30. Patricia y Cristóbal

/ diciembre 17, 2019/ Microtoria, Pies Descalzos

Patricia y Cristóbal coincidieron por primera vez en 1968, cuando ella tenía 17 y él 25 años. Patricia acababa de llegar a aquel barrio de Madrid desde el pueblo de sus padres, donde se había criado. Su madre, recién enviudada, venía con ella. Ambas buscaban una nueva oportunidad, un trabajo con el que subsistir. Patricia esperaba colocarse como secretaria, su madre ganar unas perras como costurera.

Cristóbal se cruzó con ella cuando iba con un par de amigos, ninguno se fijó en aquella chica vestida de castaño, morena y desgreñada. Eran vecinos, entre otros tantos. Ella, preocupada por no dejar caer la caja donde llevaba la vajilla de su madre, cuidando no tropezar con los adoquines desgastados, tampoco se fijó en él.

Había podido estudiar de forma modesta y con la ayuda del párroco del pueblo. Le gustaba escribir y los cálculos, además, era muy ordenada. El párroco había hablado con su padre, ofreciéndose para enseñarle mecanografía y matemáticas; luego la comenzó a emplear para que lo ayudara con los registros, pero ganaba poco y, sin el jornal de su padre, debía buscarse las castañas. Antes de dejar el pueblo, el párroco le había hecho un regalo, la vieja Underwood 5 con la que había aprendido a mecanografiar y que había viajado desde Estados Unidos para acabar instalada en la sacristía; ahora estaba en Madrid con ella y la había instalado en el salón, sobre una mesita al lado de la pared, donde la ventana le permitía utilizarla con luz natural; aparte de un sofá de color verde botella, unas cortinas estampadas con líneas de colores gruesas y ocres, y unas estanterías con una figurita de la virgen María. Una decoración humilde para un apartamento alquilado.

Cristóbal, por su parte, había nacido en la capital, en una casa humilde lejos del centro. Había pasado por la escuela y había conseguido acceder a la universidad, con mucho esfuerzo, también trabajaba y conseguía vivir de los pocos ahorros que generaban. Con los años, aquel esfuerzo le permitiría crear una familia junto a Patricia, a la que soñaría como pareja casi 2 años después, cuando fue a pedir trabajo como contable, atraído por un anuncio publicado el día anterior en el diario Madrid.

Se presentó sonriente, confiado, ante Patricia, que no lo miró de forma diferente al resto de candidatos, no saltaron chispas en aquel primer encuentro de miradas. Ella le entregó un formulario y con un lápiz, luego le pidió que se sentara y esperara su turno. Él sí que se fijó en sus ojos castaños redondos y profundos, en la sonrisa carnosa de labios rosas y el pelo rizado y largo que mantenía recogido en una cola sobre la nuca; a excepción de dos mechones que acompañaban los movimientos de su cabeza caídos por el lado derecho.

Cristóbal obedeció, esperó, hizo la entrevista y salió, lo único que tenía en su cabeza entonces era volver a ver a la secretaria en su puesto, igual pedirle una cita. Mala suerte: no estaba. Clavado en el pasillo esperó un par de segundos, contrariado, luego se marchó. Estaba seguro de que le cogerían, así de optimista era. Ya tendría su oportunidad con ella.

Dejó las oficinas rumbo a una cafetería en la que celebrar lo ordenada, tranquila y encarrilada que iba a quedar su vida después de aquel día.

No lo escogieron y Cristóbal acabó trabajando como hostelero, aunque no servía bien los cafés; pero tenía bueno ojo para los negocios, para crear ofertas atractivas con las que llenar la caja y tenía unas ganas de trabajar y aprender que el dueño de aquella cafetería supo valorar (y explotar). En un año, Cristóbal había conseguido que aquella cafetería abriera un par de locales más que compartían nombre, calidad y precios.

Cuando Cristóbal casi se había olvidado de ella. La puerta de su cafetería se abrió.

La chispa saltó justo dos meses después de la entrevista, en aquel segundo anodino encuentro. A él se le encogió el pecho cuando la vio atravesar el umbral y la sorpresa hizo que se le resbalara la bandeja y que los cuatro cafés se los bebieran las baldosas. Agua sucia entre icebergs de cristal. Era primavera. Cristóbal corrió a limpiar lo primero, una maniobra para ganar tiempo, para pensar. La secretaria. Era la secretaria.

