31. Cristóbal y Noelia

/ diciembre 24, 2019/ Microtoria, Pies Descalzos

Escuchaba la última canción de Rosalía y acababan de abrirse las puertas del vagón del tren. Iba lleno y ella tenía la dudosa suerte de ir sentada por llevar media hora de trayecto y de haber cogido el tren en un punto más amable, más alejado del núcleo de la urbe. Un hombre se sentó a su lado, parecía exhausto; igual, la necesidad de acomodar las posaderas le había ayudado a tener un último arranque de ánimo, para ser más rápido que el siguiente pasajero que, presumiblemente, estaría igual que él. Somos egoístas.

Noelia cerró los ojos e ignoró a los otros pasajeros que entraban. Estaba incómoda, el hombre que se le había sentado al lado se inclinaba hacia ella y le rozaba el hombro. A fuerza de rutina se había acostumbrado a los roces en las piernas y en las caderas que se producen habitualmente en los trenes sobrecargados de pasajeros, pero por alguna peculiaridad de su personalidad, solo lo toleraba estando de pie y siempre por debajo de la cintura. Su tronco era un templo.

Aquel hombre le rozaba el brazo, lo presionaba y a aquello Noelia, que a fuerza de demostraciones se había ganado el apodo de maniática entre sus conocidos, no podía tolerarlo. Abrió los ojos y miró la estación. «Cinco estaciones», ¿qué llevaría mejor?

Se levantó y miró al hombre que tenía enfrente, debía tener unos 50 años; fingió que solo quería ser cortés y se quitó un casco, el izquierdo, mientras sonreía.

—Perdone, ¿quiere sentarse? —La sonrisa amplia, los ojos castaños y aquella carita de niña que no había conseguido madurar con los años hicieron sentir de pronto a Cristóbal que había envejecido mucho más.

Agradeció el gesto de la chica, pero todavía se empeñaba en ser él quien cediera el asiento. No era tan viejo.

—¡Oh! Niña, no te preocupes, si solo son dos paradas —le contestó mientras se agarraba firmemente—. Todavía no estoy tan mayor —bromeó.

—Bueno —dudó Noelia, notó cómo los músculos que mantenían su sonrisa cortés se tensaban ante aquel imprevisto. Conseguir un asiento era una lucha a muerte y debía ser una prioridad en la estrategia de cualquiera a la hora de entrar en un vagón, ¿quién se negaba a ir sentado?—, pues para quien lo necesite.

Bajó la mirada y disimuladamente miró el asiento, se sentiría estúpida volviéndose a sentar, además de que volvería el contacto con el otro individuo que la incomodaba, así que lo descartó y se colocó al lado de Cristóbal, mirando por la ventanilla. Ahora estaba incómoda con aquel hombre que prefería ir de pie. Lo miraba a través del reflejo y él se dio cuenta. Ella enrojeció al encontrarse con unos ojos inteligentes y cálidos que la miraban a ella también.

—¿Vas al instituto? —se animó a preguntarle Cristóbal.

—No, a la universidad. Posgrado —respondió. «¿Tan joven parecía?»

—¡Vaya! No lo aparentas. Disculpa. —Cristóbal suspiró—. Esta generación se mantiene igual desde los quince a los treinta y pico, o igual me estoy haciendo yo muy mayor y ya todo el mundo me parece demasiado joven. Te pareces mucho a mi nieta Albita, pero ella solo va al instituto.

Noelia sonrió y se preguntó qué llevaba a aquel desconocido a hablarle, aquello animó su curiosidad. Aunque se sentía torpe, nadie le había enseñado a hablar con desconocidos así, inesperadamente, siendo cordial. Se sorprendió pensando «no te preocupes, es otro humano, habláis el mismo idioma y seguramente ha notado que estabas incómoda. Solo es otro humano».

Abrió los labios, tratando de buscar una pregunta y seguir siendo cordial. «¿Qué le puedo preguntar? ¿Sobre su trabajo? ¿Quién es Alba? Igual hablar de su nieta es buena idea…». Inspiró hondo y contuvo el aliento, las puertas se abrieron y tuvieron que separarse momentáneamente, mientras dejaban pasar a más pasajeros. Odiaba aquella parada, nadie se bajaba nunca allí.

—Bueno, más gente —fue su comentario al volver a colocarse al lado de Cristóbal. Su voz sonaba cansada.

—Sí, ¿y qué seríamos sin ella? Estaríamos muy solos, ¿no? —Cristóbal se animó a mirarla directamente, ella también giró la cabeza al verlo en el reflejo. Él le guiñó un ojo—. Estos ratos son un buen ejercicio para trabajar la paciencia. A veces, conoces gente dispuesta a hablar con desconocidos. Es triste. —se rio, no fue una risa ruidosa, solo la articuló con la garganta, pero ella la escuchó.

«Ojalá mi abuelo fuese como él. O mi padre», se descubrió pensando. Suspiró. Igual su abuelo lo había sido.

—Supongo que sí —ella sonrió, sus músculos lo hacían automáticamente, elásticos, sin forzar—. ¿Alba qué quiere estudiar? —Aquella pregunta sorprendió a Cristóbal, no porque se la hicieran sino porque Alba todavía no se había pronunciado. Era inteligente (y no porque fuese su nieta), le gustaban los animales, se le daban bien las matemáticas y el dibujo, pero también escribía mucho. Alba sería lo que le diera la gana.

—Pues todavía no nos lo ha dicho, está en esa edad en la que todo llama su atención —respondió acompañándose de un encogimiento de hombros—. ¿Tú qué estudias?

—Un posgrado de robótica —Noelia lo miraba y él pareció sorprenderse. Ella también se encogió de hombros—. Suena más complicado de lo que es.

—El futuro —asintió Cristóbal, en aquel momento pensó que igual debería hacerse con algún regalo que inclinase a su nieta hacia los circuitos, hacia ese futuro qué él imaginaba lleno de robots que mantenían a los humanos fofos y entretenidos viendo cómo vivían personajes inventados mientras aquellos artificios realizaban las actividades que su generación llamaba «vivir».

Se abrió la puerta del tren. Cristóbal sonrió y se despidió de Noelia sin preguntarle su nombre. Ella nunca sabría que sería una de las últimas personas con las que hablaría aquel hombre afable que le había hecho olvidar sus manías durante un par de paradas de tren.

—¡Que todo le vaya bien! —le había respondido mientras las puertas se volvían a cerrar.

«Tres paradas más», pensó mientras miraba de reojo a quien había ocupado el lugar de Cristóbal. Se sintió extraña, pero no estaba lista para repetir aquel experimento; además, el otro estaba sumergido en una conversación de WhatsApp y llevaba los cascos puestos. Se volvió a colocar los dos cascos y se entretuvo con el paisaje desdibujado de la ciudad.

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