El río estaba tranquilo y calcaba las nubes que se dejaban llevar por el viento. La anciana, con el pelo cano recogido en un moño tenso sobre la nuca, esperaba en el camino, sin acercarse a la orilla. Los nervios se le habían instalado en el estómago, pero no los exteriorizaba, no delante de las lavanderas que quitaban manchas oscuras de los paños de cocina.
Pese a todo, seguía siendo una señora.
Angustias miraba a la otra orilla, lejana y borrosa para sus ojos cansados, llevaba horas allí, bajo el sol, esperando y tratando de adivinar cuándo el punto que era la barca comenzaría a moverse hacia su orilla.
Angustias llevaba sin acercarse al río años, no lo hacía porque en el Molinar habían instalado una acequia que utilizaba para recoger el agua y que había sido la envidia de las lavanderas durante las tardes posteriores a la misa del domingo. Angustias, acostumbrada, hacía oídos sordos a sus comentarios, sabiendo la reputación que realmente tenían en el pueblo.
Aquel día, más que ningún otro, no estaba dispuesta siquiera a regalarles una mirada. No a ellas.
Las lavanderas habían terminado hacía rato la labor y esperaban, refrescando los pies en el agua, y procuraban, de vez en cuando, hablar lo suficientemente alto como para que Angustias se enterara de sus maldades.
—Parece que nada se mueve.
—Sí, un día tranquilo. No tiene pinta que nadie se acerque a esta orilla hasta la noche.
—Ya ves, y algunas perdiendo el día sin hacer .
Restregonas que son algunas, sí. Aquí presumiendo de ociosidad delante de mujeres hechas y con callos en las manos.
—Vergüenza. A saber qué enseñanza da a su nieta.
—Pobre niña.
—Pobre niña.
Luego se reían con los dientes pegados.

Imagen generada con Jax Clip donde se muestra un río y unas casas antiguas.
Las lavanderas (imagen generada por JaxClip)

La niña estaba de pie al lado de su abuela. Llevaba tanto tiempo cogiéndole de la mano que se le había dormido hasta el hombro. Bien aprendida, pese a los pocos años que tenía, ignoró las puyas de las lavanderas. Lucía, con mejor vista que Angustias, también observaba la barca que se había alejado a primera hora de la mañana; prácticamente había evitado parpadear para no perder la referencia.
Fue a mitad de tarde cuando la niña soltó la mano de la abuela y corrió hasta la orilla.
—¡Viene ya! Papá viene ya.
Angustias caminó lentamente hasta ponerse al lado de la niña y le puso la mano sobre el hombro, tratando de mantener los nervios controlados y la calma. Siguió el punto hasta que se convirtió en un triángulo caoba y, posteriormente, comenzaron a definirse sobre él figuras oscuras que se movían. Luego, al rato, cuando vieron el movimiento de los remos, comenzaron a contar cada palada en el agua. Entre cada una, pasaba una eternidad.
Cerca de la orilla distinguió por fin a Francisco, el padre de Lucía y su hijo, iba con él un hombre alto de barba espesa, vestido con traje gris. La mirada seria. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas mientras Francisco remaba sin dejarse agotar por el esfuerzo.
—¡Ay!, Frasco, el practicante, por fin —había susurrado Angustias al confirmar que lo había localizado—. Esperemos que venga en tiempo.
La barca tocó la orilla y se varó. Se levantó el médico a la vez que Francisco. El padre de Lucía saltó primero a tierra y le tendió la mano, se la aceptó para salir y luego Francisco sacó las maletas que lo acompañaban.
Las lavanderas, todavía sentadas a la espera, miraban a hurtadillas a la familia y se cuchicheaban ocultándose los labios entre las palmas. De vez en cuando reían por lo bajo, sin disimular la maldad de su diversión. En otro momento, quizá, Angustias se hubiese enervado, pero el tiempo se les echaba encima y, tras saludar al médico y agradecerle su visita, cogió los bártulos y ayudó a Francisco a cargarlos por el camino de tierra hasta el Molinar. El médico, sabiendo de la urgencia de la familia, cogió a Lucía en brazos para avanzar más rápido. Era liviana, como cualquier niña de 5 años; los tirabuzones naturales se le movían de un lado a otro.
