hacer.

Llegaron al centro comercial, donde no solo aprovecharon para comprar las cervezas, también para tomarse un café muy cargado. Teodoro había reconocido que estaba demasiado cansado y necesitaba un respiro, Adrián no le impidió tomárselo y le acompañó con otro. Ambos se hicieron confesiones sobre cómo les hubiese gustado que ocurrieran las cosas. Lástima que las empresas nunca se hubiesen afianzado tanto como para aguantar el latigazo de la crisis.

Volvieron al coche, aunque ambos parecían reticentes a desandar el camino.

Teodoro dejó el bote de las aspirinas y las latas de cerveza en el asiento trasero del vehículo y se volvieron a montar. Tocaba volver al tajo y no podían dilatar más aquella escapada.

Fue en la glorieta de entrada a la empresa cuando Teo cerró los ojos un momento, incapaz de tenerse despierto. Solo fue un momento, pero el coche no paró en el ceda y se encontró con el parachoques del camión que lo sacó de la carretera y lo estampó contra un árbol.

Lo último que vio Adrián, antes de cerrar los ojos por última vez, fue al conductor del camión acercándose a él. Le pitaban los oídos.A la salida del centro comercial había olvidado ponerse el cinturón y ahora estaba en mitad de la calzada, boca arriba. Algo no iba bien. Estaba confuso. Le costaba respirar. Miraba el cielo azul oscuro de la tarde con los ojos vidriosos, le dolía tanto el cuerpo que no lo sentía. No entendió lo que le decía el conductor, pero parecía demasiado alterado, tenía el móvil en el oído.

Parpadeó, aunque le costó y giró la cabeza, intentado ubicarse y entender qué estaba pasando. Hacía un momento…

—¿Teo? —susurró antes de sentir que su cabeza se desconectaba, intentó luchar un segundo contra ello, pero las pocas fuerzas que tenía no fueron suficientes.

Teo estaba todavía en el coche, con la cabeza apoyada sobre el volante, inconsciente, pero vivo. Durmiendo, por fin, lo que no había dormido en la última semana. Las cervezas, rotas, se mezclaban en el asiento de atrás con las aspirinas, borboteando y calando el asiento.

Pero qué más daba, poco importaban ahora los beneficios ni la empresa, Teodoro estaba dormido. Había cerrado los ojos y estaba durmiendo.

Durmiendo un poco, por fin.

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