4. ¿Sigue siendo tu amigo?

/ abril 6, 2008

Tocan a la puerta de tu casa y sospechas saber quien es. Es una visita demasiado habitual. Abres con la satisfacción dibujada en la cara y sin asegurarte de quién es tu interlocutor le sueltas alguna obscenidad. Cuando, por fin, te dispones a disfrutar de su respuesta y abres los ojos, ves aquel rostro asqueado. Ya es demasiado tarde.

La hija de tu vecina, que tiene unos cuantos años menos que tú y que aún parece una adolescente, te mira en absoluto silencio. No eres muy listo pero, hasta tú te das cuenta de que está planteándose dar la vuelta sin explicar qué hace ahí. Va, en serio… acabas de cagarla y no puede ir peor la cosa cuando te dispones a hacer lo mejor que sabes: estropearlo aún más.

Le miras descaradamente el canalillo —no sé cómo tu cerebro aún no ha desertado—. Ya todos tus intentos por parecer un buen partido para ella —es una mujer relativamente cercana, vive cerca, y eso casi directamente la convierte en ideal para ti— son en vano. Te ríes intentando comenzar de nuevo y le dices que todo aquel paripé era una broma —de mal gusto—. En este punto sabes que ella sabe que eres imbécil pero, por alguna razón, se mantiene de pie delante de ti esperando a que termines de hacer el ridículo.

Aunque realmente no estaba del todo quieta, un ojo que fuese muy tenaz se hubiese dado cuenta del retroceso sucesivo de ella. Cada palabra la aleja más de ti en un plano que nunca llegarás a entender y tú, tratando de arreglar esa distancia, te acercas a un precipicio como un lemming.

Cuando ya podría darse por perdido todo, solo entonces aparece tu amigo, casi por sorpresa lo tienes plantado a tu lado. Suspira y le saludas, le señalas y presentas a la mujer que tienes delante en un intento de justificar todo tu comportamiento anterior.

Él, cortésmente, se fija en ella, le suelta un «hola, ¿te veo luego?» y acto seguido, con mucho respeto y corrección, le da una palmada en el trasero para acompañar su franco saludo. Sin saber qué ni por qué había aguantado aquella chica tanto tiempo en silencio, la ves marcharse con una verdadera e imborrable cara de asco. Has sido derrotado.

Tu amigo, que no se da cuenta de absolutamente nada —todos sabemos que en realidad le da igual—, comienza a hablarte de algo, tú no le escuchas: tu vecina alejándose es la única imagen que se repite, cual GIF, en tu cabeza. La sangre te golpea los oídos cuando, sin pensarlo demasiado, le pegas un puñetazo —a ese amigo que está cuadrado, por cierto—. Obviamente tu siguiente pensamiento lo haces desde el suelo y con algo de turbación y dolor encima.

—Como iba diciendo… —siguió, como si no acabase de pegarte. Y escuchas a aquella mole mientras recuperas la conciencia.

Tratas de recordar cómo lo habías conocido; tal vez te dio alguna paliza y por eso no te acuerdas pero sabes que llevas más de siete años intentando que te deje en paz. Como buen liante siempre ignora tus directas.

Aceptas lo inevitable y le invitas a entrar; tampoco querías arriesgarte a que tus vecinos te expulsaran por tener tal… cosa en tu rellano. El tío, que muy pulcro no era, juzga tu casa dándote un sabio consejo:

—¡A ver si puedes ser más limpio!

Lo matas, te juras que lo matarás.

La ira vuelve a hervir y tu cerebro entonces recuerda la paliza anterior. Alguien ahí dentro tiene cierto cariz de inteligencia y decide dejarte petrificado. Una frase, como droga, te anestesia susurrada solo para ti: «tu olor corporal hace que las moscas, amigo mío, huyan».

Deseas que salga de tu piso por lo que le invitas a tomar algo, coges aceleradamente tu cartera y cuentas la calderilla —las vueltas de la pizza que no metiste en la cartera te las dejarás en casa por despiste—; no por nada, vas a tener que pagar lo que consumáis. Antes de salir de tu casa te pide que le dejes ir al baño. Como es poco educado denegar tal necesidad, accedes.

