1. ¿Cómo comprar el pan?

/ marzo 26, 2008/ Cosas del domingo, Microtoria

Tiras el despertador de la mesilla para que se calle después de haber intentado apagarlo de la forma correcta unas 10 veces —Comencemos reconociendo que ha sido menos pero, como estás irritado, han sido 10—. Te resignas y te levantas junto con la sábana, que te persigue enredada de forma extravagante alrededor de ti. Diez pasos más tarde, por culpa de la gravedad, cae al suelo y te lía los pies —aunque no eras forofo de las ciencias en el instituto, o tal vez precisamente por ello, empiezas a odiar a Newton y sus manzanas un poco más—. Sientes frío. Descartas la idea de volverte a meter en la cama: tendrías que recoger la sábana del suelo y seguro que ya no calentaría igual.

Sin estar del todo despierto aún te diriges al baño. Meas mientras miras la ducha, como si te molestase que estuviese allí, acabas por comprender que no puede desaparecer y desvías tu atención al vacío. Cuando terminas de deshacerte de los líquidos retenidos, decides darte una ducha (no lo piensas realmente, es más bien la costumbre autómata de todos los días): desnudo, con el frío de la mañana, te metes en el plato y abres el grifo. El agua helada te abofetea, recuerdas que desde hace semanas el calentador está roto y el de la compañía —que te aseguró: «iremos al día siguiente»— aún no ha aparecido por allí. Al terminar, un poco más despierto pero no tanto como normalmente, te enrollas en la toalla apurado por alguna inexplicable razón —hasta donde llega tu conocimiento, el Gran Hermano todavía es solo un programa de televisión—. Sin estar completamente seco, sales del baño dejando un rastro de huellas húmedas por el camino.

Tu cocina te asquea: una pila de cosas sucias empieza a criar moho en el fregadero, aunque no vas a ponerte a lavar los platos ahora. Piensas en un modo de vida más sencillo y decides que empezarás a usar platos y cubiertos de usar y tirar. Rebates tu propio planteamiento idílico: una voz aguda nace en tu cerebro recordándote a esos pesados ecologistas a los que maldices por ser tan remilgados y estar tocando siempre los huevos. Limpiarás la cocina más tarde, resuelves. Ahora solo lo imprescindible: cuchara, cuchillo y tazón.

Preparas pues los ingredientes de lo que te han prometido como el desayuno ideal: leche, café (ese que no sabes cuánto tiempo lleva hecho, tampoco te preocupa) y, cuando abres el talego, un escalofrío te recorre la espina dorsal: no hay nada, no tienes pan. ¡Precisamente lo que más deseabas para desayunar! Tozudo, no vas a desayunar sin él, vas a salir a buscarlo aunque sea en calzoncillos, por supuesto.

Son las siete y cuarto de la mañana.

Visitas tu habitación entrando esperando encontrar algo repentinamente, pero solo está tu cama en un cubículo desangelado y desordenado. Miras a tu lecho como a una amante traicionada. No exoneras de la culpa al despertador y le regalas una mirada de desprecio puro: él es el culpable, había matado a la más bella mujer que haya pasado por tu cama —en tus sueños, claro—, de esas que no eligen tipos como tú. Olvidas la afrenta y te enfocas en el viejo armario lleno de termitas del que no te deshaces por pereza. Por supuesto, está vacío y toda la ropa está para lavar (tal vez el estado mullido del suelo no es gracias a un precioso tapiz, sino de algo más mundano). Maldices a tu trabajo, tu sueldo y, de paso, a tu jefe por denegarte el ascenso —que fue para la compañera que llevaba apenas un mes trabajando, obviamente había hecho horas extras—. Ese dinero que ya apenas te llega para comer, menos para ropa nueva o una asistenta que atienda esa leonera que tienes por casa.

Sin pudor, pues es domingo y no es día para hacer la colada ni poner la secadora, coges la ropa del cesto de la sucia —el suelo—. Buscando algo pasable, te lo pegas a la nariz y esnifas para juzgar su olor como buen perfumista. Te conformas con una que solo tiene una mancha minúscula y no huele a… bueno, no huele. Lo mismo haces con el pantalón.

Ya pasan de las siete y media cuando coges la llave de la casa y tu cartera.

Sales de casa intentando esquivar a la vecina: la típica vieja a la que solo la visita la familia en Navidad. Por una vez tienes suerte y no te la encuentras: ¡ganada esa media hora intentando explicarle que tienes prisa mientras te cuenta la vida de un sobrino suyo! Sales del edificio.

