28. Ricardo y Alba

/ noviembre 30, 2019/ Microtoria, Pies Descalzos

Cuando el teléfono dejó de sonar, la agenda de Ricardo cambió completamente. Colgó poco después y se quedó en silencio, con la mirada perdida en el aparato de color rojo que Julia compró cuando se habían mudado a aquella casa.

Alba corrió por un pasillo poblado de recuerdos hacia su padre.

—¿Era mamá? —preguntó la niña, con una sonrisa de oreja a oreja—, ¿va a venir ya? Quiero verla.

Ricardo se mantuvo en silencio, tratando de ignorar a su hija, no se sentía con fuerzas para contestar, notaba una bola anclada en la garganta.

—¿Papá?

Ricardo se giró lentamente, fingiendo una sonrisa. La niña no tenía por qué enterarse tan rápido.

—No, cielo, lo siento. Mamá no viene hoy. Ahora tengo que salir… un momento, ¿vale? Te quedas con la abuela.

Ricardo acarició la cabeza de su hija, la miró y pensó en que los ojos eran idénticos a los de Julia. Notó como los músculos de su cara flaquearon un segundo, perdiendo el control, volvió a tensarlos para mantener la sonrisa falsa. Confió en que Alba no se hubiese dado cuenta.

—¿Por qué no dibujas algo bonito para mamá? Seguro que se pondrá muy contenta cuando lo vea.

Alba asintió y corrió al salón, donde solía dibujar, tumbada en el suelo con lápices de cera. Ricardo ya tenía el regalo de navidad para ella en el trastero desde hacía unas cuantas semanas: un kit de iniciación para pintura en acuarela y un gran cuaderno para llenarlo de sus ideas. Era octubre todavía.

Él salió de casa, después de hablar con su madre, que preparaba la merienda para cuatro, con los ojos rojos.

No volvió hasta seis horas más tarde, la cara estaba mucho más congestionada. Su madre acudió al oír las llaves y él, al verla, simplemente asintió.

—Era Julia —confirmó, con la voz aguda que unas cuerdas vocales tensas para evitar romper a llorar emiten. Su madre lo abrazó—, ¿cómo se lo digo a Alba?

Fueron los dos al salón, donde Alba estaba viendo unos dibujos en la tele.

—Hola, cielo —la saludó Ricardo sentándose en el sofá, no ocultó su rostro enrojecido a su hija, no tenía sentido ni capacidad de hacerlo.

—Hola —respondió, mirándolo fijamente, evaluándolo. La sonrisa de la niña se quedó en una línea recta en su cara—, ¿qué te duele, papá?

Un segundo, fue solo un segundo el que una mueca parecida a una sonrisa asomó en su cara. «¿Qué le dolía?». Físicamente nada, pero le dolía todo. «La vida me duele, me duele mucho ahora», pensó mientras evitaba mirar a su hija, no tenía fuerzas para hacerlo. El punto del suelo de gres azul se convirtió en un buen refugio. Obviamente, aquellas afirmaciones no podías tenerlas con una niña de 9 años, una que acababa de perder a su madre y aún no lo sabía.

—¿Te has vuelto a pelear con mamá? —especuló la niña, tratando de entender por qué su padre no contestaba, sin comprender que trataba de buscar las palabras con las que decirle que ojalá solo se hubiese peleado con su madre. Alba era impaciente.

—No, no me he peleado con ella, pequeña.

—¿Entonces?

Ricardo notó la mano de su madre masajearle el hombro, luego el consejo que le daba en silencio. «Mira a tu hija, joder, no seas…», se reprochó.

—Alba, ven —le dijo, tendiéndole la mano y saliendo del refugio azul para encontrarse con unas esferas grandes y marrones que lo observaban. Definitivamente, tenía los ojos de Julia—. Mamá no va a venir. Vengo del hospital.

—¿Mamá está en el hospital? ¿Se va a poner bien?

Ricardo notó como el aire parecía entrar espeso por su nariz, notó como empujaba su garganta, su tráquea y notó como acababa golpeándole los pulmones, pesado. Algo que Julia nunca volvería a hacer.

Él, que siempre había querido ser sincero con su hija, contarle la verdad y que entendiera lo que era el mundo sin ocultarle la realidad, deseó en ese momento mentirle a Alba. «Un segundo más, solo un segundo más antes de romperle el corazón», pensó, mirándola, memorizando el rostro inocente y de ojos cándidos, aquel que iba a destruir unos segundos después. «¿Quién era él para romperle el corazón a su propia hija?».

Pegó la lengua al paladar, la apretó un segundo antes de responder.

—No, mamá no se pondrá bien. Mamá… —«¿Cómo se le dice a un niño que su madre acababa de morir? ¿Así? ¿Directamente?», pensó Ricardo—, mamá ha tenido un accidente. Un coche la ha atropellado y… mamá ya no está.

Alba parpadeó, como si no terminase de entender, tratando de asimilar algo para lo que todavía no se había preparado. Ningún niño está preparado para perder a una madre, esa posibilidad ni siquiera es una opción en su pequeño universo.

—¿Cómo que no está?

—Se ha ido —Ricardo se sentía frustrado. «Muerta, está muerta», pensó; pero no era capaz de hacer que esa palabra sonase, como si pronunciarla hacía aquel día real.

—¿A dónde? ¿Cuándo vuelve?

Ricardo no pudo más y escondió el rostro entre las manos, rompió a llorar. Alba también, aunque en su pecho solo había desconcierto e incertidumbre. Su abuela se levantó y la abrazó, diciéndole con voz suave que la acompañara a la cocina, que le iba a contar una historia, una que le haría comprender, aunque costase, que su madre nunca más le contaría cuentos antes de irse a dormir.

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