2. El padre

/ junio 13, 2008/ Microtoria, No tan negro, Relatos cortos

Lunes de nuevo.

Estoy agotada y apenas he dormido. El domingo pasé la noche pensando en quien podría ser el padre de esa bomba de relojería —o más bien, bombo—.

Para la mayoría de la gente esa cuestión puede ser sencilla pero, veréis, suelo salir mucho a la discoteca y el alcohol me vuelve muy sociable. Dado mi carácter profesional, he pillado el punto ideal para recordar lo que hago —y con quien—. Para mi suerte, el último mes ha sido más loco de la cuenta.

Hice mis cálculos y llegué a la noche donde, sin saberlo, el marrón había llamado a mi puerta. Aquella noche me había liado con tres tíos: uno estaba en mi clase, otro en el instituto un curso por encima del mío y, el que me falta, me lo encontré en su trabajo hace cuatro días.

Imaginad cómo iba a ser mi lunes, porque había decidido contárselo a los tres ese mismo día. Iba a ser sincera y los nervios me mantenían despierta, sabía que con mucha probabilidad los tres me dirían dónde tenía la puerta, que probara en la bragueta de al lado. De todas formas, no me quedaba otra opción. Así que, fui a por el fácil.

Me senté a su lado en clase por primera vez, lo que a ambos nos pareció extraño en un primer momento. No esperé a que llegara el profesor antes de confesarle todos los hechos. Creo que es un poco idiota —y muy raro— porque le hizo ilusión y me pidió que no se lo contase a los otros. Su propuesta me sorprendió pero seguí convencida de que debía seguir mi camino de sinceridad cuando comenzó a marearme con el nombre que le pondríamos a nuestro hijo —¿de verdad me lié con él?—. Me costó la hora de Matemáticas hacerle comprender que iba a hablar con los otros también. No acabé de entender su decepción.

En la hora de descanso, esa media hora en que los profesores son felices dentro de su jornada laboral, busqué al segundo candidato. Estaba, como siempre, en el banco con sus otros colegas. Lo saqué de allí casi tirando de él y conseguí separarlo de la manada el tiempo suficiente para contárselo. Un poco más y se arranca el bonito pelo teñido de rojo y azul que tiene. Pálido y mudo le dejé, marchándome con el deber cumplido.

El tercer implicado en el asunto tiene 19 años. No se le daba muy bien estudiar así que decidió dejarlo a los 16 y desde entonces trabaja en la tienda de su padre: vende golosinas y es responsable de las caries de medio barrio (a mi su padre, siempre que me ve, me regala un regaliz). Él era, y es, el más normal de los tres —sus pintas, sobre todo—. A él fui a verle después de clase y fue un poco complicado porque, a esas horas, su padre todavía estaba allí. Utilicé mis mejores armas entonces con el probable abuelo de mi desliz: le miré a los ojos, como si de un corderillo me tratara, para pedirle que le dejara un descanso de 5 minutitos a su responsable retoño —muy, muy responsable—. Cabe decir que funcionó.

Con la práctica adquirida previamente le conté lo que pasaba, rápido y sin tirita. Pareció que se le caía un mundo —o dos— encima. No entiendo el drama de aquellos chicos, ellos solo habían contribuido, no eran los que estaban embarazados. ¡A ellos no les iba a quedar horrible el bikini en verano! Pero siendo sincera, tal vez el último fue el que tuvo la respuesta más franca y desconcertante, más a lo que se supone que es un adolescente al que castran por sorpresa. Me dijo, creo recordar: «Voy a ser el padre de ese niño y…» ¿Qué dijo? ¡No me acuerdo! Tampoco creo que fuese muy importante, la verdad.

Lo que de verdad importa aquí es que, al contárselo a ellos, yo me sentí muy, muy aliviada; también un tanto extrañada con ellos, ninguno (tras recalcarle que había otros dos implicados) optó por negar directamente la paternidad y echarle el marrón a los otros. Creo que nunca los entenderé, los chicos son contradictorios y muy incomprendidos. ¿Alguna vez llegará alguien que los comprenda? —para que luego digan de las chicas—.

Esa tarde llegué a casa y me tiré en el sofá como siempre hago. Para sorpresa mía, mi madre —que odia cocinar— estaba intentando preparar una receta que le había escrito, paso a paso, la vecina de abajo en un trozo de papel de cocina —inteligente sería no probar el resultado—. Además, Loles, la del primero A, es muy cotilla y una amiga inseparable de mi madre. Más me valdría andarme con cuidado si no quiero que adivine mi situación y se entere todo el barrio antes que mis padres.

Con eso en mente, decidí actuar rápido. Tarde o temprano se enterarían de que iban a ser abuelos; así que, como hoy parecía ser un buen día para alegrar con mis buenas nuevas: decidí contárselo…

Así se van haciendo a la idea.

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