Leves (Creasueños)

/ diciembre 25, 2018/ El bestiario de Petra, Microtoria

Cualquier ojo no entrenado podría haber pasado por alto la existencia de aquella diminuta huella en la nieve, más pequeña que una lágrima humana, pero ella llevaba bastante tiempo siguiendo la pista de la escurridiza criatura. Corrió en varias ocasiones la suerte de encontrarse muy cerca, cuando aún el rastro estaba caliente, pero el autor de las pisadas se las ingeniaba para despistarla.

Eso molestaba enormemente a Petra, la mejor investigadora de bestias imaginarias de su edad. Ensimismada como estaba, se había olvidado del frío y llevaba toda la tarde en el jardín, en pleno invierno; parecía que la pequeña criatura, que había anotado en su Diario de Investigación como «Leves», se había dedicado a recorrer toda la parcela, ¿tal vez buscaba un tesoro perdido?

—Petra, ¿qué haces? Los abuelos están a punto de llegar para la cena, necesito que me ayudes con el postre —le pidió desde el porche su madre. La niña obedeció y volvió al interior de la vivienda y, aunque hubiese preferido terminar con sus labores de investigación antes, no se lo reprochó a su madre.

 

—¿Se ha ido ya? —preguntó la vocecilla escondida bajo una hoja.

—Sí —le respondieron desde detrás de una corteza de árbol—, ¿crees que es seguro intentarlo ahora?

—No lo sé, el experto en planes que salen mal eres tú —replicó la primera voz.

—Pues entonces nos volvemos —sugirió, pensando en que debían hacer todo lo contrario, pero conocía a Milanda lo suficiente para saber que decidiría hacer justo lo…

—Bien, entremos —Milanda estaba resuelta y eso tranquilizó a Tulbe.

Las dos criaturas, de extremidades finas como espigas de trigo y piel traslúcida, corrieron por la nieve en dirección a la puerta de la casa como si se tratasen de hojas movidas por el viento; Petra parecía haber acertado con el nombre sin siquiera haberlas visto, aunque ellos se autodenominaban Creasueños. La niña había cerrado la puerta demasiado bien al entrar, pero eso no suponía ningún problema, Milanda y Tulbe cabían perfectamente por el resquicio que dejaba la puerta por debajo.

Eran diminutos y veloces, y pronto se colaron en la casa. Cuando llegaron al salón, una campana atronadora les dejó atolondrados: alguien había llamado al timbre. Petra apareció en la entrada del hogar para abrir la puerta y sus pasos hicieron vibrar el suelo. Los dos Creasueños reaccionaron rápido y se escondieron en la decoración de la pata de una mesa.

—¡Abuelo! —escucharon decir a Petra.

Milanda hizo un gesto a Tulbe, para que se asomara e inspeccionara la habitación. Tulbe a mala gana lo hizo, no vio nada extraño y respondió negando con la cabeza a Milanda; decidieron esperar a ver qué ocurría, deseando que las pistas que los habían llevado hasta allí fuesen correctas.

Petra entró con su abuelo al salón, solo ellos dos; tras saludarla, su abuela se había ido a la cocina para hablar con su madre. El abuelo se sentó en el sillón orejero y Petra con él, en uno de los reposabrazos.

—Toma —le había dicho el abuelo a la niña, mientras descubría un pequeño paquete envuelto en papel de colores vivos—. Ábrelo —Petra, emocionada, descubrió un libro.

Cuento de Navidad, de Charles Dickens —leyó mientras acariciaba el dibujo decorado en dorado de la cubierta—. ¡Muchas gracias, abuelo!

Tras un abrazo y un beso en la mejilla, la niña lo abrió por la primera página y se lo pasó a su abuelo, pensó que sería estupendo que comenzaran a leerlo juntos. Él aceptó de buen grado.

—Capítulo uno: el fantasma de Marley. Para empezar, Marley estaba… —Se escuchó un ruido, uno que cualquiera hubiese confundido con el chispeo de un fuego encendido en el hogar, pero en los tiempos que corrían muy pocos seguían recurriendo a una llama viva para calentarse, así que Petra tuvo la certeza de que había alguien más allí y pidió al abuelo que esperara.

Buscó cerca del radiador, donde parecía haber surgido el falso chisporroteo. Los Creasueños también se habían asomado y habían aprovechado para acercarse sin ser descubiertos. Igual Petra sí que necesitaba de su ayuda. Se colaron entre las costuras de la cortina que estaba cerca del radiador y observaron.

—Petra, ¿qué ocurre? —le preguntó el abuelo.

—He escuchado algo… —le respondió—. ¡Tal vez hay algún duende con frío escondido!

—Tienes una gran imaginación —le respondió con una risa profunda y cálida el abuelo—, creo que la has heredado de tu abuela.

