19. Sara y Miguel

/ marzo 12, 2019/ Microtoria, Pies Descalzos

Sara estaba enamorada de Miguel o, al menos, estaba completamente convencida de que aquello era amor, y, sin darse ni cuenta, se convirtió en una sombra de Miguel.Dejó de emitir juicios propios que no hubiese filtrado antes él y aprendió que su opinión siempre era mejor.

El proceso de sumisión bajo la personalidad ecléctica de Miguel que había sufrido, había sido tan paulatino que ni siquiera ella se había dado cuenta. Al principio, Miguel la regalaba de halagos y estaba a disposición de todos los deseos de ella, pero a la vez…

Cualquiera que hubiese conocido a Sara 6 años antes, afirmaría que se trataban de personas completamente distintas; pero las personas con las que había conseguido mantener un contacto, siempre limitado, durante aquellos años, se habían acostumbrado a las ojeras y a esa «ella».

Miguel había conseguido que Sara sintiese que no podía vivir sin él, que era tan indispensable como respirar.

No pensaba en ella, solo en «ellos», siempre anteponía a Miguel y, a base de malas caras, había aprendido a reprimir sus sueños hasta olvidarlos.

A ella le encantaba pintar, pero Miguel solicitaba más tiempo. Acudía a ella y se mostraba amoroso cuando se preparaba para pintar y, poco a poco, cedió a esos chantajes y acabó acurrucada en el sofá con él. Miguel solo tardó 2 años en que también cambiara su forma de vestir.

5 años llevaban cuando inició un nuevo trabajo como restauradora en un museo, y Sara comenzó a revelarse contra las ataduras de Miguel, a intentar escapar y volver a sentirse ella; aunque no fue consciente al principio, solo sentía que algo no encajaba, que no estaba bien.

Algo fallaba, algo faltaba. No sentía que ella fuese ella. Así que se enganchó al trabajo para evitar pensarlo. Salía de casa a las 8 de la mañana y hacía horas extras, no porque el Museo necesitase que lo hiciera, ni siquiera esperaba que le pagaran el tiempo extra.

Un día, un compañero le propuso un trabajo externo y aceptó sin dudarlo.Para que Miguel no se enfadara, se escudó en lo bien que les vendría el dinero cuando tuviesen el bebé que llevaban años buscando.Sara recordó que la pintura la llenaba, la hacía feliz y la necesitaba.

Una pequeña parte de Sara despertó entonces, comenzó a ser más independiente, a trabajar más y a huir hacia delante, mientras Miguel se entretenía en videojuegos, a los que ella cada vez jugaba menos y solo porque sentía que era la única forma de seguir conectada a él.

Un día, de vuelta a casa Sara había estado pensando sobre su futuro, hacía tiempo que no lo hacía. Sin querer, soltó una bomba.

—Quiero esperar, todavía no quiero ser madre. Todavía me falta tanto…

—Pero, ¡si era lo que queríamos! Lo llevamos buscando…

—Lo sé, pero es que…

El nudo de la garganta fue tan grande que no pudo terminar la frase y la pelea acabó con una ruptura en caliente. Pero Miguel estaba demasiado cómodo con ella como para tirar 5 años de relación tan fácilmente, y Sara se sintió identificada; aunque sus causas eran otras.

Cuando a Miguel se le bajó el calentón y ella sintió el miedo de perderle, volvieron a hablar y Miguel decidió darle el margen que ella pidió antes de formar aquella familia. Miguel aceptó que Sara pudiese desarrollar su carrera profesional un poco.

Y aguantó un par de meses antes de tener «accidentes», tras los que se disculpaba y Sara se frustraba y enfadaba. Cada vez se fiaba menos de él.Ella quería seguir trabajando, y siguió trabajando de más solo para huir del abrazo de Miguel, que comenzaba a asfixiarla y a herirla.

Sara se había convertido, no solo en la sombra, sino en el reflejo de él y comenzó a herirle también; a arañar para escapar de lo que comenzaba a darse cuenta de que era una jaula en la que no deseaba estar. Se defendió con las mismas armas que Miguel había usado contra ella.

Inevitablemente, la distancia creció entre ellos hasta convertirlo en un desconocido al que conocía muy bien.Aguantó hasta que un día se rompió y no pudo más. Le dejó sin siquiera pretenderlo, por accidente; se sorprendió pronunciando las palabras y él pareció rendirse también.

Sara seguía teniendo un problema: no sabía ser ella sin él, se había olvidado y hacía demasiado tiempo que se había visto a «ella» en el espejo por última vez. No se recordaba. Cuando por fin se quitó la venda que Miguel le había puesto tan sutilmente, se quedó ciega.

Y en la oscuridad de un cuarto al que se aferraba por miedo a un futuro incierto sin Miguel, Sara vio los pedazos, se dio cuenta de que estaba rota, más rota de lo que muchos soportarían y se negó a admitirlo, y se resistió a abandonar la jaula, ahora abierta. Solo por miedo.

Sara, en un momento de lucidez en aquella mente caótica, atormentada y llena de cristales rotos, se preguntó cuántas veces se podía romper en añicos una persona antes de que no fuese capaz de recomponerse y levantarse una última vez.

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