Cuando era pequeña, muchas tardes, me quedaba sentada en un muro viendo a los niños de mi edad en los columpios. Mi madre me preguntaba por la razón por la que no jugaba con ellos; siempre me encogía de hombros y le respondía que ellos no se molestaban en venir a buscarme, tampoco echaban de menos jugar conmigo. Aquella distancia le preocupaba más a ella que a mí; supongo que por eso luego ella se atrevió a pedirme que fuese «normal».

Nunca le presté demasiada atención a sus ruegos, tampoco le di el gusto de obedecer. Interactuar con otros niños acababa agotándome y, para mí, era suficiente con observarlos. Así, luego tendría fuerzas para viajar a los otros mundos desde aquellos portales que los adultos llamaban libros: un día me zambullí de lleno en un barrio que nunca había pisado de Madrid —y eso que ya llevo por aquí muchos años—, al siguiente me perseguían seres increíbles por un bosque y debía escapar, había tropezado y caído a un río y, aunque salí en la otra orilla empapada y congelada, conseguí que me perdieran la pista.

Mi madre seguía insistiendo, cada vez que bajábamos al parque, para que me levantara del muro, que me moviera y que jugara como otros niños. Que recuerde, acepté hacerlo una vez, solo porque aquella tarde no tenía una historia nueva en casa y debía esperar al día siguiente para coger una nueva de la biblioteca del colegio, así que podía permitirme el lujo de agotarme en juegos físicos con otros niños.

Han pasado muchos años desde la última vez que bajé al parque, ya no tengo razones para hacerlo y no despierta mi melancolía. Aquellas tardes vuelven a mi memoria únicamente por el fortuito azar que me ha llevado a compartir un café con uno de aquellos niños a los que tanto observé y con el que nunca llegué a hablar. En aquella época había intuido que sus rodillas embarradas y mis uñas limpias no tendrían mucho en común; me preocupó la posibilidad de que ocurriera ahora.

«La niña rara», me dijo sorprendido al caer en la cuenta de quién era yo. Me recordaba. Se había fijado en la niña del muro, lo que hizo que mi corazón se estrujara dentro del pecho de una manera extraña.

Rara. No me sentó mal aquel adjetivo, me lo habían aplicado tanto, tan a menudo y tan a consciencia que ya lo había interiorizado. Ser rara me define y es parte de mí. Me sentía orgullosa de mi etiqueta.

Lo confirmé, por supuesto, en aquella cita que había organizado una amiga común y que había fingido que me convencía después de escuchar: «te caerá bien, es escritor. Igual podéis formar equipo». No es que el hecho de compartir una parte tan esencial de mí, una actividad que es como respirar, fuera lo que me llamó la atención y por lo que acepté; la única razón es que sabía que ella no desistiría por el estúpido hecho de que, desde su estrecho punto de vista, existía esa conexión… como si todos los escritores me tuviesen que caer bien y ser afines por el simple hecho de escribir. Al menos, hasta aquella conversación con ella, la experiencia me había enseñado lo contrario.

Confié, por tanto, en que aquello fuese una broma pesada. Pensé en mí, en cómo era yo. Me gusta leer y había encaminado mis estudios hacia una carrera de letras, me intrigaba tanto el lenguaje y cómo se formaba que me sumergí primero filología hispánica y luego un máster de edición. Aunque pudieseis imaginarme con una boina francesa, por favor, evitad el cliché bohemio, me gusta llevar el pelo trenzado a la espalda… y así lo llevé a las primeras citas.

Igual aquel hombre se había dedicado a escribir porque no había encontrado nada mejor que hacer, igual ni siquiera era bueno. Tal vez solo soñaba con inflarse el ego. ¡Qué digo! Lo más probable es que ni siquiera fuese aceptable como escritor.

También podía ser cosa mía, claro… de mis prejuicios formados sobre un hombre cualquiera con el que coincidí en el parque cuando éramos muy niños como para saber qué nos gustaba hacer, con el que nunca crucé una palabra y que era, para mi gusto, demasiado sociable. Un buen escritor, tal como yo lo veo, no debería ser capaz de entablar relaciones sociales tan rápidamente y mantener una vida activa tan apasionante como dejaba ver su Instagram. Aunque, claro, las redes sociales son ficción.

