El ratoncito y la calabaza

/ noviembre 3, 2019/ Cuentos imperfectos, Microtoria

Dentro de una calabaza que un agricultor se olvidó en el huerto vivía un joven ratoncito que, sin querer, se convirtió en protagonista de un cuento tan pequeño como él.

Una mañana, cuando el sol todavía con pereza se levantaba y el aire comenzaba a oler a humedad, el crujido de las hierbas marchitas despertó al ratón que, atento para evitar ser el desayuno de nadie, se incorporó y, alongándose sobre sus dos patas traseras, olisqueó, temeroso de que un mochuelo trasnochado hubiese descubierto su afrutado refugio otoñal, o de que un gato quisiera convertirlo en un suculento tentempié. No podía discutirse, el ratoncito tenía una pinta muy jugosa: la dieta campestre y las carreras, que lo habían mantenido fuera del estómago de rapaces y alimañas, lo convertían en un manjar exquisito y muy sano.

El ratón tenía el instituto muy desarrollado, así que, como no identificaba la causa del bullicio fuera de su calabaza, del que no llegaban tampoco pistas olfativas, pero sí el retumbar, caótico y frenético; que no reconocía como tormenta ni gato ni zorro; pero que era intenso y artificial. Terrorífico.

Corrió hacia la única salida de su calabaza, sacó prudentemente el hocico, que movió arriba y abajo, tratando de identificar algún olor. El viento solo arrastraba el aroma de la tierra suspendida. Lentamente, sacó el resto de la cabeza; y miró al cielo: las nubes de esponja reflejaban tenuemente el alba; luego al frente, derecha e izquierda. Nada. Nada. Nada.

El estruendo era abrumador y desconcertante. Sacar las orejas por el fino túnel de pulpa le permitió reconocer por donde se acercaba: justo por el único punto ciego de su calabaza. Por detrás se acercaba mecánico, metálico y chillón, el terror.

El joven ratón supo que su hogar de otoño sería una tumba pronto. Su instinto lo guió, era fuerte y determinado: quería sobrevivir y, sin mirar al terror que lo amenazaba, corrió, esquivó y saltó.

El terror venía a aplastar y destruir; a convertir en polvo todo el campo, sin mirar ni discriminar. Ablandando la tierra, eso sí.

El ratón corrió sin preocuparse de cualquier otro depredador, porque había un enemigo al que temía más que a cualquiera: no entendía su afán destructor, y aquel no era otro que el que a veces le daba y luego le hurtaba: el humano agricultor y sus artificios.

Consiguió llegar al tronco de un viejo olmo retorcido de madera gris y se escondió, convencido de que hasta allí el terror no llegaría. Se acurrucó en un nudo descubierto, tapándose las orejas con sus diminutas patas y cerrando los ojos. Ocurriera lo que ocurriese, ya no quería ver.

La tierra tembló y el ruido le hizo vibrar los bigotes. Se mareó. Supo que se acercaba su final, aunque le habría gustado comer unas cuantas semillas más antes de que la oscuridad lo engullera.

El terror pareció compadecerse y, como si ya no tuviese interés en él, fue suavizando sus chirridos y amortiguando su violencia hasta que, una vida después, el ratoncito se atrevió a abrir los ojos cuando escuchó a un pajarito avisar de que el terror se había marchado.

Poco convencido y aún temblando, salió del refugio de raíces y observó a su alrededor: lo que al final de otoño había sido su vergel, ahora era tierra fría, húmeda y estéril. El ratoncito, desolado, se preguntó si no hubiese sido más piadoso que el terror se lo hubiese comido; así, al menos, no moriría de hambre.

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