Lucía giró la cabeza hacia las estacas antiguas que todavía sobresalían de unas viejas barricadas, fruto de una guerra antigua, y que ahora servían de abrevadero para los rumiantes. Le señaló las estacas de madera al médico y, sin que él dijera nada, comenzó a contarle.
—Angelito, Angelito, me había traído aquí a lavar a la muñeca, porque se había ensuciado con estiércol de la mula y no podía dormir con él. Mamá no me dejaba. Vino el niño tuerto de Clotilde, me intentó bajar la falda y Angelito le dio un bofetón. Mi falda es mía y eso Angelito lo sabe, pero el niño tuerto no. Entonces se pelearon fuerte y yo lloré porque tenía miedo. Corrí por allí a buscar a mi padre. Cuando volvía con papá, el niño tuerto lo empujó, lo vimos desde allí —Señaló el final de la cuesta— y Angelito acabó sobre los dientes… el tuerto salió corriendo de vuelta a casa y Angelito…
El médico, atento, escuchó el relato de la niña, relato que Francisco ya le había contado al contactarlo en el pueblo, pero le interesaba poder escucharlo sobre el escenario donde había ocurrido el incidente.
—Haré todo lo posible para que puedas volver a jugar con Angelito.
Ángeles, viuda de Juan y hermana mayor de Francisco, había muerto durante el parto de su primer hijo, Ángel Juan, y Francisco lo había adoptado como propio, por lo que, para Lucía, cuatro años menor que él, era su hermano.
La niña, aún en brazos del médico, comenzó a llorar y, avergonzada por no poder contener el llanto como los demás, hundió la cara sobre la solapa de la chaqueta del médico.
—No sé si querrá jugar más —le confesó Lucía con la voz ahogada. Aunque pequeña, se daba cuenta de lo que ocurría y sabía que Angelito no estaba bien—. Estaba todo rojo, como cuando papá mata al cerdo a final de primavera.
Entraron en la propiedad, que permanecía desierta y con la puerta del molino abierta, sin cuidar. No había nadie dentro. Se dirigieron a la casa de piedra que estaba detrás del molino, allí la familia compartía la vida y los quehaceres, comían y dormían en una habitación grande sobre camas hechas de sacos de rafia llenos de paja vieja. Sobre uno de estos descansaba el niño de 9 años, delgado y sin la camisa, tenía pintado el pecho de sangre seca.
Entraron sin llamar, el fuego chisporroteaba en el hogar y dibujaba sombras móviles sobre las paredes de piedra sin encalar. El médico se acercó al muchacho, que permanecía dormido y le pidió a la mujer de Francisco que se apartara para evaluar su estado.
La mujer, que acariciaba su mano y que hacía rato que lo velaba en silencio tras acabársele todas las historias que se sabía, se levantó y fue a buscar el abrazo de su marido. El médico se sentó con el niño y examinó los huecos que se le hundían en el pecho y que, como charcas en un día de lluvia, permanecían húmedos. Los paños que los cubrían se habían empapado y habían renunciado a seguirlos cambiando.
Angelito aún respiraba, lento y débil. El médico aplicó el fonendoscopio sobre el pecho y escuchó durante unos minutos, luego apartó los paños de las heridas y comprobó que la sangre apenas latía y se renovaba sobre la herida. Estaba espesa.
Sacó los paños y los dejó dentro de un balde que tenía otros que habían desechado antes. Pidió agua caliente y fue Angustias la que se la acercó. El médico con cuidado limpió los bordes de las heridas y, luego, trató de limpiar sobre ellas, ya con gasas que había traído en su maletín.