Antes de la cita, me convencí de que debía ser un pésimo narrador, por el irracional hecho de que nunca lo vi con un libro en el parque, porque no podía gustarme, porque prefería jugar en el tobogán a sentarse a leer en un banco o en el muro.

Mi amiga, a la que solo presté atención cuando la descubrí en el aula de primero de carrera; tras haber pasado toda la adolescencia en el mismo aula del instituto y, aún así, nunca haber mantenido una conversación, debió entender mi cara. Insistió.

En el fondo, quería demostrarle que se equivocaba, así que, tras sacarle un poco más de información, acepté cenar con él a regañadientes, como si le hiciera un favor. En parte, lo era.

Tuvimos un par de citas que no estuvieron mal, aunque fueron anodinas, reconozco que, en parte, porque mi comportamiento en ellas era distante; fruto de un compromiso adquirido por culpa de una amistad muy plasta. Pero él insistió y rascó un poco más… cuando se había despedido en la segunda cita en la boca del metro pidiéndome quedar el jueves siguiente pensé que debía estar muy desesperado o deberle un favor enorme a Susana.

La tercera cita fue diferente; aquel jueves había quedado conmigo con el pretexto de ir al cine, me pidió que me dejara sorprender. Él elegiría la película.

Ya había aceptado y me parecía estupenda: una cita en la que no necesitaba hablar y que se pasaría en una sala oscura… era una buena cita; al menos, estaría cómoda y ensimismada en mi mundo si la película era lo suficiente terrible.

No me arreglé demasiado, tampoco quería darle más esperanzas de las necesarias y tenía intención de finalizar la noche agradeciéndole la experiencia y disculpándome por considerar que aquello no iba a ninguna parte. Tenía el pretexto perfecto en aquel momento, yo estaba muy ocupada con mi carrera profesional y no tenía tiempo para entretenerme con romanticismos mal entendidos que no iban a durar.

Además, estaba convencida de que yo no era su tipo y las dos citas anteriores me daban la razón. Llegué diez minutos antes al cine y me quedé fuera esperando, me entretuve con el móvil, mirando los últimos tuits que habían publicado, también tuve que contestar varios mensajes de Susana que, por supuesto, estaba al corriente de que Fernando y yo habíamos llegado por fin a la definitiva tercera cita y deberíamos decidir nuestro futuro juntos; por supuesto, yo había procurado mantenerme hermética y no le había contado absolutamente nada, pero no era su única fuente de información y Fernando parecía tener la lengua demasiado ligera.

Él llegó puntual, me dio dos besos, reaccioné lo mínimo para que el gesto no fuese incómodo y luego le sonreí, aunque sin demasiado entusiasmo. No recuerdo las veces anteriores, pero en esta ocasión me percaté de que olía a aftershafe.

Subí un par de escalones, dirección a la entrada a las salas, pero él no se movió, solo llamó mi atención.

—Ya… bueno, no. No vamos al cine, perdona —me dijo, repentinamente parecía nervioso, supongo porque no sabía cómo iba a reaccionar. Esperé—. Ha habido un cambio de planes y tengo la obligación de trasladar nuestra cita a otra ubicación… Ya verás.

Me quedé estupefacta. Incluso lo sentí como si me hubiese traicionado. Rara vez mi cara soportaba la máscara de indiferencia ante una sorpresa desagradable y con Fernando no tenía ninguna conexión que pudiera hacerme tener la compasión suficiente para el esfuerzo… así que le mostré mi enfado y le exigí saber, ya que me dejaba sin película, a dónde iba a llevarme antes de dar un paso.