—Bueno, ¿nos vamos? —te pregunta al salir, todavía abrochándose la bragueta. Te giras justo a tiempo para ver cómo escupe en el suelo. Asumes lo que ha hecho, no quieres saber qué ha dejado en el baño y respiras hondo.

Autocontrol. Autocontrol. No quieres acabar el día en el hospital.

Salís de la casa al fin y dejas que él te guíe al garito que más le guste mientras buscas un cajero en el que conseguir efectivo. Por el rumbo que lleváis sabes a donde te lleva, sabes que no aceptan tarjetas y en el camino no existe ningún cajero ni de tu banco ni de ningún otro. También sabes que tu amado amigo es poco receptivo a las propuestas de andar más de la cuenta —el esfuerzo físico es solo cosa del gimnasio—.

El local está bien, vamos a reconocer el mérito del decorador de los años ochenta que puso aquellas maderas y azulejos en la pared. Las sillas, al menos, todavía conservan sus cuatro patas, aunque a alguna se le ha roto el respaldo o está en ello.

Tras una larga conversación sobre sí mismo, llega el momento de pagar. Tragas saliva y te escuece en la garganta. Esta vez no te salvas de limpiar los platos. Alzas la mano hacia tu final pero tu amigo, que es más rápido, intercepta tu destino y saca su billetera —nunca la habías visto antes—. Ni siquiera mira la cuenta cuando le da un billete de 100€ al camarero y le ruega que se cobre de ahí.

Estás atónito, tanto que aún tienes tu cartera en la mano para fingir un olvido. Comienza de nuevo a hablar y te explica mientras sonríe que ha encontrado un trabajo muy bien pagado, que apenas tiene que hacer nada para cobrar a fin de mes.

—… Quería invitarte a la cerveza, pero solo esta vez, ¿eh? No te acostumbres.

¿Cómo te ibas a acostumbrar? A saber cuánto dinero te había rapiñado en los últimos años. No te importa, ésta vez no tienes que mojarte las manos. Respiras aliviado y con la excusa de que tienes que preparar un informe para mañana consigues quitártelo de encima pronto —lo que es una novedad—, y vuelves a tu casa de nuevo. No sin antes pasarte por un cajero.

Cuando guardas lo que te ha dejado sacar en la cartera, te das cuenta de que tienes a una chica preciosa —todas te lo parecen— vendiendo flores delante de ti. «¡Éstas mujeres! ¡Qué oportunas son!», piensas.

Después de sacarte treinta euros por una docena de margaritas —que son las preferidas de tu vecina—. Vuelves a tu bloque casi corriendo, una prisa te quema los pies porque vas a reconciliarte con ella, la única con la que te relacionas —la que te ha vendido las flores no cuenta porque has perdido dinero—.

Te comienzas a imaginar cómo será el encuentro, cómo le regalarás las flores y cómo ella se derretirá en tus brazos al recibir tus disculpas y regalo. Subes las escaleras hasta su casa dando saltitos de alegría en cada escalón y las piernas te flaquean cuando tocas el timbre.

Esperas.

Esperas.

Cuando piensas que nadie te va a abrir, escuchas el quejido de las cerraduras al moverse. La puerta se abre delante de ti: una viejita aparece encorvada y te mira a través de unas gafas de culo de botella. Mira las flores, siendo más rápida de lo que cabría esperar, te las arranca de las manos y vuelve a cerrar la puerta.

Te quedas mirando las vetas dibujadas de la madera sin tener muy claro lo que acaba de pasar. Sin flores y 30 € menos en el bolsillo. El sonido de los resortes de la cerradura vuelven a escucharse. Sin flores y 30 € menos en el bolsillo. Te queda claro que te has equivocado de puerta y ya, sin flores y 30¡ € menos en el bolsillo, queda la posibilidad de recuperar a tu vecina como la sopa a media tarde: fría.

De todas maneras no pierdes la esperanza y ya, más calmado y delante de la puerta correcta, vuelves a golpear los nudillos contra el contrachapado que finge ser madera. La puerta se desliza hacia dentro y tú esperas encontrar a aquel rostro angelical… pero para nada es un ángel quien te recibe, solo tu queridísimo amigo. Las puertas del cielo se convierten en las del infierno y todo tú tiemblas.

¡Qué asco de día!

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