—¿Imaginación? ¡Qué va! Los monstruos, las hadas y otras criaturas igual de extrañas existen, pero los mayores no las ven —le respondió, convencida, la niña—. Y estoy segura de que hay una aquí. Hoy he estado todo el día fuera investigando unas huellas, supongo que el Leve tendría frío y se ha refugiado en un lugar calentito…

—¿Leve? —preguntó el abuelo, con mucha curiosidad.

—Sí, así los llamo yo. Se camuflan muy bien y dejan huellas muy…

 

—¿Leve? —bufó Tulbe—, me han llamado muchas cosas, pero…

Shh —le avisó Milanda—, Petra está muy cerca y podría descubrirnos. No debe vernos.

—Y al Robacuentos, ¿sí? —preguntó Tulbe, señalando a una parte específica del radiador, una llena de polvo. Milanda lo vio también, pero Petra estaba inspeccionando justo el lado opuesto del aparato. La Creasueños arrugó la pequeña boca en un gesto de desagrado y un diminuto colmillo que hacía que su rostro tuviese un aire travieso se le escapó sobre el labio.

El Robacuentos es una bestia, no es ni buena ni mala, pero es una bestia, al fin y al cabo, y suele ser bastante voraz; sobre todo, en estos tiempos donde los niños han perdido la costumbre de escuchar cuentos narrados con voces vivas. Petra todavía no se había topado con ninguno, así que no lo sabía, pero los Creasueños, sí, y se prepararon para intervenir si el Robacuentos decidía alimentarse.

Milanda, con un impulso, tal vez siendo imprudente, saltó de la cortina y se dirigió directamente al radiador, convencida de que Petra estaría demasiado enfocada revisando el otro lado, pero la subestimó y se sorprendió al ver cómo una pared transparente evitaba que alcanzara su destino.

—¡Te pillé! —dijo Petra, posando los ojos sobre Milanda mientras apretaba el vaso contra la moqueta y estudió la morfología de la criatura. Se parecía a las hadas que estaban dibujadas en los cuentos, pero no tenía alas y su cuerpo era más pequeño y delgado, algo desproporcionado en relación con la longitud de sus extremidades. Tenía el cabello traslúcido, que recordaba a la paja al final del verano, y unos ojos grandes y redondos que la miraban fijamente—. Salta —le pidió mientras pasaba una hoja por debajo del vaso y Milanda no tuvo más remedio que obedecer.

La Creasueños también se dio cuenta de que, mientras ella misma distraía a Petra con su existencia, el Robacuentos saltaba al interior de su oreja. «Genial», pensaron Milanda y Tulbe, aunque por razones diferentes. Por primera vez, Tulbe no era quien lo fastidiaba y ahora era el único que podría salvar la situación.

Petra llevó el vaso con cuidado hasta su abuelo y le enseñó el contenido, con cierto aire de triunfo.

—¿Lo ves? Es un Leve —le dijo ella. El abuelo observó el interior un momento, con una sonrisa dibujada en el rostro y, aunque él no veía nada, asintió.

—¡Oh!, sí. Una criatura muy, muy curiosa —le respondió—. Déjala sobre la mesita y ven, así todos escucharemos el cuento —le propuso y Petra fue obediente—. Bien, como decía: Para empezar, Marley estaba…

—¡Abuelo! Para, por favor —le pidió Petra mientras se rascaba el oído donde se había colado el Robacuentos—. No te he escuchado bien.

—Solo he dicho que: Para empezar, Marley…

—¡No, no, no! ¡No te escucho! ¡Es como si alguien se estuviese comiendo las palabras del cuento! —dijo exasperada Petra y miró a Milanda.

—¡Oh! Vamos, ¿no me irás a echar la culpa a mí? —se quejó la Creasueños, que se había sentado en el vaso con las piernas y los brazos cruzados. Por supuesto, su voz sonaba en una frecuencia que Petra no era capaz de escuchar.

 

Tulbe se había colado en la zapatilla de Petra justo cuando se alejaba de la cortina y, cuando el Robacuentos había comenzado a alimentarse, él ya estaba escalando por una de las trenzas de la niña. Cuando ella, inesperadamente, se había girado para mirar a Milanda, casi había salido disparado hacia una pared, casi… gracias a que tuvo la destreza suficiente para engancharse al pelo de la niña como si fuese una liendre.

—Vamos, Petra. Déjate de tonterías —le pidió el abuelo.

—Pero…

—Déjame leer —solicitó él y ella, en silencio y sabiendo que no escucharía nada por culpa del Leve, aceptó a regañadientes, solo para darle el gusto a su abuelo.