Reconozco que mi aspecto menudo hace muy difícil que cualquiera tomase en serio mis cabreos y amenazas; que Fernando se riera de mí en aquel momento estaba completamente justificado; pero en sus ojos por primera vez vi dibujado el cariño. Respiré hondo y recordé lo que muchas veces me habían recomendado y lo que otras tantas había practicado delante de un espejo; y me sentí aliviada al recordar aquellos ensayos sobre cómo comportarme de una forma socialmente esperable. Bajé un escalón, despacio, tratando de demostrar mi falso talante diplomático.

—Fernando —traté de que mi voz fuese lo más monótona posible, durante mis prácticas juzgué que aquella era la que tenía un carácter negociador más ajustado a mi personalidad, me hacía sentir cómoda y la falta de ritmo hacía que lo que dijese no pudiese malinterpretarse (claro, según mi perspectiva)—, entiéndeme. Me he mentalizado y hecho ilusiones con la sala a oscuras y mi lengua hinchada por la sal de las palomitas. Parece una tontería, lo sé, pero me hacen feliz estas cositas sencillas y tú me la vas a arrebatar. Quiero saber si renunciar a las palomitas merece la pena… podría elegir ir sola al cine.

Él se rio a carcajadas y me miró fijamente a los ojos.

—Bueno, bueno… no es para tanto, mujer. Confía un poco en mí, venga. No seas impaciente. Ven conmigo.

Me irritó mucho aquel «confía un poco en mí», como si pudieses confiar con tanta facilidad en alguien que conoces tan poco, como si tuviésemos una trayectoria fuerte para eso. No puedes confiar en alguien a quien solo has visto 3 veces (por muy recomendado que venga); tampoco quería ser desagradable ni pedante, así que respiré hondo y trabajé para dejarlo estar; traté de insistir como cualquier chica de novela romántica que quisiera agradar a un chico.

—Al menos dame una pista.

—¡No! —me contestó, insolente y con una sonrisa de oreja a oreja.

Igual soy demasiado blanda o quizá explotar mi imaginación de aquella forma tan rastrera le había funcionado. Puede que influyera esa maldita sonrisa.

—Está bien, pero que sepas que me debes una sesión de cine —le solté sin pensar y me alarmé, había ido con la intención de darle carpetazo al tema y seguir con mi monotonía y soledad, situación que adoraba… y me acababa de comprometer a una cuarta cita con él antes de comenzar la tercera y él parecía conforme.

Una idea aterradora hizo que se me electrizara la columna en ese momento. Una terrible idea metida a presión por todas aquellas comedias románticas que había cenado durante largos años e historias de chicas que había oído, de lo que estaba bien, lo que estaba mal y lo que ellos esperaban de una terce… no me había depilado y, si hay interés en seguir, todas las terceras citas acaban en…

«Mierda», me reproché y odié a mi yo de unas horas antes que decidió no pasar por el aro. No me apetecía la idea. A ver, Fernando era atractivo, pero si me dan a elegir entre un orgasmo y depilarme las piernas…

—Pues otro día iremos al cine —me respondió, no soy buena interpretando el lenguaje no verbal pero por su forma de mirarme diría que le gustaba—, a no ser que el lugar al que te llevo hoy te espante tanto como para no querer volver a verme —bromeó.

Sí, era una broma, pero podría ser mi vía de escape: el lugar al que iba a llevarme, sea lo que fuese, debía parecerme horrible y traté de convencerme de ello.

Chisté con una risa incrédula mezclada.

—No te pases. No creo que tengas tanta capacidad.

Le sonreí, en ese momento noté que me relajaba, inevitablemente encontrándome otra vez con los ojos fijos en los suyos. Su sonrisa era franca y el aguamarina de sus iris se clavaron en mí hasta el punto de hacerme sentir extrañamente incómoda, como si fuese un pez al que acababan de sacar del agua.

¡Joder!, la sensación me gustó.

Me tendió entonces el brazo, como una invitación que tenía que aceptar sí o sí… y abandonamos las escaleras del cine. No habría película para mí aquella noche.

Dejé que me guiara: abandonamos Callao, alejándonos de Gran Vía, y llegamos hasta Tribunal, lugar de Madrid en el que mi capacidad para desorientarme aumentaba exponencialmente.

