29. Alba y Patricia

/ diciembre 6, 2019/ Microtoria, Pies Descalzos

Alba se había despertado aquella mañana de noviembre con la boca seca, los labios los tenía cuarteados. Se incorporó y colocó la manta de color azul oscuro completamente recta, luego miró por la ventana y la luz clara y brillante que se colaba entre los visillos de color celeste la molestó; calculaba que eran las once de la mañana. Otra vez demasiado tarde.

Volvió a hundir el cuerpo dentro de la cama y ocultó la cabeza debajo de la almohada. Se mojó los labios con la lengua áspera, el resultado no fue satisfactorio, solo descubrió que le apestaba el aliento. Vaya forma de comenzar un sábado.

Inspiró hondo, todavía con los ojos cerrados y notó que el aire caliente y viciado que se mantenía en la cueva la ahogaba más que ayudarla a sentirse mejor. Con un estallido de energía, de rabia, tiró la almohada fuera de la cama y se levantó, apartando la manta y las sábanas y dejando los pies colgando en el borde, el cuerpo flácido y los hombros hundidos; miró a la pantalla de su ordenador, estaba apagada.

Volvió a inspirar, hondo, hasta que notó como sus pulmones apretaban el diafragma y luego el estómago. Descubrió que tenía hambre y confirmó que eran las 11:23 h en el reloj de su móvil. Ningún mensaje nuevo. Al inspirar también entraron en su nariz olores: la habitación viciada después de tres días sin ventilar, el olor de su ropa sudada y el de sus axilas, que la repugnó tanto que cerró los ojos para apuntar en la lista mental de «cosas para hacer hoy»:

  • Darme una ducha (no te olvides de ponerte desodorante, joder).

Se levantó, lo primero que tenía que hacer era desayunar. Lo bueno era que a aquellas horas su compañera de piso se habría ido ya al gimnasio —como todos los sábados por la mañana—, así que no tendría que ser social. A Alba le gustaba la soledad y el silencio.

Tras preparar unas tostadas un poco quemadas y cubrirlas con mantequilla y mermelada de albaricoque, y un café demasiado aguado mezclado con leche tibia, fue al salón donde unos apuntes sobre entropía estaban desperdigados por la mesa, recordándole que en poco tiempo tenía que enfrentarse a los exámenes de la universidad. Hizo un hueco y comenzó a desayunar masticando lentamente y disfrutando del silencio que le permitía escuchar los viajes que la electricidad hacía a través de los cables.

Le quedaban dos mordiscos a su tostada cuando sonó el timbre de la puerta. Dio un respingo, recordó que era sábado y su cerebro se activó, demasiado alarmado, corrió a dejar los restos de su desayuno inacabado en donde su abuela Patricia no pudiera verlos.

—Joder —masculló mientras se miraba al espejo un segundo y se desenredaba el pelo con los dedos (como si estar bien peinada fuese a ocultar el resto de su aspecto), luego colocó los apuntes en la mesa de nuevo, como si hubiese estado trabajando un segundo antes con ellos, fue a la puerta y abrió—. ¡Hola, abuela!

—Hola, hija —la saludó, con una sonrisa agradable pintada de carmín.

—Me has pillado repasando un poco… me había olvidado de que venías.

Patricia no era tonta y sabía perfectamente lo que había pasado. Si su nieta había leído algo de aquellos apuntes había sido mientras los colocaba, el aroma de café caliente que había en la casa la había delatado, pero el olfato dormido de la chiquilla, acostumbrado, no la había avisado.

—No deberías estudiar tanto —la miró fijamente: ojeras profundas, mirada huidiza… tenía la confianza suficiente con su nieta, a fin de cuentas la había criado ella—. ¿Vuelves a tener pesadillas?

Alba negó con la cabeza y la invitó a sentarse en el sofá.

—Déjame diez minutos, me preparo y bajamos a tomar algo.

La abuela sonrió, luego negó con la cabeza. Alba no tenía remedio, sabía que acababa de desayunar, pero por ocultar que había dormido hasta tarde, cosa que nunca se perdonaba cuando le ocurría, era capaz de desayunar dos veces en menos de una hora.

—No te preocupes, no tengo hambre. Mejor damos un paseo y luego te invito a comer.

—Vale. Bueno. Dame diez minutos.

Alba se cerró en el baño y se tapó la cara con ambas manos. Patricia se había dado cuenta, y Alba sentía que había fracasado. No había decepcionado a Patricia, eso lo sabía, se había decepcionado a ella, que era peor.

Se mordió los labios con fuerza, no quería romper a llorar ni gritar, cosas que su cuerpo le pedía en aquel momento. Se desnudó y se metió en la ducha, fría, donde recordó otra vez la pesadilla, la que tenía desde que su madre había muerto y que ni los fármacos ni los psicólogos la habían ayudado a superar. A veces desaparecía durante una temporada y era feliz, sociable, divertida… pero luego volvía, como un fantasma, a colarse en sus noches, aguzando sus miedos y la angustiaba hasta conseguir que el insomnio fuese su amigo, hasta conseguir que tuviese miedo de dormir.

Se permitió un momento de debilidad y unas lágrimas se mezclaron en su cara con el agua caliente que caía de la alcachofa de la ducha, cuando salió cerró el grifo y también sus lagrimales, se convenció de que estaba bien. Se vistió, lista para salir a la calle, se puso crema y un poco de maquillaje para ocultar aquellos surcos azulados debajo de los ojos, y se olvidó del desodorante. Probó unas cuantas sonrisas en el espejo hasta que consiguió la que consideraba que ocultaba absolutamente todo.

—¿Te apetece ir al centro comercial? Hoy tengo frío —la sonrisa de Alba era tan amplia ahora que se había puesto la máscara que su abuela no quiso estropearle el esfuerzo.

—Vamos.

Compartir esta entrada

Dejar un Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*