No hay un alma en la calle pero no te fijas en eso, cruzas la calle y giras a la derecha. Plantado delante de la panadería comienzas a petrificarte lentamente: ¡está cerrada! Sin fijarte en el cartel que cuelga del cristal: «Cerrado por luto» —seamos sinceros, aunque lo hubieses visto te hubiese importado poco—, maldices al panadero y a su mujer, por ser tan desconsiderados, por ser tan vagos y no abrir su negocio justo hoy. ¿Acaso no habrá más días para enlutarse?

Te giras con brusquedad y redescubres el bar de en frente, el de toda la vida, que está abierto. Entras y, ya resignado, pides un café (recordando el tuyo, precalentado y solo acompañado por la mugre de tu cocina) con un bocadillo de picadillo de desayuno. Lentamente lo masticas como si estuviese hecho de goma. Sin haber terminado de tragar el último trozo y dispuesto a marcharte, sacas la cartera y la abres; para tu sorpresa, está vacía.

Intentas disimular los nervios que te han entrado de repente pero no puedes. Una gota de sudor frío comienza a susurrarte delante de la oreja. Enmascarado en seguridad, te acercas a la barra. El camarero, parece el nuevo contrato temporal del dueño del bar y obviamente no te conoce, te mira dejando de atender a aquel vaso húmedo que deseaba ser secado por aquel trapo de dudosa procedencia e higiene. El muchacho parecía demasiado joven y, por lo que habías deducido, limpiar el mismo vaso y cobrar parecían sus únicas funciones allí.

Te recuerda lo que debes y, con una forzada sonrisa, le explicas tu situación. Él cambia su semblante de comprensivo a enfadado y vuelve a mover el trapo secando el vaso más que seco ya. Tus nervios son completamente visibles, no paras de temblar mientras el camarero no aparta la mirada de ti sin decir absolutamente nada. Pasan segundos o minutos —¿quién va a saberlo si nadie ha mirado todavía el reloj?—. Sin previo aviso, grita llamando al dueño y comienzas a respirar tranquilo, si él estaba ya podías suspirar aliviado: era el amigo del tío que tiene como sobrino al compañero de trabajo de tu padre, que se había jubilado hacía un par de meses y que cuando tenías 2 años te había regalado un globo.

Lo ves salir de la trastienda mientras se limpia las manos de un líquido color amarillo y pringoso, posiblemente aceite rancio con el que hace las patatas o papas —según de donde seas—; mira a su nuevo ayudante y luego repara en ti, sonríe y te pregunta por toda tu familia, incluido el perro que tenías de pequeño y que murió atropellado por el camión de la basura hace más de 15 años. Consigues olvidarte de tu problema un poco (aunque el recuerdo del perro de tu infancia te deprime), la media hora que le ganaste a tu vecina la pierdes con el dueño del bar —hubiese sido un buen policía—.

Ya son las ocho y media; y recuerdas por qué había salido el dueño, consigues explicarle lo que te ha pasado —no es la primera, y posiblemente no sea la última realmente—. El tío, que no sabe nada de caridad moral y cristiana —lo más probable es que nunca atendiera en la clase de Religión—, te mira de hito a hito, inexpresivo.

Tragas.

Sigue mirándote y tú sin poder adivinar en qué está pensando. Vuelves a tragar, te falta poco para desmayarte pero procuras que tu cara se mantenga con expresión de hielo —derritiéndose—.

Tras una carcajada, suelta una amorfa burla sobre tu persona, aunque no te ofendes porque tu cabeza no está para esas cosas. Acaba con aquello que deseas escuchar: «puedes marcharte, a esta invito y, de paso, te abriré una cuenta porque pareces buen chico». Siempre te dice lo mismo… ¡Gracias que te conoce y es tan amable! —Ya…—.

La cruda realidad entonces llama a tu puerta, se esmera en recordarte quién eres y te susurra: un «buen chico» de treinta y tantos ya estaría alegremente encadenado a un matrimonio monótono y aburrido. Deshaces la idea y te convences de que eres un treintañero atractivo que no tiene más ligues porque pasa de los problemas que dan.

Vuelves a tu casa deseando haber desayunado las galletas blandas que te quedaban en la mesa del comedor. Bueno, ya las desayunarás mañana junto con tu café.

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