Mientras nos dirigíamos al destino incógnito me contó en lo que consistía su trabajo y cómo esperaba tener pronto un ascenso, quería hacer muchas cosas diferentes y me dijo que para conseguirlo necesitaba un buen equipo con el que trabajar. Añadió que creía que sería un buen jefe y que lograría mucho teniendo ese poder. Le dejé seguir con su historia, pero inconscientemente arrugué la nariz como opinión, preferí no crear un conflicto y menos ahora que necesitaba saber a dónde me estaba llevando. Su forma de hablar me resultó excesivamente arrogante, parecía que no había tenido abuela, y me lo apunté, subrayándolo en mi cabeza, en la parte de defectos que no tenía intención de tolerar y que era una buena excusa para cerrar aquella puerta. ¡Mira!, también una buena causa para que mi próxima aventura en el cine fuese una escapada íntima entre la historia y yo.

—¿Estás seguro de que sabes a dónde vamos? —le interrumpí cuando su exceso de vanidad se me hizo bola en la garganta—, ¿o solo vas a secuestrarme? Susana se preocupará mucho y lo sabrá… ¿o está compinchada contigo?

Él me miró un momento, entrecerrando los ojos y una media sonrisa arrugándole la comisura izquierda. Yo le endosé mi sonrisa más cándida.

—Ya estamos cerca —me prometió.

Me refugié el abrigo con la esperanza de protegerme del frío que comenzaba a acariciarme la nuca. En ese momento, caí en la cuenta de que en ningún momento me había preguntado ni habíamos hablado de mí ni mis aficiones, solo de proyectos y trabajos en los que estaba metido. ¿De verdad vivía en su propia burbuja? Igual estaba reservando el tema, pensé ingenua, o nuestra querida amiga se había chivado tanto que no había caído en preguntarme directamente; aquello me aterró porque daba pie a que me conociera mejor de lo que a mí me habría gustado; fuera cual fuese el caso, era una mina interesante que explotar. Al menos, haría que el tiempo transcurriera más rápido o me ayudaría a olvidar mis crecientes problemas de congelación manos, inútilmente guardadas en los bolsillos.

—¡Aquí es! —me dijo al llegar a la puerta negra de lo que parecía un antro o discoteca. Le miré con una desconfianza que no fui capaz de enmascarar.

¿De verdad me había llevado a un sitio como aquel? Vale, Susana no le había hablado de mí en absoluto, eso me quedó muy claro… o sí, y solo quería hacerme rabiar. Era probable lo segundo, ya que creí haberle dado las suficientes pistas al hablarle de mis preferencias de que a mí se me conquistaba en entornos naturales y tranquilos, con planes de manta y película, no con ruido y demasiada gente.

Aquellos sentimientos encontrados no los pude esconder con rapidez y él se rio suavemente, demostrando que sabía algo más, algún detalle que era incapaz de ver y que mi reacción era la que él buscaba. Me jodió muchísimo. Quería sacarle información así que seguí siendo obvia y aparentando estar molesta.

—¿¡Una discoteca!?, me estás tomando el pelo.

—Antiguamente lo fue; ahora tiene un uso diferente, ¿qué? ¿Te atreves?

«Antiguamente». Aún mantenía la desconfianza dibujada en la cara cuando asentí lentamente. En aquel punto, comencé a pensar que Fernando tenía la firme intención de espantarme; igual a él también le asaltaban las dudas conmigo; estaba claro que éramos muy diferentes… Me sentí como una tonta al no darme cuenta antes. Seguro que estaba boicoteando la cita como una excusa para no volver a verme; pero, entonces, ¿por qué me había sonreído antes así? ¿Cortesía? ¡Ay!, y si lo había malinterpretado todo desde el principio y solo quedaba conmigo por cumplir con Susana…

Respiré hondo.

Silencio y tranquilidad. Si aquel era el caso, ¿qué importaba? Yo también tenía intención de que aquello fuese un mero trámite y luego, si te he visto…

Me estaba dejando llevar por el maldito orgullo que tantas veces me había hecho meter la pata y sabía desde hacía tiempo que no merecía la pena.

