6. Donde estuviese mi cama…

/ abril 16, 2008/ Cosas del domingo, Microtoria

Silbas para animarte, las estrellas te acompañan en el cielo mientras acabas recorriendo, a la una de la mañana, la última calle con un bloque de edificios. Más allá la penumbra y la oscuridad serán tus compañeras. Tu ropa parece la de un mendigo y, de hecho, algunas parejas cambian de acera al verte. ¿Tan mal aspecto tienes? Un escaparate te confiesa que sí, solo te falta la botella escondida en una bolsa de papel.

El último edificio te sorprende gratamente, es un hotel. A estas alturas no te importa que parezca haber resistido a varios incendios y alguna explosión; el dueño no se ha molestado realmente en reconstruirlo ni por fuera ni por dentro. Tu última oportunidad antes de tener que recurrir a…

Hablas con el tétrico personaje que hay detrás de la tabla que hace de mostrador —ni siquiera se ha molestado en lijarla y barnizarla—. No tocarás absolutamente nada, las suelas de tus zapatos serán las únicas mártires dentro de aquel edificio. Probablemente, con la suerte que tienes, te acabes clavando alguna astilla que, de forma increíble, llegue hasta tu torrente sanguíneo para, justo el día en que tu vecina se dé cuenta de que te ama, se te clave en un sitio estratégico del corazón y mueras sin siquiera dejar una viuda que te llore.

El chico te deja una llave que cuelga de una mano huesuda. Un número borroso te indica cuál será tu habitación aquella noche.

—Tres euros por noche —te informa. Asientes aunque no sabes de dónde sacarás ese dinero, no tienes cartera ni nada de valor encima. No confiesas tu penuria, coges la llave y le informas de que le pagarás mañana antes de marcharte. Parece conforme o le da igual, no lo tienes claro.

Miras a tu alrededor intentando convencerte de que, aunque el hotel tenga un aspecto lamentable, no puede estar tan mal: la estructura del edificio aún sigue en pie. Rezas para que la habitación tenga unas condiciones más aceptables.

Llegas, por esa escalera que hace un ruido extraño a cada peldaño, al segundo piso, a lo que se supone que es tu habitación —completamente accesible: carece de puerta—, ¿para qué necesito una llave entonces? Da igual, lo único que quieres es una cama, pero antes te darás una ducha para quitarte toda la mugre acumulada.

Entras en el cuarto de baño y te desnudas, apartas la cortina medio rota para meterte en el plato de ducha, utilizas solo dos dedos para tocar aquel trozo de tela impermeable. Das dos pasos hacia atrás y vuelves a vestirte sin meterte, mantienes la vista fija en una rata que parece haber decidido que aquel era el lugar idóneo para traer al mundo a sus vástagos. No vas a molestarla por el hecho de que alrededor de su boca tuviese una espuma blanca indefinida y, bueno, porque a saber el tiempo que lleva siendo su madriguera. ¿Qué derecho ibas a tener tú?

Vas a la cama, que recuerda más a un saco de esparto lleno de paja —porque lo es—. Te tumbas ahí sin pensar demasiado y tras varias horas mirando al techo mohoso y escuchando el crujir de las ramas secas al moverte, soportando cómo se te clavan, decides marcharte, si no puedes dormir ¿qué sentido tiene?

Son las tres de la mañana y, por suerte, el chico de la recepción duerme sobre la mesa y no se da cuenta de tu huida, le dejas la llave delante de las narices con todo el cuidado de no despertarle —capaz es de pedirte los tres euros—.

De nuevo la calle te recibe. Caminas y caminas, sin rumbo. ¡Que idea más romántica de la vida! En realidad, tu subconsciente es más listo que tú y, sin que te des cuenta, ahora estás a mitad de camino del pueblo donde vive tu madre. Sin otra opción, sigues caminando hacia el inevitable encuentro con tu progenitora.

A las cuatro y media, todavía con una hora más prevista de camino por delante, te giras al oír que una camioneta, hace un ruido muy raro y el motor debe de tener mínimo 60 años. Un claxon ahogado te avisa desesperadamente para que te apartes de su camino.

Te metes en la cuneta llena de barro, que abraza a tu calzado con alegría —tu aspecto, a cada segundo, parece hacerse más lamentable—. La camioneta para a tu lado y, cortésmente, un viejo con un solo diente se asoma por la ventanilla. Sonríe y te mira de arriba a abajo. Tu harapiento aspecto no parece llamarle demasiado la atención —el suyo tampoco es mejor, pero no estás en posición de juzgar a nadie—.

—Hijo, ¿vas al pueblo?— Los ojos le dan un aspecto alocado que debería hacerte negar automáticamente a cualquier cosa. Pero por alguna inexplicable razón asientes—. ¿Te acerco?

A modo de respuesta te encoges de hombros, acercas la mano a la puerta para abrirla y subir. Tal vez que te secuestre un viejo loco es una forma ideal de que tu noche —y vida— termine. El viejo te chista y niega con la cabeza, con el pulgar te señala la parte trasera.

—No, hijo, te toca con las gallinas. Mi querido Alfonso va conmigo de copiloto —Te percatas entonces del perro y bueno, tampoco te vas a quejar. Subes a la parte de atrás, con tu traqueteo un par de gallinas se despiertan y te miran con esos profundos ojos perdidos que tienen. En tu cabeza sabes perfectamente que están pensando cómo picotearte hasta quedar satisfechas.

Gracias que están dentro de jaulas.

La furgoneta vuelve al camino y los movimientos te dejan atontado, con la cabeza apoyada en una de las jaulas, pero estás tan cansado…

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