Anecdotario. Tomando notas

/ noviembre 9, 2020/ Anecdotario, Porfolio

Hace unos meses quedé con un amigo llamado Ivo para ponernos al día sobre cómo habíamos llevado la cuarentena de marzo, nos contamos nuestras experiencias, cómo veíamos que había afectado a nuestros entornos cercanos y a la relaciones interpersonales; también sobre cómo nos había afectado emocionalmente toda esta situación.

Mi relación con él es muy estrecha y nos sentimos cómodos hablando y saltando de un tema a otro, compartiendo datos, información y anécdotas. Así que no recuerdo bien de qué hablábamos cuando sentí la necesidad de hacerle esta pregunta: ¿para qué quiero un sobresaliente?

Hablábamos de la necesidad de cuantificar el conocimiento de alguna manera y cómo se estructuraba el sistema educativo actualmente. Lo que hizo que recordara una anécdota que me ocurrió, durante mi época de instituto, con mi profesor de biología, Paco Ojeda.

Justo cuando acababa de terminar el descanso, volvía a clase y me detuvo delante de una de las aulas de laboratorio para preguntarme la razón por la que no me esforzaba para ser una alumna de sobresaliente si podía hacerlo con solo dedicarle un poco de esfuerzo.

En aquel momento, todavía no tenía claro porqué prefería no repetir lecturas una y otra vez hasta memorizarlas, solo sabía que lo odiaba y sentía que era innecesario. Mi respuesta fue que no me interesaba el sobresaliente, era lo único que podía responderle que se ajustase a cómo entendía el aprendizaje en ese momento.

Creo que ya he llegado a entender porqué rechazo y me parece indeseable y falso compartir mis logros académicos y personales; curiosamente, estoy en un punto de mi vida en el que trato de aprender a compartir estas ideas, en el que trato de enfocarme en sacar esas conclusiones y plasmarlas en algún sitio (idealmente, este), por si a alguien le pueden ser de utilidad.

Aprender es algo personal, que hago porque me gusta. Creo que todo se puede resumir en esta idea.

El hecho de que el aprendizaje y la adquisición de nuevos conocimientos sean algo que necesito hacer, se confronta directamente a sentir como inútil el esfuerzo que requiere ser una estudiante modélica de sobresalientes ni demostrar lo que sé al mundo; porque me da igual. Mi objetivo no está enfocado en demostrar a otros lo que sé sino en entender algo porque quiero.

El hecho de que no me esfuerce en repetir y volver constantemente al mismo texto hasta memorizar un conocimiento es porque esa forma de aprender la siento errónea, no funciono con ella. El aprendizaje se produce a partir de la conexión de ideas y en esa red es donde contenemos nuestros conocimientos a largo plazo; para ello, repetir cómo es la fórmula de la glucosa hasta tenerla grabada y poder recitarla de memoria es un esfuerzo del que no obtengo una recompensa a la larga; conocer la existencia de la molécula, entender sus propiedades y poder enlazarla con lo que ya entiendo del metabolismo celular, cómo afecta químicamente al cerebro cuando deja de recibir la cantidad que espera, etc., me resulta más útil y eficaz a la hora de comprender qué es la glucosa.

Conectar ideas es lo importante y aprender de la relación que producen, por eso siempre he sentido que repetir la misma información hasta saberla no tenía ningún sentido, porque las conexiones se generan a través del enlace de las ideas, de los datos que vas consumiendo, cuanto más datos puedas consumir, mejores conexiones y entendimiento crearás; para eso también es importante dejar ir lo que es accesorio a las ideas. Supongo que por eso me resultaba tan tedioso y torturador tener que aprenderme fechas exactas en Historia, acababa jugando con los números y creándome criptogramas mentales para asociarlas a algo que me resultase más atractivo y, aún así, me tocó presentarme en septiembre a Historia en 2º de bachillerato.

No cambié demasiado en la universidad, tenía la misma actitud hacia la información y el aprendizaje, prefería leer mucho y recordar solo de forma general a aprender memorizando; la profundidad llegaba cuando conseguía terminar toda la red que necesitaba sobre el tema y comprendía los fundamentos y pilares que conformaban la nebulosa de datos.

Volviendo a aquel pasado adolescente, recuerdo pensar alguna vez que si con leerme el temario una vez antes del examen conseguía el seis y por deducción e intuición podía alcanzar el ocho, para qué iba a perder el tiempo esforzándome en llegar al diez, cuando para mí la nota no era una motivación ni un objetivo. No me interesaba. Tampoco sufrí demasiado cuando, por la exigencia y complejidad de la carrera, mi nota media bajó de un ocho al seis, era solo un número y solo reflejaba una fotografía del conocimiento que tenía justo en el momento de realizar la prueba.
Entiendo la necesidad de que nos midamos de forma cuantitativa, a veces las líneas están tan difusas que son un medio estupendo para justificar decisiones; el problema es olvidar que hay un mundo mucho más profundo detrás de los números.

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