—¿Vamos? A mi también se me congelan los dedos —me preguntó, con un tono de duda que me hizo pensar que no era la primera vez que me lo preguntaba.

Me había quedado ensimismada en mis pensamientos y é se había dado cuenta, la vergüenza tiñó mis mejillas de frambuesa con un tono más cálido que el que ya tenían por culpa de la helada nocturna.

«Venga, Almudena», me animé, «¿no te gustan las aventuras?» Me molestaba cuando mi voz sonaba sarcástica siendo yo el objeto, así que esos ánimos tampoco sirvieron de mucho; menos que tener la certeza de que la respuesta era un ofendido y seco no.

—Sí, claro… ¡Qué remedio! —me reí—, me estoy congelando y el aire climatizado es una buena excusa

—Excusa. Ya —Se acercó a la puerta que se mantenía cerrada, ocultando los terrores ruidosos del mundo interior, yo me mantuve a su lado y me adentré primero, haciendo a un lado la cortina que había detrás de la puerta.

Me sentí como si acabase de cruzar un portal que ocultaba aquella maravilla detrás de un disfraz soez de puerta de discoteca.

El edificio victoriano de paredes empapeladas con motivos florales, las maderas de las mesas del local, de nogal con un estilo simple pero cuidado, la barra donde dos camareros vestidos de negro preparaban el último pedido que una pareja les había hecho y al fondo un escenario vestido de negro con un micro solitario al centro, alguien de las mesas se dirigía hacia él para subir por las escaleras del lateral. No había música ambiente y el aire estaba lleno solo por susurros amortiguados.

Fernando se quedó a mi lado, me miraba fijamente, supongo que para calibrar mi reacción.

—¿Sabes ya donde estamos? ¿Lo que es? —me preguntó mientras se llevaba la mano derecha delante de la boca para toser.

—¿Un bar con actuaciones en directo?

—Más bien un bar cafetería —me corrigió—, no abren hasta muy tarde y su fuerte son los batidos, me gusta mucho el de menta y chocolate —me guiñó el ojo— y, por supuesto, el micro abierto para los escritores que quieran compartir una historia.

Yo me quedé en silencio, en aquel momento el hombre de barba espesa y blanca comenzaba a leer un poema. No pude ocultar mi sorpresa y maravilla: ¿cómo no conocía aquel sitio? Igual debería empezar a salir más de casa o a investigar más en Google.

—Casi siempre son poetas, aunque yo intento ser un rarito y equilibrarlo con algún cuento cuando vengo.

—¡Ah! ¿Tú subes?

—¡Claro! Me gusta y a la gente parece que también, suelo traérmelos impresos también en panfletillos para dejárselo a quien le haya gustado y, de paso, que me conozca un poco mejor.

—¿Conocerte mejor?

—No voy por ahí ligando —se rio—, pongo un enlace a mi página web, desde allí pueden comprar alguno de mis recopilatorios y, oye, el dinerito extra se agradece —Se encogió de hombros, dejándolos pegados a las orejas, con la espalda en tensión, me sentí como una idiota por preguntar aquello. Se frotó las manos—. Vamos a pedir algo.

Nos acercamos a la barra y miré la carta impresa en lo alto, los precios eran, para mi gusto, un poco caros pero todo tenía muy buena pinta y, entonces, se me olvidó que Fernando quisiera espantarme y se metió con una cuña un pensamiento diferente: quería impresionarme. Sí, le gustaba y reconozco que me había ganado un poquito con aquella sorpresa, igual lo justo para dejar que me acompañase a disfrutar de la próxima aventura en la pantalla grande. Decidí que dejaría que él pidiera y que me sumaría con un «que sean dos».

—¿Qué te apetece? —me preguntó y me sentí repentinamente agobiada, sabía cuál era su batido favorito y me apunté el tanto. Acabamos esperando en la barra por ellos mientras nos quitábamos los abrigos y localizábamos una mesita donde ponernos a hablar. El poeta había acabado de compartir su rítmica crítica sobre el sistema de pensiones.