Patricia se sentó en una mesa, un poco alejada del espectáculo que estaba montando aquel camarero. «Debe ser nuevo», le susurró a su amiga entre risas, mientras esperaban a que fuera a atenderlas. Tardó en hacerlo, después de limpiar, repitió los 4 cafés y los entregó; cuando se plantó delante de la mesa de Patricia ya había tenido tiempo de pensar en una estrategia que, en cuanto se cruzó con aquellos ojos de chocolate que quería conquistar, se derritió.

—Disculpad, hoy no estoy fino —se quedó entre ellas, miraba más a Patricia que a su amiga, con el tiempo la llamaría Pilar—. ¿Qué queréis desayunar?

Patricia lo analizaba, tratando de ocultar una sonrisa. Cristóbal estaba nervioso y tenía claro que no podía hacerlo peor, que no podía empeorar su primera impresión.

—Dos cafés con leche. ¿Tienes magdalenas?

—Sí, claro —Un pito, afonía, un gallo, como quieras llamarlo, pero la voz le traicionó. Carraspeó—. Marchando dos magdalenas muy tiernas —se giró y se quedó quieto. «Vamos, Cristóbal, no seas cenizo… no puedes hacer más el ridículo. ¡Tírale la caña!». Volvió a girarse y miró a Patricia—. Disculpa, hace un par de meses… ¿tú eras la secretaria de don Alfonso?

—Alonso —lo corrigió ella, pareció entonces reconocerle. Abrió los ojos y sonrió muy ampliamente.

—¡Eso! Alonso. Me dio pena no verte al salir de la entrevista, más que el que no me dieran el trabajo. Eres muy bonita —«¿Bonita?, Cristóbal, ¿bonita?», se recriminó por acabarse de bajar los pantalones así.

Patricia abrió los ojos como platos y su sonrisa fue radiante, aunque se torcía de forma traviesa. Cristóbal le divertía y su candidez, sus nervios, su torpeza, la encandiló; pero ella tenía más tablas y no se lo dejó ver tan fácilmente.

—¿Estás ligando conmigo?

—Puede ser. No sé… ¿lo hago?

Patricia se rio, su amiga la acompañó y fueron cómplices de varias miradas que él no terminó de entender. ¿Lo estaba haciendo bien o mal? Bueno, lo estaba haciendo.

—¿Esta tarde estás libre? Puedo invitarte al cine.

—¿Al cine?, ¿y qué veríamos?

—Bueno, lo que tú quieras, claro. Yo no estoy muy pendiente de los cines, me gusta más leer.

—A mí también me gusta leer, pero el cine está bien para una… cita —Patricia se quedó pensativa—. Pues, ¡mira!, depende. Según como esté el café y la magdalena, esta tarde vamos tú y yo al cine.

Fue el mejor café que Cristóbal preparó en toda su vida.

Tardaron en tomárselo más de 15 minutos eternos. Él bullía de los nervios, las vigilaba (aunque trataba de disimular); se obligaba a entretenerse atendiendo a otros clientes.

Cuando se levantaron tras un último trago, se abrocharon los abrigos y recogieron el bolso, él no se acercó. Dejaron lo que se debía en la mesa, se dirigieron a la puerta y salieron; Patricia no miró hacia la barra y Cristóbal la vio detenerse en mitad de la plaza. El corazón de Cristóbal se quedó quieto, congelado y solo latió dos veces después.

El primer latido lo notó cuando Pilar se giró para mirar a Patricia en medio de la plaza. Sonreía, esa sonrisa cómplice de quien está haciendo una travesura.

El segundo cuando ella se volvió también sonreía, y regresó al local. Se apoyó con ambos codos sobre la barra, justo delante de él. Le miraba a los ojos.

—¿Cómo te llamabas? —le preguntó.

—Cristóbal —Sonreía como un idiota.

—Patricia. Encantada, Cristóbal. El café estaba buenísimo, aunque la magdalena… ¿A las seis te viene bien?

Él asintió.

—¡Genial! Nos vemos en la plaza, la película… bueno, ya veremos qué hay en la cartelera luego.

Tras terminar la sesión y los comentarios sobre la película Un hacha para la luna de miel, fueron a cenar y aunque se sucedieron las citas, aquel café despertó una intuición entre ellos, algo fácil de entender, pero de mecanismo muy complejo. Después de aquella particular cena de callos a la madrileña tuvieron casi la certeza de que, pasara como pasara, acabarían juntos, compartiendo una vida entera, hasta que Cristóbal se quedó dormido 43 años después, en un otoño demasiado cálido, y no supo cómo despertarse de aquel sueño.

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