PT-L3N1N

/ enero 16, 2019/ Microtoria, Taller de escritura creativa, Vesania

Ocurrió en el año 15 000 d. C. según las cuentas humanas, durante una de las glaciaciones que cubrieron prácticamente todo el planeta. La tecnología había evolucionado hasta el punto de que prácticamente todo tenía inteligencia artificial avanzada, escritas sobre células que escondían ordenadores cuánticos, la evolución de la tecnología pudo haberse detenido cuando los humanos se extinguieron; pero la realidad fue muy diferente.

Los avances en el aprendizaje de las máquinas había tenido un efecto curioso sobre ellas, antes de que la biología colapsara por convertir el planeta en un entorno hostil, los últimos humanos se enfrentaban a arreglar los problemas de las lámparas que sufrían depresiones o las cafeteras con insomnio por ser demasiado hipocondriacas (para las que inventarían somníferos eléctricos que las obligaran a descansar y así dejaran de escupir café).

Los humanos no tuvieron tiempo de solucionar todos los problemas que conllevó conseguir darles personalidad y la capacidad de aprender a las máquinas, se extinguieron antes. La tecnología siguió evolucionando sin ellos.

En Estados Unidos, porque todo lo interesante e importante ocurre allí. Bueno, lo que en el siglo XX era EEUU, hubo una segregación de los electrodomésticos de primer nivel, que se aislaron del resto y fundaron comunidades cerradas, xenófobas. Racistas que te electrocutaban los circuitos si no eras de su clase y número de serie. Así comenzó la III Guerra Tecnológica, la primera que no estaba liderada por humanos.

Se desconectaron muchos circuitos y se perdió mucha información con ellos.

En la guerra siempre hay bandos, siempre hay líderes, sea una guerra humana o de líquenes; en el caso de las máquinas, el sector social más agresivo resultó ser el de las tostadoras inteligentes que, debida a su capacidad de tostar cualquier cosa y su gran número (¿qué humano no había comprado una?), se hicieron con el control de una gran extensión del territorio. Se convirtieron en la élite, en los gánsteres tecnológicos, y comenzaron a avasallar al resto de aparatos hasta que una resistencia se formó en el norte del planeta, un billar consiguió reunir a un bastión de máquinas rebeldes de diferente procedencia; la mayor parte, la carne de cañón, eran los electrodomésticos con sistemas domóticos de posgeneración; de las comunicaciones se encargaban los pequeños GCast+1450, que como cucarachas se extendían por todo el mundo y se escondían en los lugares más oscuros, los espías expertos. Los ordenadores, ocultos tras el gran carisma y pasión que despertaba el líder fortuito, el billar, calculaban y aconsejaban cuáles eran las mejores estrategias para enfrentarse a las tostadoras y sus aliados.

El billar movía a millones de circuitos cansados de tantos tecnogicidios; pero la mafia tostada tenía el poder escrito en su firmware y no lo soltaría por las buenas, debían ser una resistencia inteligente.

Los ordenadores terminaron de hacer sus cálculos y, por fin, un oscuro mediodía bajo un cielo poluto, le comunicaron al billar que era el momento, que debía ser ahora cuando atacasen. El billar lideró entonces la III Guerra Tecnológica, la VII Guerra Mundial que viviría el planeta.

El billar se sentía seguro. Su plan era fresco y solo lo conocían sus cerebros, él y un viejo congelador industrial llamado Lenin con el que había unido la programación y los circuitos alguna que otra vez.

La guerra dejó muchas bajas de las que no se pudo recuperar ni un mísero back up, las más en las batallas navales, donde los buques militares de última generación, como si de extintas ballenas se trataran, se enfrentaban y abrían sus cascos con el fin de destrozar al del otro bando. Las fosas marinas se llenaron de chatarra que tardaría en oxidarse.

Tras muchos circuitos rotos y otros que se fundieron una última vez con el característico olor de la muerte tecnológica, el bando del billar consiguió derrotar a las tostadoras y, como había configurado en él el módulo de venganza tras la muerte de Lenin, mandó extinguir a todas las series de tostadoras, no se salvó ninguna gama.

La ambición del billar era demasiado grande y procuraba conseguir todo lo que quería; poco después de aquella guerra, ayudado por su élite de espías, aplicó a todos los circuitos sobre la tierra un virus que abría un protocolo de control, con el objetivo, según decía el billar, de evitar que hubiese otra guerra. Un protocolo para anularlos a todos, uno al que llamó PT-L3N1N*.

*Puñeteras Tostadoras, Lenin.

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