—¿Hoy compartirás algo?

—¡Claro! Era la idea. Además —me guiñó un ojo—, lo que voy a leer es completamente inédito, lo escribí anoche mientras pensaba en alguien muy peculiar que siempre he tenido cerca.

Yo me sonrojé. Dudo que el texto fuese para otra. Su tono de voz daba a entender lo contrario, además, la noche anterior estuve prácticamente hablando con él hasta la madrugada por WhatsApp. No podía dormir. Aquello era tan directo y personal, demostraba tan claramente sus intenciones que repentinamente me sentí culpable por todo el tratamiento que le había dado en mi cabeza.

Por otro lado, saltó una alarma: iba a averiguar si era buen escritor, en vivo y en directo; todavía no había leído nada suyo pese a haber podido buscar su web en cualquier momento; pero aquello hubiese significado que sabría si era bueno o malo y, habiéndome convencido de que era lo suficientemente terrible como para que no lo leyera nadie, no iba a correr el riesgo de demostrarme que estaba equivocada. No tenía escapatoria y si escribía bien…

Un par de batidos sobre una mesa después, nos acordamos de aquella tarde en el parque en la que la niña del muro se había levantado. Me dijo que todavía se acordaba de la pregunta que había hecho a otra de las niñas, cuando me había acercado a los columpios. No puedo decir si es verdad o no, porque yo no me acuerdo, pero parece que para él fue importante, fue la primera vez que pensó en la muerte; yo no recuerdo la primera vez que pensé en ella, pero sé que fue demasiado pronto.

Me había acercado a aquella niña de la que no recuerdo ni siquiera el rostro y tras observar un rato cómo se columpiaba, había dejado libre el asiento, pensando que yo también querría usarlo, así que me tendió la cadena con su mano. Yo no la cogí.

«¿Cómo puedes subirte ahí? Si te caes puedes romperte la cabeza», le había dicho, según Fernando. La niña se marchó corriendo a las faldas de su madre. Me sorprendí pensando en lo sombría que era ya entonces y decidí que aquella noche, cuando volviera a casa, recuperaría del baúl el diario que llevaba de niña, con suerte aquel hecho estaba reflejado de alguna manera.

Seguimos hablando de asuntos más amables durante un rato, hasta que una jovencita que debía haber estrenado la veintena hacía poco se subió al escenario. Ambos la observamos y luego nuestras miradas, condescendientes, se encontraron un segundo, una sonrisa y volvimos a esperar a que ella comenzara. Nos comenzó a contar un relato, con voz temblorosa; probablemente era la primera vez que compartía algo y me sorprendió lo valiente que era. No me veía compartiendo mi vida sobre un escenario delante de tantos desconocidos. Reconocí una voz propia en aquella chica, me gustó su relato sobre la última experiencia social que había vivido y que camuflaba en aquel personaje que poco se diferenciaba de ella más que en el color del pelo.

Cuando bajó del escenario me encontré con Fernando, esperando alguna crítica. Le sonreí.

—No está mal, todavía le falta un poco más de trabajo, pero va por buen camino. Igual en unos años…

—Viene a menudo —me interrumpió—, casi siempre sola y se sienta en la misma mesa con la misma libreta. Creo que es la primera vez que se sube al escenario. Me ha gustado mucho.

—¿Has hablado con ella?

—Sí, una vez. Se me acercó para preguntarme sobre un relato que compartí.

Él se encogió de hombros y yo asentí.

—Bueno, ¿y tú? ¿No te animas? —le pregunté, esperaba que dijera que se le habían quitado las ganas, que no quería compartir su relato y así yo no sabría el pésimo escritor que era.

Fernando bailó en la silla, inquieto. Sonreía y, si el local no nos hubiese mantenido en penumbra, probablemente hubiese visto unas mejillas ruborizadas. Evitaba mirarme y siempre tendré la duda de si aquella vergüenza repentina era fruto de alguna estrategia para demostrar su humildad o era real.

