23. Sergio y Verónica

/ abril 12, 2019/ Microtoria, Pies Descalzos

Era un día especial para Verónica, probablemente el más importante de su vida. En la sala, todos los ojos estaban puestos en ella, en silencio seguían cada uno de sus movimientos.

Estaba nerviosa y procuraba que no se notara, sonreía mientras avanzaba por el pasillo conteniendo la respiración, la mirada fija al frente, en la meta, en el último paso. Un último paso que, en realidad, solo cerraba una etapa para abrir una nueva llena de incertidumbre.

Aquella era la última batalla de una guerra que había librado durante los últimos 6 años, día a día, con esfuerzo y sacrificio. Se quedó quieta, helada. ¿Habría merecido la pena? Dudó, contuvo la respiración y cerró los ojos un momento. No era el momento para echarse atrás.

Cuatro horas más tarde abrió la puerta de su casa. Su padre, Sergio, estaba sentado en el sillón, leía noticias en una tablet vieja. Su madre tenía el mando en la mano y cambiaba de canal sin que la programación terminara de convencerla. Ambos la miraron, serios, esperando.

—Bueno… —saludó Verónica, tratando de parecer afectada—. Ya está —Estaba cansada y se sentía más ligera, como si se hubiese quitado una gran carga de los hombros.

—¡Uy!, esa carita… Hija, ¿cómo estás?

—Bien, es como si me hubiese quitado un peso de encima —respondió ella—. Seis malditos años para que luego acabe todo así, en un rato. Estoy como anestesiada.

—Ha sido duro, pero, ya ves, luego se pasa rápido el mal trago. No era para tanto, ¿no? —preguntó el padre, levantándose y acercándose a su hija, para darle un abrazo y consolarla. Ella lo aceptó de buen grado—. ¿Qué harás ahora?

—Pues ni idea —se rió Verónica, era una risa forzada—. ¿Descansar? Creo que me tomaré unos días y luego veré.

—Pero ¿les ha gustado? —preguntó su madre.

—A ver, no es cuestión de gustos, mamá. Valoraban un trabajo que me ha llevado unos cuantos años.

—¡Ya me entiendes!

—Bueno, pues que sepáis que… —Verónica sonrió por primera vez desde que había entrado en casa, de oreja a oreja, y después de unos segundos, aunque aún no se lo creía, anunció— ya soy doctora.

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