5. ¿Cómo hacer para que se fije en mí?

/ abril 9, 2008/ Cosas del domingo, Microtoria

Entras en tu solitario hogar y cierras la puerta. Estás solo, quieres estarlo. Tu ánimo está por los suelos: saber que la chica con la que soñabas —en secreto— casarte está con otro te ha destrozado el día —que ese otro sea tu amigo, tampoco es que ayude demasiado—.

Con melancolía, te asomas a la ventana y miras al bloque de enfrente —como si del horizonte se tratara y fueras el protagonista desdichado de algún poema del romanticismo—. Una pareja de recién casados, más o menos de tu edad, haciendo ejercicios pélvicos aparece accidentalmente delante de ti —parecen muy compenetrados—. Apartas tu atención y la centras en la calle, allí no habrá riesgos, técnicamente. La única que ha existido para ti aparece, sentada en la terraza del bar donde debes aún el café de esa mañana, junto a una mancha de carne que no quieres reconocer.

Suspiras y piensas en tus mundos paralelos. Aquel en el que tú eres el cachas y estás con ella y donde besa tus músculos… —vamos a dejar la decadencia justo aquí—. Debería dejar a aquel cachas —ya no puedes llamarlo amigo—, claramente él no le conviene. ¿Acaso ella no se da cuenta?

Tus pensamientos se vuelven otra vez huidizos y te imaginan en medio de la calle, hinchado de ego y embutido en un ajustado bañador que, por supuesto, te marca aquel calcetín que llevas como paquete. Un grupo de groupies te jadea y tú, con la mirada hacia el cielo, sonríes satisfecho. Ella te mira desde la lejanía, su cara enrojecida hierve de envidia y deseo. ¡Oh! Tu ego sube como la espuma.

Algo húmedo hace plop en tu cabeza y te devuelve a tu realidad. Una paloma ha decidido desaguar sobre tu cabeza. Vuelves la mirada, sin querer, hacia la paloma y luego hacia tu amor frustrado que ahora está demasiado pegada a la mancha de carne. Osa besarse delante de tus narices con ese… ¡Tendrá cara! Te hierve ahora a ti la sangre.

Tal vez fue la paloma la que decidió hundirte en la cloaca o, tal vez, fuiste tú. Pero por alguna razón, la visión de aquellos tortolitos te hace querer llamar la atención de alguna forma. Estás en un balcón… Quieres llamar la atención de alguna forma. Estás en un balcón…

—¡Voy a acabar con todo! ¡Me tiro! —gritas al horizonte y vuelves a ver a la pareja que hacía ejercicios pélvicos, justo delante de ti. En tu cabeza imaginas los ahogados resuellos de ella por el esfuerzo. Vuelves a mirar a tu amor en aquella terraza. Nadie parece oírte. Llenas tus pulmones de aire fresco y nuevo—. ¡No merece la pena! ¡Me tiraré! Eso voy a hacer.

Solo te mira un viejo, que con curiosidad espera a ver qué haces finalmente, no aparece en él el mínimo deseo de ayudarte. También te ve un perro, que comienza a ladrar persiguiéndose la cola segundos más tarde. Te quedas mirando su persecución mientras la chica a la que amas se marcha con la mancha de carne sin que tú te des cuenta. Tú sigues montando el numerito. Sigues gritando, y la única respuesta es la del viejito que comienza a aplaudirte y a darte ánimos indeterminados.

Ves como la mancha de carne vuelve a salir del bar. «¿Dónde está ella?». Piensas abortar pero tu orgullo no te lo permite. La mancha de carne coge su móvil al verte y comienza a llamar. Piensas que estará avisando a la policía para que intervenga y tus maxilares se tensan, esto se pone serio. Repentinamente muchos de tus vecinos se asoman tras mirar su móvil y comienzan a grabarte.

Tú, ya como alentado por una fama futura, comienzas a gritar de nuevo amenazas contra tu propia vida. Los móviles se alzan y pronto tu desquiciado intento de llamar la atención será TT.

Parece que en aquel escenario alguien tiene sentido común, por estadística… Resulta que es la tataranieta de la prima tercera de la abuela del pueblo que te hizo un chaleco cuando tenías cinco años y que nunca has visto pero te ha reconocido por alguna razón. Llama a los bomberos, policía y a una ambulancia. Debe ser optimista, o algo, si finalmente te tiras —todos sabemos que no tienes huevos— hay dos opciones: o que tu cabeza se convierta en papilla o… solo hay una.

Los bomberos llegan, la ambulancia y la policía aparecen después. Ninguno se digna a subir, solo te miran y uno de ellos te habla por un megáfono. Tú no lo entiendes por lo que niegas con la cabeza vehementemente.

A las diez de la noche, cansado de la retahíla que el megáfono distorsionaba, decides que vas a dejar de hacer el idiota —ya apenas queda luz para que tu cara salga bien en los vídeos que la gente sigue grabando con el móvil—, así que vuelves a meterte en tu casa. «Como mucho te enviarán a un psiquiátrico un par de días», piensas. Tal vez hasta te viene bien.

Una sacudida al edificio hace que pienses en la futilidad de la vida, en que unos segundos más tarde y probablemente… En un piso del tercero se ha producido una explosión de gas —como dato curioso: allí no vive nadie—. Gracias a ti, los bomberos que seguían allí jugando una partida de cartas, llegan muy rápido al lugar de los hechos y frenan el incendio antes de que el edificio se vea demasiado afectado.

Aún así, lo evacuan y te felicitan por tu contribución con una palmada en la espalda, olvidándose de tus evidentes problemas de conducta. Te informan también, tras unas horas, de que tendrás que pasar la noche en un hotel. Ese día nadie dormiría en su cama en aquel bloque. Te jode pero empiezas un recorrido fatídico por todos los hoteles económicos de la zona… confías que en alguno aceptarán pago con sonrisas porque tu cartera está en casa y no has podido cogerla.

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