Amigos Singulares

/ julio 2, 2008/ Amigos singulares, Microtoria, Relatos cortos

Oscuro, frío, música congelada en estrofas idénticas: el ambiente sombrío en el que se habían vuelto a encontrar, el pub —mediocre— de siempre. Él y ella.

Se habían hecho amigos en aquellos tiempos de granos purulentos y aparato dental, cuando aún el cuerpo incompleto ahogaba a sus dueños enviando señales confusas y su inexperiencia obedecía ciegamente. Él tenía la cara tan llena de granos que hacían huir tanto a chicas como a chicos; ella, de mejillas oblongas, llevaba un aparato corrector que la hacía desde todos los ángulos poco deseable. Se sentaban al fondo, refugiándose de los comentarios de los demás. Al principio, por miedo a crearse un nuevo enemigo ni siquiera hablaron entre ellos, casi a mitad de curso sería cuando unirían sus fuerzas. Ellos contra el mundo. El apoyo se convirtió en confianza y se tradujo en amistad.

Aquellos tiempos, por suerte, pasaron.

La pareja de amigos estaba sentada en una de las mesas de aquel lúgubre pub diez años después; cada uno con una cerveza delante mientras mantenían una conversación de poco interés. Una aparente primera cita en la que ambos, indiferentes, miraban de un lado a otro buscando en el terreno alguna nueva presa.

Verónica se interesó por un chico delgado y desgarbado de la barra que estaba hundido en el vaso que tenía delante de su nariz. Le pareció una víctima atractiva, sin duda no parecía premeditada su elección. Ella cogió su bolso, lo abrió con la delicadeza con la que se trata a la porcelana y sacó aquel trozo de papel ajado lleno de nombres tachados, lo dejó delante de él.

—¿Y bien? —preguntó ella. Su cita asintió lentamente y, en vez de sentir celos, la animó a ligar con el desconocido mientras, con su cerveza en la mano, se limitó a disfrutar de un trago.

Ella se alejó y Ramón, mientras Verónica tejía su red, se concentró en una chica rubia que llevaba puesto un top con el que apenas mantenía cubiertas sus dos gracias. También estaba sola, sentada en un rincón del recinto. Aunque tendrían aproximadamente la misma edad, el paso del tiempo no había sido bueno con ella y su aspecto, agotado, había perdido el lustre y gracilidad de juventud; parecía más mayor de lo que su carnet diría. Piel estropeada por un maquillaje que trataba de disimular los mismos estragos que había causado.

Verónica se alegró por Ramón. Su querido amigo ya había encontrado también con quien divertirse. Ambos se habían decidido.

Ramón carraspeó y se levantó muy despacio, cuando ya Verónica se movía juguetona en el taburete al lado de su nuevo ligue, repasando las fórmulas infalibles para entrar a aquella decadente y solitaria belleza. Y aunque lleno de recursos, más de una se le resistió y mandó a plantar pinos, pero esa no, de esa veía a la legua su debilidad y, sin pudor, la usaría a su favor. Además, las horas de gimnasio y aquella dieta equilibrada parecían haber tenido su efecto en él y en su actual atractivo.

Verónica ya arañaba con las uñas la atención de su nuevo acompañante, que sin perder tiempo la había inspeccionado de arriba a abajo parándose en los sitios más interesantes de su figura. Ella no hizo notar que le molestara aquel descaro, más aún, le sonrió su falta de disimulo. Justo en el mismo momento, Ramón abrió la boca en una sonrisa calculada y Verónica habló.

—Hola —saludó mientras se llevaba a los labios su cerveza. No apartó la vista de él en ningún momento.

—Hola, guapa —respondió mientras su vista se escapaba de nuevo a su escote, escote que había mejorado hacía solo tres años, con una risa incrédula y estúpida. Verónica, por supuesto, sabía lo que buscaba y sabía cuándo ignorar las groserías, por lo que se centró en vaciar su vaso para darle tiempo al pobre infeliz de asimilar su suerte.

—¿Te apetece picar algo? Yo invito —le ofreció sin saber si captaría su mensaje. Él tragó saliva y pareció recordar que ella también tenía cara—. Puede ser algo de carne, ¿te gusta la carne? —le sugirió. Él asintió.

—Te comería enterita —Se inclinó sobre ella como una hiena hambrienta, y ella, pese al olor del alcohol, no se apartó. Mantuvo la mirada fija, altiva y, tras unos segundos, soltó una carcajada alegre. De forma calculada desvió su atención hacia el camarero y dejó su vaso vacío sobre la barra.

