32. Nuria y Juan

/ agosto 20, 2020/ Microtoria, Pies Descalzos

Había llegado a casa después del trabajo, estaba agotada; no se le daba bien el trato con otras personas y estar atendiendo a adolescentes que le pedían más bolsitas de kétchup para las patatas, y que luego tenía que recoger de la mesa, la frustraba enormemente.

Casi diez años de estudios universitarios, con un doctorado y resulta que lo que necesitaban las empresas era alguien que supiera comunicarse con otros humanos, no que mejoraran las capacidades de un autómata.

Mientras se quitaba el uniforme con olor a aceite, se arrancaba la coleta engrasada y se metía en la ducha miró su móvil y recordó el mensaje que el de recursos humanos le había enviado aquella mañana.

«Estimada Nuria.
Lamento comunicarle que no ha sido seleccionada para el puesto. Su currículo es impecable, pero su perfil no encaja con nuestra cultura de empresa.
Le deseamos mucha suerte.
Un cordial saludo,
Tomás.»

Aquello le había dolido; sobre todo, porque se basaba en lo que para ella era una maldita excusa. No sabía qué había dicho o hecho mal en la entrevista y le molestaba haber invertido tanto esfuerzo en la universidad para que contrataran, según su punto de vista, a personas peor preparadas porque sabían sonreír y lamer el culo mejor.

—Pues que te den, Tomás —había susurrado al terminar de leer el mensaje. Lo había borrado y había contenido el impulso de estamparlo contra la pared.

Se metió en la ducha y se lavó el pelo, como hacía a diario; desde que trabajaba en aquella cadena de comida rápida debía hacerlo y le había provocado un problema de caspa. Odiaba aquel olor.

Era verano y hacía calor, así que al salir de la ducha se quedó en camiseta de tirantes y bragas; aprovechando que sus compañeros se habían ido a la playa esa semana. Cogió el móvil y se tiró en el sofá, le dolía todo. Encendió la pantalla del terminal y le sorprendió ver que tenía una notificación del Messenger de Facebook. Hacía más de cinco años que no abría la aplicación; pero ahí seguía, pendiente de lanzarle actualizaciones y rogando que la utilizara.

Estaba tan aburrida que decidió abrirla y ver cómo la engañaba nuevamente para saber que seguía viva con algún mensaje automático. Arqueó las cejas al comprobar que tenía un mensaje de un tal Juan Luis Castaño, al que ni siquiera tenía agregado a la lista de amigos. «Tengo que cambiar la configuración de esto», pensó mientras cotilleaba quién era: un perfil lleno de atardeceres con mensajes mediocres y destinados a demostrar su actitud positiva.

—Hola, Nuria. Espero ante todo no molestarte, estaba aburrido un rato mirando por Facebook y me encontré con tu foto. Me encanta la energía que transmites.

Nuria lo releyó y dejó que se le dibujara una sonrisa sarcástica. «Mi foto, joder, qué obvio. Mira la fecha, capullo, es de hace diez años», pensó. Decidió irse a por un yogur a la nevera mientras ponderaba qué responderle. Al sentarse en el sofá y recuperar el móvil lo volvió a leer. Respiró y se dejó la cuchara dentro de la boca mientras pensaba.

«Vale, Nuria. ¿Por qué no tratas de ser cordial?, a ver qué quiere. Igual te sorprende». «Sabes lo que quiere. Cuando te aburras, piensa que se llama Tomás», bromeó para ella en ese peculiar sentido del humor ácido, pero decidió tener fe y ser ingenua por una vez. Escribió.

—Muchas gracias. ☺️

»Por lo que veo, tú eres de compartir fotos y mensajes positivos, ¿no? A veces me hacen falta.

—Siempre vienen bien y me gustan. Aprendo buscándolos, je, je, je. Cuéntame cositas de ti, ¿tienes pareja?

«¡Joder!», pensó Nuria, «así, al grano. Qué poco me vas a durar, hijo.»

—Pues es una pregunta complicada, me gustaría pensar que sí, pero la realidad es que no; al menos no lo que se entiende habitualmente por pareja —pensó en que lo más cercano que había tenido en ese sentido era su compañero de laboratorio durante el doctorado y se había casado hacía un año con su novia de universidad—. Nunca he tenido ninguna, la verdad. Las relaciones sociales me agobian.

Estuvo a punto de confesarle que era virgen y que odiaba que la tocaran, pero tampoco convenía ser demasiado sincera ni quería hacerlo huir tan rápido. Empezaba a disfrutarlo.

—Yo sí, por eso saco el tema. Estoy casado y soy infiel —había confesado Juan Luis—. Prefiero ser sincero contigo y decirlo.

»Si no te sientes cómoda hablando conmigo, lo comprendería.

A Nuria se le cortó el estómago.

—Joder. ¿Cómo que quieres ser sincero? ¿Y con tu mujer qué?

—Es que ella es muy complicada, siempre está con la cara larga y ya no me pone.

Nuria se alegró de haber decidido pasar de todo ese maldito rollo y complicación que eran las relaciones. Respiró hondo. Un poco más…

—¿Por qué eres infiel?

—¿Tú qué crees? Por falta de sexo, de pasión. No me gusta cómo es mi mujer y es sosa. Me gusta la perversión, ¿a ti no? Pero tampoco te creas, no me gusta que sea algo frío, me gusta que haya romanticismo, cariño y cierta química y conexión.

»¿Me entiendes?

—Si no te gustaba, no deberías haberte comprometido ni casado con ella —a Nuria no le apetecía seguir con aquello, se sentía mal y asqueada. Sintió como el yogur del estómago se le cortaba. Aquel tío le daba asco y le repugnaba, sintió ganas de decírselo a su mujer, pero supuso que tanto el nombre como el propio perfil eran falsos—. Para mi lo más importante es la confianza. Cuando me pasa eso con una pareja, no miento, y lo hablo. Igual podéis llegar a alguna clase de acuerdo, no sé. No soy mucho de mentiras, la verdad.

Decidió cortar la conversación, no tenía ganas de seguir con aquel juego.

—No me siento cómoda hablando contigo —escribió—. Adiós.

—Lo comprendo, feliz día. Un abrazo —leyó Nuria mientras le daba al botón de bloquear contacto. Luego, eliminó la conversación y dejó el móvil en la mesa, recuperando el yogur a medias, miró el contenido y suspiró. Se le había quitado el hambre.

Igual, por este tipo de cosas, por juzgar a las personas y por ser demasiado sincera y drástica, Tomás había descartado su candidatura.

—Vaya mierda —dijo mientras tiraba a la basura lo que quedaba de yogur.

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