El niño estaba perlado por el sofoco de la fiebre y el médico pidió entonces una palangana de agua fría para mojar uno de los paños que aún quedaban limpios y aplicárselo sobre la frente.
Angelito no respondió.
—Han pasado muchas horas —dijo Angustias, desde detrás del médico, miraba fijamente la carita redonda y pálida del nieto que le recordaba tanto a su Angelita—. Dígame que puede salvarlo, dígamelo, por favor. No puede ser que Ángeles lo abrace todavía, primero la tengo que abrazar yo.
El médico inspiró, sacó hilo y aguja del maletín, cosió con cuidado las heridas del muchacho y luego las vendó. Sabía que poco más podía hacer. La herida era fea y el pronóstico funesto. Angelito no respondió a ningún estímulo. Angelito había perdido demasiada sangre. Angelito no volvería a despertarse, aunque todavía no supiera que podía dejar de luchar, el médico estaba seguro.
Cogió una jeringuilla y le administró un calmante a Angelito. Al menos, así el dolor desaparecería del rostro dormido y la familia sufriría menos al parecer que simplemente dormía.
—Pequeña, ven a cantarle a tu hermanito. Estoy seguro de que le encantará —le había pedido el médico a Lucía mientras se levantaba. La niña, obedeció y se colocó al lado de su hermano de rodillas, le acariciaba la mano y se la daba, la soltaba y volvía a cogérsela. Esperando que Angelito respondiera y le apretara los dedos con fuerza.
El médico se llevó a los adultos fuera y negó con la cabeza, evitó mirarlos a los ojos, como hacía siempre que debía hacer de heraldo de malas nuevas.
—No puede hacerse nada. Está asaeteado —les dijo con calma el médico—. No creo que le quede mucho tiempo más.
—¡Ay! No me digas eso —respondió Angustias ahogada, las piernas se le convirtieron en gelatina—. Mi Angelito y su madre… no, no. No debería irse todavía con ella. No antes que yo —lo repitió varias veces mientras Francisco la ayudó a sentarse.
Angustias fue la segunda que lloró y su nuera la acompañó.

Angelito dejó de respirar poco después, cuando aún el médico estaba hablando con sus padres postizos. La niña, al notar que el pecho había dejado de moverse, se levantó y salió corriendo de la casa.
—Está muy quieto. Angelito. Está como el cabrito pardo, papá.
Entraron y lo besaron en las mejillas, luego lo taparon con las ropitas de domingo y lo dejaron acostado en su camita, para velarlo.
Francisco se acercó entonces a la iglesia a avisar al cura, que fue a velar con ellos el cuerpo. El médico también se quedó con ellos para ayudar con la mortaja.
Pasada la medianoche, cuando las mujeres se habían quedado dormidas y el cura había terminado con los rezos, los acompañó a la iglesia donde el cura había ofrecido un catre al médico. De vuelta, Francisco, roto de dolor, se había desviado del camino, dirigiéndose a casa de Clotilde y sus dos hermanas lavanderas, allí donde dormía plácidamente el niño tuerto. Era la primera vez que Frasco se acercaba a casa de las lavanderas. En silencio entró en la casa donde todos parecían dormir sin remordimiento por la maldad de su niño.
Francisco sacó al tuerto de la cama, que no se despertó de lo bien dormido que estaba y se lo llevó a los establos donde las lavanderas dormían a los bueyes con los que sus maridos araban la tierra. Lo acostó al lado de una de las bestias, rezando porque fuese la suerte quien decidiera.
Volvió luego a su casa y se acostó al lado de Angelito, susurrándole un cuento y confesándose con el niño. Le besó la frente y los párpados cerrados y, sin que nadie lo viera y solo Angelito pudiera escucharlo, sollozó hasta quedarse dormido.
Al llanto con el que durmió y se despertó el Molinar, se sumó el de las lavanderas al encontrar a su niño aplastado bajo el buey viejo. Francisco sintió que, al menos, se había hecho justicia.