—¿Y qué parte te gustaría probar primero?¿Tal vez este brazo? Con un poco de salsa de pimienta seguro que está riquísimo —bromeó con inapropiada acidez mientras volvía a prestarle atención, pretendía intimidarle y satisfactoriamente lo consiguió. Su mueca de desagrado e incomodidad la llenó más que cualquier otra cosa que el desconocido pudiera darle.

Verónica fumaba y no le importaban las reprimendas ni las leyes, además, solo había cinco personas en aquel antro y todos andaban ocupados en temas más importantes. Se encendió el cigarrillo en la barra, simulando haber perdido el interés en su presa, cosa que a él pareció molestarle aún más y comenzó a mostrar signos de nerviosismo. Su oportunidad de oro se esfumaba delante de sus narices y debía hacer algo. Verónica sintió lástima pero debía hacer tiempo antes de volver a dirigirle la palabra, era parte del juego. Su cabeza voló intentando recordar cuándo había encendido su primer cigarrillo, pero no fue capaz de determinarlo.

—¿Cómo te llamas? —Su voz desinteresada era como una bofetada. Caló el cigarro. «Como si no lo supiese ya», pensó.

—Juan— respondió con dudas mientras volvía a mirarla de reojo. Tal vez los nervios y la confusión no le permitieron devolverle la pregunta, o tal vez el mero echo de que de ella lo menos que le interesaba era su nombre.

—Juan —repitió despacio, apuntando bien el nombre en su cabeza—, ¿me acompañas al baño? Se me está quemando algo que no es este cigarrillo y es probable que necesite ayuda —le guiñó un ojo y le soltó el humo del cigarrillo en la cara mientras se levantaba sin esperar su respuesta.

Por supuesto, Juan, aunque confuso, se levantó sin creerse su suerte.

Caminando entre las mesas Verónica echó la mirada atrás, simulando mirar a Juan encontró a Ramón, otro cabrón al que parecía que una suerte rubia le sonreiría aquella tarde. Aunque ella sabía que él, sobre todo él, nunca fallaba: ella le había enseñado los trucos más bajos que harían derretirse a cualquier incauta. Lástima que él necesitase más tiempo para convencer a Gloria de que se divirtieran en un baño sucio, la pobre aún creía tener dignidad. Verónica se rió al recordar algo y le tendió la mano a Juan.

—Venga, que mis problemas no van a solucionarse solos.

Tras unas sonrisas y media hora de conversación sumisa, Ramón consiguió que Gloria le rogara lo mismo que Verónica le había pedido a Juan.

—Ven al baño conmigo, ninguna mujer te ha hecho lo que yo te voy a hacer —Gloria pretendía alzarse como la gran seductora que no era. Ramón, manteniendo el tipo por su propio egoísmo, no se negó. Apuraron sus bebidas.

La conversación había sido más rápida y fácil de lo que Ramón había previsto, le sorprendió Gloria, pues ella no le reconocía. Él pensó que eso le ayudaba en aquel trámite con la rubia. Cuando la siguió por el salón descubrió gratamente que Verónica había conseguido también su objetivo y lo único que le molestó es que había sido más rápida, su presa era mansa como una cría de perro y sus curvas eran una ventaja. Le tocaría pagar la última ronda.

Última, como la rubia; no era la primera vez que hacía algo así con Verónica, pero sí que sería la última. Jugó con algo en su bolsillo y le abrió, en un gesto de cortesía, la puerta del baño a Gloria, que le sonrió y pasó delante de él. Sí, sería la última. Ya no quedaban más para él.

Antes de entrar, Juan lo empujó para salir del baño, con la camisa aún desabrochada, las mejillas coloradas y jadeante. Lo vio acercarse a la barra y apoyarse para coger aire. Parecía el principio de un infarto.

—Mamón con suerte —se mofó Ramón para desaparecer tras la puerta del baño donde Gloria se había dado prisa en perder las bragas sin importarle que Verónica se estuviera retocando el maquillaje en el lavabo.

—Que lo disfrutéis —les deseó a ambos antes de salir. Gloria, por suerte para Ramón, nunca llegó a ver la sonrisa de complicidad de Verónica ni cómo le guiñó el ojo a Ramón. Tampoco lo que gesticuló para avisar lo que su cómplice ya sabía.

Gloria esperaba apoyada en el lavabo y Ramón no perdió tiempo en abrir las piernas con sus caderas. Sorprendentemente fácil. Un grito les llegó desde el local y Gloria quiso parar, quería saber pero Ramón sabía que no debía dejarla salir del baño así que la obligó a prestarle de nuevo su atención. Verónica no había fallado y él tampoco lo haría. La rubia volvió a centrarse y se acercó a él, momento en el que Ramón aprovechó para recuperar lo que en el bolsillo guardaba.