Tulbe volvió a escalar con cierta prisa, procurando que no se le moviera un pelo a la niña ni le sintiera en ningún momento, no quería acabar haciendo compañía a Milanda, hasta que, finalmente, llegó al pabellón de su oreja, donde estaba sentado el Robacuentos con la boca bien abierta, absorbiendo y comiéndose cada palabra.

—¡Vamos! Come de la niña, que va a ser la última vez —le amenazó el Creasueños y el Robacuentos cerró la boca.

—¿A sí?

—¡Sí! Tengo justo aquí… —se tanteó el cinturón donde llevaba una botellita de arcilla blanca y confección extraña, y se la enseñó—. Tengo aquí voces de cuentos de los hermanos Grimm, sé que te gustan mucho, como las galletitas de jengibre a un niño humano en las mañanas de invierno.

—¿Y me las vas a dar por las buenas? —se sorprendió el Robacuentos—. Sabes que conozco muchos cuentos, ¿verdad? Y sé que esto es una trampa.

—¡Oh!, no, para nada —repuso Tulbe—. No es ninguna trampa. Nosotros te damos de comer a cambio de que dejes en paz a los pocos niños que aún quieren escuchar cuentos —le aclaró.

—Ja, ja, ja —se rio el Robacuentos—, ¿pretendes que te crea?

—¡Es la verdad!

—Bueno, cómete tú uno primero —le pidió y Tulbe aceptó, pero antes hizo algo que había visto hacer alguna vez a Milanda: espolvoreó sutilmente, mientras abría el tapón de la trampa, un poco de Polvo del Sueño y fingió beber.

Tulbe fingió, pero al Robacuentos le pareció real detrás de la cortina de polvo y, famélico como estaba, alargó la mano y le arrebató la botellita. Cuando fue a beber, el recipiente le absorbió dentro con rapidez y el Creasueños corrió a ponerle el tapón, sopló entonces para dispersar el Polvo del Sueño y saltó del pabellón de la oreja, con tan mala suerte que resbaló en un mechón de pelo y quedó en las piernas de Petra, que lo observó fijamente y supo que no era el mismo que había atrapado, este tenía el pelo todavía verde.

—¡¿Otro?!

—¿Qué dices ahora, Petra?

Sorprendida, la niña fue a atraparlo con las manos, pero Tulbe fue más rápido. Ayudado por el pánico de haber sido descubierto, cogió más Polvo del Sueño y lo sopló sobre los ojos de ella, que casi al instante se quedó dormida, sentada sobre el regazo de su abuelo. Tulbe miró a Milanda, que le hacía señas, luego miró al anciano y cogió más polvo, lo durmió y el libro se deslizó hacia el suelo lentamente por la pierna relajada.

El Creasueños saltó entonces desde el sillón hasta la mesa donde permanecía Milanda atrapada y la ayudó a salir del vaso. Suerte que solo era una hoja de papel, cualquier otra cosa más pesada y no hubiese podido sacarla de allí él solo.

—Por una vez…

—Alguna vez tiene que ser la primera —reconoció Tulbe con una sonrisa—. ¿Qué tal lo he hecho? ¿Crees que se acordará de algo?

—Has utilizado Polvo del Sueño, imagino que se despertarán confusos y relacionará lo que ha visto con algún sueño extraño, si es que recuerda algo —le explicó Milanda mientras se encogía de hombros—. Lo importante es haber atrapado al Robacuentos, este era el último, así que ¡hemos salvado los cuentos de esta Navidad!, ¿nos vamos? Deberíamos informar.

Tulbe asintió, satisfecho, y salieron por debajo de la puerta, igual que entraron, dejando una bestia imaginaria menos en el hogar de Petra.

 

—¡Será posible! —se quejó la abuela al verlos dormidos en el salón—. Nosotras esperando en la cocina para que nos ayudaran a poner la mesa y me los encuentro aquí, echándose una siesta.

Les zarandeó levemente para despertarlos y recogió luego el libro del suelo.

—Vamos, la cena está lista —les informó cuando ambos abrieron los ojos.

El abuelo se desperezó y le revolvió el pelo a Petra, que bajó de un salto y miró al vaso, lo recordaba casi todo y sabía que tenía un Leve… o no.

—¡Se ha escapado! —se quejó—. Bueno, no importa. ¡Ahora voy, abuela! Antes tengo que escribir una cosa…

Salió corriendo hacia su habitación, donde su Diario de Investigación la esperaba debajo de la almohada. Ninguno de los dos se lo impidió, claro; pero la abuela se mantenía escéptica por las fantasías de su nieta y negó con la cabeza dirigiéndole una característica miraba al abuelo.

—Siempre con la cabeza en las nubes… cuánta imaginación tiene esta niña.

—Sí… ¡cuánta!

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