La muñeca (primera parte)

/ febrero 17, 2020/ Microtoria, Taller de escritura creativa, Vesania

Cualquier persona, después de trabajar 7 horas seguidas, necesita descansar. Samuel había salido del quirófano agotado, consciente de que debía recuperarse rápido para volver a entrar, calculaba que le quedaban tres horas más con la paciente; pero quería irse a casa.

Miró al cielo encapotado que no le dejaba disfrutar de las estrellas; aunque tampoco las habría disfrutado demasiado por culpa de la contaminación lumínica. Se encendió el cigarrillo, a un metro de la entrada del hospital; hacía frío y, aunque debería haberse alejado más, los policías que hacían la ronda de madrugada solían mirar para otro lado. Cerró los ojos mientras dejaba que sus pulmones se ahogasen en humo y se rindió. Volvió a donde su mente le pedía: a su muñeca.

Su muñeca lo mantenía ensimismado, incluso había estado en su cabeza durante la operación. Tarareó la misma canción infantil que había canturreado por la tarde, aquella que le había repetido su madre todas las noches cuando era niño, mientras sus dedos sentían el tacto sedoso de la trenza de oro.

Era el mejor día y él estaba lejos de ella. Su muñequita, a la que había preparado con tanto cuidado y mimo. Después de comer se había sentado con ella en la habitación y le había peinado los cabellos rubios y finos, los había enlucido con un poco de aceite de almendras mientras ella, en silencio, miraba por la ventana.

Había dejado el peine sobre el tocador heredado de su madre, cubierto de polvo, luego le había comenzado a hacer la trenza.

—Hoy vas a estar muy guapa, ya verás —dijo en alto recordando exactamente lo mismo que le había dicho a su muñeca aquella tarde. Expulsó todo el humo y dio otra calada.

Con un lazo del color de las cerezas, perfecto y pomposo, que olía a perfume de lilas, le había fijado el trenzado; luego lo había dejado caer sobre su hombro derecho. La había mirado a través del reflejo del cristal sucio, ella le devolvía fijamente la mirada. Se detuvo varios segundos en aquel momento de la tarde, casi podía oler el perfume de vainilla.

Se había levantado, la había rodeado y la había admirado, se sentía satisfecho con el resultado, con el maquillaje y con el vestido que le había regalado aquella misma mañana. El cuerpo pálido de su muñeca era el lienzo perfecto, era fácil resaltar sus atributos. La había imaginado bailando y sonriéndole, sobre todo, sonriéndole; pero su muñeca seguía sentada en el mullido sillón de flores, relajada aunque recta gracias al corsé pintado de carmesí que él le había dado.

Los labios azulados se habían mantenido estirados, a punto de despegarse, rendidos por el peso de una mandíbula que los maceteros ya no mantenían. Supuso que a aquellas alturas de la noche, su muñeca tendría la boca abierta; debería haber pasado más tiempo con ella en vez de haber ido a preparar el té con pastas.

Aquellos cinco minutos habrían sido maravillosos; total, ella no se habría quejado. Pero había ido a preparar el té; luego había vuelto y se había sentado en el taburete con la bandeja sobre las piernas, delante de ella, con el juego para ambos preparado. Cortésmente le había preguntado si deseaba una taza, se había imaginado que ella le respondía que sí; fingió que le servía y luego se sirvió el suyo. Samuel no estaba tan loco, sabía que ella no podría bebérselo, pero se imaginó que se lo pedía, que lo deseaba y que, cuando viera cómo él lo disfrutaba, se serviría ella.

El estómago le rugió, quizá antes de entrar a quirófano de nuevo debería comer algo, lo último habían sido las tres pastas de aquella tarde, la cuarta se la había dejado a su muñeca sobre el muslo.

—Por si esta noche tienes hambre. No quiero que te quedes en los huesos —se lo había dicho con ternura. Samuel no estaba loco, solo le gustaba imaginar que a ella le encantaría llevársela a la boca y morderla mientras él la miraba. El sonido del busca le había pillado acariciándole la mejilla fría y recolocándole un mechón rebelde.

Se había vestido rápido y se había olvidado la última galleta. Había cogido el maletín con demasiada prisa y el maldito aparato volvía a sonar. Había salido corriendo a hacer aquella cirugía urgente que le había estropeado su tarde de juegos.

Ahí estaba de nuevo, el sonido del maldito busca, recordándole que debía volver al quirófano en cinco minutos. El estómago le rugió de nuevo y tiró el pitillo al suelo. Cogió el móvil, que no tenía ninguna novedad para él, hacía mucho que no tenía a nadie que le escribiera; tampoco le importaba, tenía a su muñeca. Abrió la aplicación de mensajería y repasó los últimos mensajes que había intercambiado con ella, releyó y sonrió por la cantidad de emoticonos que pintaban la pantalla de colores saturados.

«Ya estoy en la puerta, ¡qué ganas de verte!», leyó el último mensaje, la última vez que su muñeca había cogido el móvil. Recordó que debía deshacerse de él.

El busca sonó de nuevo: tres minutos. Tres horas para salir del hospital y disfrutar del poco tiempo que le quedaba con su muñeca. Era consciente de su estado, que su compañía era limitada y que pronto le tocaría vivir solo con lo que quedase en su recuerdo. Había preparado la habitación para que ella estuviese más tiempo con él y había dejado el aire acondicionado trabajando en pleno invierno.

Mientras subía de nuevo al quirófano calculó que tendría que enterrarla con sus otras muñecas en dos días, el formol con el que la bañaba empezaba a hacer que la piel perdiese la suavidad, el color y la ternura que a él le gustaba. Sabía que pronto debería dejarla descansar, que le quedaba poco para que ella fuera solo una página más de su álbum de muñecas y su cuerpo se pudriera bajo el barro del jardín. Hasta cierto punto se sentía culpable por dejarla sola, era una flor efímera.