Había ajetreo tanto fuera como dentro cuando Gloria decidió que su curiosidad y morbo podían más que un polvo. Apartó a Ramón de ella dispuesta a salir, pero él no aceptaría que aquella idiota estropease la actuación perfecta de Verónica.

—¿A dónde vas? —Su voz era mecánica, fría; para nada natural y consiguió paralizar a la rubia.

—¿No lo oyes? —Dudó con el instinto comenzando a atenazarle las entrañas—. ¿Qué…

—Tranquila, te dolerá —Calmado la atrapó entre él y la pared. Clavó el aguijón de la jeringuilla en el muslo de ella y ella gimió. Soltó la jeringuilla y acarició su piel—. Me gusta cómo tiemblas, lo disfrutaré mientras pueda.

—¿Por qué? —La confusión y la duda estaban dibujadas en su rostro.

—¿Por qué? —Acarició su piel de gallina, disfrutando del frío que expedía. Su mirada helada se encontró con la de ella. Ramón sonreía—. ¿No me reconoces? ¿Al pobre de Ramón? Tú eras demasiado para mis estúpidas flores, se lo dijiste a Paula, Vanesa y Elena. Yo te oí. Pero no te acuerdas de Ramón, no. ¡Oh!, ¿acaso es que he cambiado demasiado? —Con los nudillos le acarició lentamente la mejilla.

Gloria se había convertido en un animal que era consciente de que moriría pronto.

—Tú…

—Sí, yo.

—Nadie llorará por tu muerte —Fue lo último que él le dedicó a la moribunda antes de salir de aquel baño. Gloria sintió cómo se asfixiaba, las piernas débiles y la cabeza nublada. Se desplomó, sola en el baño.

Verónica era presa de los nervios y hablaba atropelladamente con el camarero, que con las manos en la cabeza aún miraba el cuerpo inmóvil en el suelo. El local se llenaría pronto de luces rojas. En algún momento las lágrimas fingidas de Verónica conmovieron al camarero que se olvidó del muerto y comenzó a consolarla.

—¿Qué ha pasado? —Ramón fijó la vista en Juan.

—Creo que una sobredosis —explicó el camarero mientras consolaba a Verónica.

—Te juro que no lo vi… si le hubiese visto en el baño le hubiese parado —lloró mientras se limpiaba las lágrimas con cuidado de que no le estropease el maquillaje.

—Oh, vaya. ¿La policía está de camino?

Ambos asintieron y la mirada de Verónica se calmó por un segundo. Ramón sabía lo que hacer.

—Sé que es un marrón pero está al borde de un ataque, ¿te puedes encargar de esto? La voy a llevar a casa —sugirió Ramón al camarero. Éste, ingenuo, asintió.

—Sí, claro. Si ella no ha visto nada. Se desplomó antes de que saliera del baño.

Ramón asintió y le acarició con cariño el brazo a su amiga. Siguiendo con la mentira, debían tomárselo con calma para salir de allí antes de que llegara la policía y descubriera a la segunda drogadicta en el baño. Verónica fingió recobrar un poco la compostura, aunque seguía temblando. Aceptó el abrazo y guía de Ramón hacia la puerta y salieron, dejando el cuerpo de Juan en el suelo.

Una vez fuera, a Verónica le costó muy poco dejar de llorar. Las sirenas inundaron la calle cuando ya se habían alejado y se detuvieron para fingir curiosidad por lo que pasaba. Esperaron a que los médicos y la policía entrasen al local, fingieron comentar algo y siguieron su camino.

—Cómo se estropean las cosas cuando no se cuidan.

—Deberíamos haberles dado las gracias, ¿no crees? Sin su desprecio no hubiésemos hecho nada y no habríamos conseguido todo esto.

—¿Los tachaste de la lista?

—¿La quemamos? Ya no hay nadie más —sugirió Verónica—. No quiero que nos pillen, son doce muertos con los que, por suerte, nuestra relación terminó al salir del aula del instituto.

Ramón se rió y le acarició la espalda a Verónica, en un gesto de comprensión y consuelo.

—Quemémosla, sí.

Llegaron delante de la puerta de la casa de Verónica y Ramón se apartó de ella.

—¿Necesitas algo, Verónica? —Ella negó con la cabeza—. ¿Quieres que entre?

Ella asintió y le abrazó. La venganza había terminado al fin.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Verónica—. Me siento vacía.

Ramón le robó las llaves, abrió la puerta, la empujó dentro y cerró detrás.

—Voy a ponerle remedio —Por primera vez en mucho tiempo se sentía satisfecho. Se hizo el silencio, miró a Verónica fijamente y no reparó en mirarle de forma descarada los senos. A ella no le importó, de hecho le gustaba sentirse deseada y abrió la cremallera de su vestido—. No puedo pedir más.

—En realidad, sí.

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