33. Juan y Ana

/ septiembre 5, 2020/ Microtoria, Pies Descalzos

Ana había conocido a Juan en un foro de viajes, en una época en la que los móviles todavía no enviaban mensajes multimedia y para consultar la bandeja de correo electrónico se acudía todavía a cibercafés. Habían coincidido planeando unas vacaciones a República Dominicana y habían comenzado a hablar hasta convencerse de que tenían tanto en común que merecía la pena tomar un café.

Ese primer café llevó a una cena y, para la tercera cita, Juan había preparado un paseo enseñándole a Ana el centro de Madrid. Ella había aterrizado como estudiante de económicas solo un par de meses antes y aún no conocía bien los recovecos de la ciudad.

Habían quedado en la estación de Sol aquella mañana de domingo, a finales de noviembre; Juan había decidido que lo mejor era caminar hacia Plaza de España, luego a Príncipe Pío para comer y pasar la tarde en los jardines de Sabatini. Aquel plan le había parecido bien a Ana.

Después de la comida, antes de ir a los jardines, dieron una vuelta por la zona y se encontraron con un mendigo que pedía algo para comer él y su familia; Juan sacó la cartera, pero Ana lo detuvo.

—No le des nada —le susurró—, se lo gastará en alcohol, o puede que algo peor. A saber porqué está ahí… ¿no lo ves? Ni siquiera es de aquí —haciendo referencia al color de su piel.

Juan la miró, sorprendido, no le encajaba aquel repentino giro, aquella muestra de racismo y xenofobia. Sopesó enfrentarse a ella y explicarle por qué creía que estaba equivocada, pero él nunca discutía ni debatía con novias; tampoco quería espantarla, ella le gustaba a pesar de aquel defecto que acababa de descubrir.

Ana observó cómo él guardó la cartera y contuvo, decepcionada, el aliento; pero se mantuvo en su papel. Cuando se alejaron unos metros él se atrevió a indagar en por qué ella pensaba así; pero sin enfrentarse realmente a un debate con ella.

—¿Crees que pide por capricho?

—A ver, nadie acaba en una esquina sin merecerlo. Hay muchos recursos.

—Bueno, la vida es complicada, no todo el mundo tiene facilidades ni unos padres que le paguen la carrera o los ayuden económicamente.

—Ya, pero entonces, ¿para qué se ha venido aquí? ¿De verdad que está mejor pidiendo limosna ahí que en su país criando cabras?

—No, a veces no queda otro remedio que huir, Ana. Las cosas no son tan sencillas fuera del país. Hay muchas cosas que no sabes. Quieres estudiar economía, ¿no? ¿Entiendes cómo es la de otros países? Hay países que no tienen recursos…

—Pues entonces que no tengan hijos —le cortó ella, tajante, esperando una reacción en él que no llegaba del todo.

Juan miró al cielo, comenzó a ver un lado que no le gustaba de ella y decidió darla por perdida; había cosas que no merecía la pena discutir, había veces que era mejor que la gente fuese como fuese porque pocas veces se podía cambiar la forma de ver el mundo de una persona. Juan se rindió.

—Tienes razón —le respondió y Ana cerró los ojos un momento, entendiendo que él nunca se atrevería a decirle realmente lo que pensaba, que nunca le diría las cosas malas, que nunca lucharía por sus ideas en contra de las de ella, que no intentaría hacerla cambiar de opinión; y le dio mucha pena.

A Ana le gustaba Juan, pero él la había decepcionado al no intentar que ella mejorara su concepto, que no la hiciera crecer ni la ayudara a enriquecerse como persona. Juan se mantuvo ambiguo desde ese momento, tratando temas banales que entristecieron a Ana y le hicieron la visita al parque más gris. Se despidieron a la puerta del parque. Juan pensando que ella era racista y xenófoba, dándola por perdida y ella sabiendo que él nunca le diría cuándo estuviese equivocada por evitar debatir con ella.

Ana se desvió y se metió en una frutería pequeña que estaba cerca, compró una bolsa de fruta variada, también un par de botellas de agua y volvió al lugar donde supo que Juan no era para ella. Le dio la bolsa de comida al mendigo y le deseó mucha suerte.

De camino al metro, cogió el móvil y borró los mensajes compartidos con Juan y su número de teléfono.

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