Cogió el ascensor y se imaginó un día indeterminado en el que él estaría con su muñeca perfecta, una que no quisiera marcharse nunca, que no lo obligara a llegar al extremo de las otras; en lo que la puerta del ascensor se abría, se preguntó qué era lo que estaba mal, qué era lo que hacía que todas decidieran que él no era para ellas, ¿acaso no veían lo equivocadas que estaban? Samuel siempre lo tenía claro, ellas siempre eran perfectas para él, siempre que ellas estuvieran dispuestas a ser de determinada manera.

Se cruzó con un par de enfermeras que lo habían mirado sin interés; nunca había llegado a entender cuál era el problema, porqué aquellas mujeres lo miraban con incomodidad, incluso a veces le respondían con aquellas arrugas de asco en las comisuras cuando él sonreía.

¿Sonreía mal?

Había pasado horas delante del espejo, analizando su forma de sonreír, el reflejo no era terrible, sus ojos saltones no eran motivo suficiente para aquel desprecio; menos cuando, según juzgaba él, nunca había tenido una salida de tono, nunca había hecho nada para conseguir aquel efecto en ellas; al menos no de forma intencionada.

En la entrada del quirófano lo detuvo una enfermera, era pequeña y nunca se había cruzado con él. No lo dejó pasar y le informó de que ya se estaba encargando Gustavo de la operación, que se había complicado. Le preguntó por el busca. Sí, había pitado y no se había molestado en mirarlo, supuso que era un recordatorio. Inspiró hondo y no rechistó, se giró para marcharse del hospital, liberado antes de lo que esperaba y feliz. Podía volver con su muñeca; pero seguía hambriento.

Pasó por las máquinas expendedoras de la cafetería y sacó un sándwich: su cena. Aprovechó para desbloquear el móvil y abrió la aplicación de color rosa, comenzó a enviar corazones a todas las rubias de escote generoso que la aplicación le ofreció mientras masticaba con lentitud; tenía la esperanza de recibir alguna coincidencia de vuelta y así volver a llenar su corazón de compañía.

Fantaseó con el proceso que ya había trabajado con anterioridad hasta el punto de haberlo convertido en una maestría de la seducción; pocas veces se equivocaba y su tasa de rechazo era muy baja; también elegía muy bien a las chicas con las que hablar, tenía un perfil muy concreto: rupturas recientes, baja autoestima, sumisas, manipulables… Siguió cazando, fantaseando con su siguiente muñeca, deseando que fuese la definitiva.

Primero tendría que convencerla, mensaje a mensaje, de sus bondades y aptitudes, darle confianza y familiaridad, utilizar su puesto de cirujano para que sintiera su importancia, hacer que se sintiera cómoda fingiendo que escuchaba todas sus preocupaciones vanas; mostrarse paternal para que se sintiera segura a su lado… debía responder con interés, pero no demasiado rápido, había aprendido que aquello hacía que ellas se alejaran antes de tener la oportunidad de verse cara a cara. Con sus muñecas solía ser una semana, siempre había intuido que, con la muñeca perfecta seguramente le costaría un par más.

En la primera cita la mediría, profundizaría en ella y le diría exactamente lo que sabía que ella quería oír para que lo desease correctamente, irracionalmente; que despertase su deseo de pertenecerle solo a él. Manipularla. Justo ahí era donde siempre había fallado, aunque había modificado la estrategia tanto que ya no tenía imaginación para inventar una nueva.

Buscó en los ojos retocados de las fotos de las potenciales muñecas, deseando que su brillo se mantuviese encendido hasta que él tuviese que usar bastón y ella llenase su hogar del aroma de las galletas recién horneadas para los nietos que llenarían su salón los domingos por la tarde.

Se preguntó porqué encontrarla era tan difícil, cuál era el ingrediente que faltaba, él solo la necesitaba a ella, a su muñeca perfecta, servicial, dócil, solo necesitaba una. Se sentía frustrado y hundido en su vacío, en su soledad. Se sentía miserable.

Imaginó sentir el tacto de la piel cálida y desnuda, en su cama, una sonrisa vibrando en sus oídos y el aroma de frambuesas de su pelo. Solo la necesitaba a ella. A ella que lo había aceptado tal como era, que le había regalado su calidez, su alegría, su voluntad. Su muñeca lo abrazaría cada noche, feliz y sumisa. ¿Acaso pedía algo imposible?

Se detuvo en unos ojos de hielo remarcados en negro y en unos labios dibujados de nomeolvides color rosa que sonreían.

Era ella, su muñeca. Perfecta.

Lo sabía.

Esta vez estaba seguro.

El corazón se le aceleró al pulsar el botón, sabía que ella sentiría lo mismo. Tragó el pedazo de sándwich a medio masticar, su rodilla se movía frenética y rítmica, el nerviosismo le comenzaba a agitar las entrañas; mientras esperaba, memorizó su foto.

Segundos después saltó el mensaje deseado; sonrió y siguió con el guion. Tenía la certeza de que aquella sería la última vez que lo utilizaría.

Ella era perfecta, era la correcta. Olvidó con facilidad que las anteriores también lo habían sido.

Mientras le escribía el primer mensaje, se levantó de la silla y dejó el embalaje sobre la mesa. Guardó el móvil y salió del hospital, directo al coche y tremendamente excitado. Alegre de no tener que aguantar 3 horas más mirando bajo el cuero cabelludo de aquella paciente. Alegre por poder pasar tiempo con la muñeca que le esperaba en casa mientras conocía, por fin, a su muñeca perfecta que, con tan solo una pose congelada, se había convertido en su nueva fantasía.

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