—¡Venga! Si has dicho que no es tu primera vez…

—Lo sé, lo sé —carraspeó y bebió un poco de batido—; pero siempre han sido historias más… menos personales, ¿entiendes?

—¿Así que no lo has disfrazado? ¡Vaya!

—Sí, sí, claro que lo he hecho… pero tú sabrás que el relato lleva disfraz y siempre me ha gustado dejar esa duda en quien me escucha.

—Bueno, seré buena… prometo no reírme si es demasiado ridículo —me mordí la lengua, apenas me reconocía, estaba tonteando con él, me divertía la idea y poco a poco me comenzaba a gustar; aunque todavía estuviese convencida de despedirme definitivamente con dos besos y un que te vaya todo bien.

Teníamos los dos batidos a medias cuando se levantó y se palmeó los muslos haciendo alguna especie de patrón melódico que no reconocí, infló los mofletes y mientras expulsaba el aire sonrió. Sacó un pedazo de papel que llevaba en el bolsillo izquierdo de los vaqueros y lo desdobló, miró el contenido y luego a mí.

—Venga, ¡voy! —me dijo mientras se giraba, dando un saltito y encogiéndose de hombros. Sonreía ampliamente, igual que cuando volví a verle la cara sobre el escenario.

»Buenas tardes a todos, espero que estén disfrutando de una buena merienda y compañía, si alguno está sufriendo, ¡que huya! —Las risas del público fueron sutiles, las justas para indicar que había tenido gracia—. Vale. El relato que traigo hoy va a ser un poco más complicado de leer que de costumbre, toca temas que me hacen sentir… bueno, ya sabéis… —dudó, aunque su sonrisa se mantuvo todo el rato amplia, creo que se dio cuenta de que tanto preámbulo no era necesario— Mejor comienzo.

Estaba correteando por el bosque, buscaba bayas para comer; de pronto algo me masticó la pata, me ató al suelo y no pude seguir. Frío, negro y de hierro; humano, sin duda. No quiero resignarme porque todavía tengo mucho bosque que recorrer. Soy joven y no es justo. No, no voy a rendirme. No, no voy a resignarme.

La pata entera me arde, me late y tiro con todas mis fuerzas. No puedo evitar gritar al notar cómo me desgarro la piel y el calor se me escapa con la sangre que me lame. Hay ruidos a mi alrededor que me avisan de un destino que no acepto.

Aunque el dolor muerde. Tiro, tengo que liberarme rápido, y desgarro, el dolor me paraliza y deja exhausto.

El tiempo pasa y un humano se acerca, escucho sus pasos arrastrados. Esta es mi derrota y al menos el dolor cesará rápido: me surcará con ese filo metálico el cuello y me ahogaré con mi sangre; tal como a otros antes les ha hecho.

Se arrodilla primero y examina el cepo que me muerde. Sigo esperando el filo en mi cuello; pero es solo soga áspera lo que me rodea. Alivia el cepo y con suavidad tira hacia el claro de donde venía.

Me quedo quieto. No quiero.

Tiro hacia la espesura con las fuerzas que me restan, espero tener la suerte de que la correa se rompa y pueda ir a morir en paz lejos de su crueldad.

Me lleva a donde vive y me deja solo en el exterior. Siento miedo porque no sé lo que pretende conmigo. Trato de romper la cuerda, pero es dura y estoy agotado.

El humano vuelve. Trae paños y agua. Se acerca a mi pata herida. Lanzo una coz que esquiva y luego me inmoviliza. Está detrás de mí y no lo veo. ¿Qué hace? Escuece. Chillo.

La pata apenas duele. El humano desaparece. Repite el ritual varios días. También me trae comida y bebida.

La pata ya no duele. Este humano es diferente. Se sienta a menudo a mi lado y habla, empiezo a dudar que sea quien tiene al bosque aterrado.

Hoy ha salido temprano y me ha examinado la herida. Sonríe. Me ha soltado por fin.

Ahora era yo la que estaba nerviosa, no me apetecía mostrarme frágil; aunque, cuando Fernando bajó del escenario, antes de que se sentara en la mesa, sabía que quería ir al cine con él.