22. Sara y Sergio

/ abril 6, 2019/ Microtoria, Pies Descalzos

La tarde estaba pasando lentamente para Sara, tan lentamente que escuchaba los silencios del segundero y se le antojaban demasiado largos. Intentó leer, dibujar, leyó noticias y miró el muro de varios amigos, zapeó y también pensó dar un paseo, pero no tenía el ánimo suficiente.

Además, llovía.

Sara siempre había sido una chica de verano, ni el frío ni la humedad eran para ella.Volvió a abrir la tapa del portátil, la saludó la voz del antivirus informándola de que la base de datos estaba actualizada. Dio un respingo.

Suspiró y miró una vez más el reloj. Igual si se iba a dormir… pero no tenía sueño, solo estaba aburrida.

Abrió el navegador, estaba completamente apática. Entonces se preguntó si todavía existirían los chats que su hermano le había enseñado cuando era todavía una niña.

Hizo una búsqueda y acabó en una página que le pedía un nick.«¿Por qué no?», pensó; pero no tenía demasiado claro el nombre a elegir, tampoco tenía ganas de complicarse la vida: «Aburrida27». Sin complicaciones ni sorpresas.

Automáticamente, entró en el canal de su ciudad, donde a un saludo genérico de bienvenida le siguió el mensaje de un desconocido en el general. Lo leyó en alto para no sentirse tan sola: «pensé que vendrías en coche», la respuesta que lo confirmaba no tardó en aparecer.

—¿Por qué no hablan esto por privado? —preguntó en alto, aunque no esperaba que su gato respondiera, era el único que estaba en casa.

Se animó a participar en el canal, era una forma de pasar el rato y, con suerte, encontraría a alguien interesante con quien charlar.

Escribió un «hola» en el general, luego se vio abrumada: 3 ventanas pasaron a ser 15 en un momento, con un montón de saludos diferentes. Cerró directamente aquellos en los que había referencias sexuales, los saludos mal escritos y un par que directamente preguntaban por su edad.

Redujo sus opciones a dos conversaciones, de las que pronto dejó de responder al que comenzó a preguntarle por sus detalles físicos.«¿Para qué quieres saberlo». Fingió inocencia. Se sintió frustrada y, al final, se quedó con el otro, con el que parecía tener más afinidad.

Se llamaba Sergio y la ayudó a olvidarse del reloj. Sergio parecía divertido y agradable, al menos, no se interesaba por su aspecto físico. Habían comenzado a hablar de música, una de las cosas que, le confesó, más lo relajaban y lo hacían desconectar del trabajo. Era empresario.

Sara le contó entonces que ella todavía estudiaba, hacía Enfermería, y que solía poner música de fondo cuando le tocaba repasar los temas. Se sorprendió al darse cuenta de la cantidad de cosas en común que tenía con Sergio, supuso que porque tenían una edad similar.

De la música pasaron al cine, del cine a las series y luego hablaron sobre libros. Le encantó que leyera y pensó que Sergio debía ser tan raro como ella, coincidían en muchas cosas. Quería saber más, no deseaba que la conversación acabara y fue imprudente: le dio su móvil.

«¿Me llamas?, así sé cómo se escucha tu voz», le escribió justo después de su número. Sergio no volvió a responder.Varios minutos después el móvil de Sara comenzó a sonar, el número no estaba registrado y descolgó, estaba excitada.

—¿Hola? —preguntó. Era Sergio.

Hablaron durante más de una hora por teléfono y Sara se convenció de que Sergio era alguien interesante a quien merecía la pena conocer, hacía rato que se había olvidado de lo aburrida que estaba y aceptó quedar con él aquella misma tarde.

Se preparó y salió de casa emocionada, como si aquello fuese una cita a ciegas. Sin pensar demasiado. El corazón le latía como nunca y sentía los nervios a flor de piel. Era la primera vez que hacía algo así, quedar con un desconocido del chat… pero sentía que ya lo conocía.

Llegó al punto de encuentro 10 minutos antes de la hora, dio una vuelta y entonces le llegó un mensaje, lo miró. Era una foto de ella desde lejos, buscó la dirección desde la que la habían sacado y se encontró por primera vez con Sergio.

Se le heló la sangre y la sonrisa se desdibujó hasta formar una mueca de asombro y cierta decepción.Sergio que, claramente, había mentido sobre su edad. Se acercó a ella con una sonrisa de oreja a oreja.

—Hola, ¿Sara?

Ella asintió.

—¿Sergio? Pareces más…

—Ya. Mayor, ¿no? Todo el mundo miente en los chats, Sara.

—Pues yo no lo hago —se quejó ella.

—Ya. Bueno, sé sincera, si te hubiese dicho que tenía 46 años, ¿hubieses quedado conmigo?

Sara se quedó mirándolo, muda. «Todo el mundo miente, ¿eh?».

Estaba cabreada. Además, si le había mentido en eso, bien podría haberle mentido en todo lo demás. En ese momento, lo único que quería era quitarse a Sergio de delante.

—Sí, no me importa la edad. Me molesta que me mientan —le respondió bruscamente Sara—. A saber si te llamas Sergio… Se me han quitado las ganas, así que, si no te importa, encantada, pero me voy.

Quería dejarle con la palabra en la boca, no quería escuchar nada más, y esa era su intención cuando se dio la vuelta. Sergio la agarró del brazo, con fuerza para impedírselo.

—¡¿Qué haces?!

—Espera, perdona, ¿nos tomamos ese café y me das otra oportunidad?

Sara se zafó.

—No.

—Venga, no seas…

—He dicho que no. Adiós, Sergio.

«Joder con la estrecha», fue lo último que escuchó de él mientras se alejaba de allí. Sara se sentía estúpida por haber caído en aquella trampa, se sintió tonta por haberse dejado engañar por una ilusión enredada en palabras.

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