Los colores se habían quedado en el exterior, solo podíamos verlos a través de las pantallas retroiluminadas que devolvían un espectro del mundo que nuestros antepasados respiraron.

Los invimanos vivían en la oscuridad, protegidos de la hostilidad del planeta por una capa de roca inerte, aprovechando cuevas, arañando túneles y creando poblaciones aisladas junto a otros seres vivos que consiguieron adaptarse. Desdeñaron las tecnologías y se centraron en sobrevivir con los escasos recursos naturales, heredando los conocimientos solo a través de la memoria, de progenitores a vástagos, y olvidaron cualquier promesa que viniese del pasado del que solo habían heredado ruinas.

—¿El Columba está listo? —me preguntó desde detrás de la puerta. Ajusté la carcasa y lo solté en el suelo, se activó y abrió el mecanismo que recordaba a una mano pinzada. Terminé de transferir el mensaje a la cápsula y se la di al Columba; luego abrí la puerta.

Adan estaba esperando.

—Aquí está —le dije, dejando hueco para que el Columba saliera de la habitación—, confío en que llegue al destino en mejores condiciones —añadí, dándole una palmadita en la columna metálica reforzada que protegía su batería principal—. El mensaje también está listo.

—Estupendo, por fin podrás volver a tus rutinas.

Le sonreí, lacónica, como respuesta y me llevé al Columba hasta la salida de lo que había sido un monumento para nuestros antepasados. Le abrí el portón, protegiéndome del atardecer detrás de la madera podrida por los años de dejadez.

Los invimanos habían evolucionado para guiarse y sobrevivir en la oscuridad, tribales como lo fueron durante eones sus ancestros, en un pasado más vivo donde los recursos prosperaban solos, antes de que hubiesen llegado a la cúspide de la pirámide trófica. Los que no habían logrado adaptarse siguieron el mismo destino que los que permanecieron en la superficie. Durante generaciones, aprendieron a sobrevivir y revivieron a los nioses que les permitieron mantener lazos sociales y coexistir.

Entre los invimanos todavía existían algunos que, al nacer, mantenían los ojos de los ancestros y se convertían en torpes cargas para sus progenitores. La necesidad creó entonces a Ra, el dios sol hambriento, al que se sacrificaban los niños nictalopíos, aquellos que no podían ver en la oscuridad. Ocurría siempre cuando el pozo se secaba, la tribu cargaba con ellos en un peregrinaje de varios días hasta el exterior. Cuando Ra se ocultaba, los invimanos salían al mundo y dejaban la ofrenda entre las ruinas. Con esos sacrificios, confiaban que satisfarían al fuego y permitirían a Naitides volver a llenar los pozos del agua que necesitaban para vivir.

Cuando regresaban a los poblados, los invimanos comenzaban la recolección de pequeños reptiles, gusanos y retas, también de los fungos vibrilos; para posteriormente resecarlos con arena fina de roca y mantenerlos en conserva (según los conocimientos que se habían transmitido de generación en generación); también aprendían desde muy jóvenes como despellejar a las retas y de como asegurar un ecosistema estable para que fuesen un alimento siempre disponible.

Los invimanos persistían, como lo habían hecho las especies supervivientes, sacrificando a los más débiles y fortaleciendo a aquellos individuos que eran capaces de resistir a las nuevas condiciones de vida. No podían considerase, por tanto, crueles por desamparar a los nictalopíos, porque no les infringían violencia alguna, más allá del abandono.

Los invimanos no sabían ni controlaban lo que ocurría con los sacrificios; al menos, no durante las primeras décadas en las que aquella costumbre se había extendido a través de las tribus que convivían debajo de la meseta, antiguamente conocida como Meseta Central; fuimos los propios virnimanos los que volvimos a entrar en las cuevas, utilizando antorchas, lucernas y lenternas para poder ver en la oscuridad.

—Columba llegará a Sagrena Amilea en 6 noches, tendrá que hacer pausas de recarga una vez a la noche… estará unas 3 horas en pausa —calculé en voz alta—. Tal vez tarden en las reparaciones antes de enviarnos una respuesta.

—Si es que llega —Adan suspiró, siempre había sido pesimista. Quería rebatirle, la propia existencia de Columba era una esperanza para nosotros, pero no tenía ganas de discutir—, o igual tienen más Columba… igual podríamos pedirles un ejército —No le hice caso al sarcasmo ni terminaba de comprender qué era lo que le molestaba tanto.

—Volvamos al interior, tenemos que seguir trabajando —le sugerí mientras volvía a ajustarme la capucha que me mantenía la máscara en penumbra.

Habíamos heredado los ojos de nuestros ancestros y, aunque eran mucho más sensibles a la luz solar, podíamos soportar cierta cantidad; pero nuestra piel ya no aguantaba los rayos del sol, ni siquiera en el crepúsculo, ni siquiera los que reflejaba la luna llena. Estábamos condenados a permanecer ciegos incluso en los espacios interiores, solo con la máscara protectora podíamos ver, aunque ese filtro nos robaba la belleza de los colores.

Los virnimanos seguíamos siendo invimanos, aunque, para ellos, nosotros seríamos los que, si la vida resurgía en la superficie, repoblaríamos el mundo. Mientras ese futuro llegaba, nuestra existencia se mantenía a medio camino: podíamos estar en la superficie del atardecer al amanecer, siempre que no hubiese luna llena, y durante el día nos recluíamos en los diferentes espacios que nuestros antepasados habían dejado construidos, los adaptamos y comenzamos a cultivar y aprender sobre su cultura, sobre sus inventos y sobre la vida que llevaban.

A veces imaginaba todo lo que habían tenido y disfrutado, y los envidiaba.

Los virnimanos solo teníamos el susurro de la arena transportada por el aire, el aire caliente y espeso, las antiguas moles de piedra muerta donde los antepasados habían cultivado la cultura y una sociedad rica, los esqueletos de sus catedrales, bibliotecas y museos que tuvimos que despojar de belleza para crear en ellas invernaderos.

—Eve, ¿has leído esto? —me preguntó Adan mientras recolectaba un fruto carnoso, según algunos dibujos, un melocotón. Lo dejé en un cubo y me acerqué.

—¿Has descubierto algo?

—¿Sabes porqué se secan los pozos? —Inspiré hondo y le miré con desdén, conocía mi expresión y sonrió—. No, no me refiero a los mitos que los invimanos… —Adan captó mi curiosidad y me senté delante de él—. Tiene que ver con el clima de este mundo, resulta que antiguamente había momentos en… el… ¿año? ¿qué es un…?, bueno, en el que hacía muchísimo calor, pero luego cambiaba y empezaba a llover… llover es cuando cae el agua del cielo; y luego hacía frío.

—¿Frío? —Sentí curiosidad por aquella palabra, me gustó, aunque no sabía lo que era.

—Sí, resulta que antiguamente hacía frío. Como… lo contrario al calor.

—Bueno, ¿y qué tiene que ver con las crecidas?

—Pues que cuando llueve el agua se acumula, va bajo tierra y eso hace que los pozos de los invimanos aumenten … resulta que no es un regalo de los nioses.

Asentí y me levanté, la información era interesante porque, aunque solo había visto caer agua del cielo en dos ocasiones en toda mi vida, podía ser útil.

—Aquí hemos terminado, deberíamos ir a la Almunea, en nada comenzará el amanecer.

Caminamos por los túneles, yo entre las líneas de metal del camino y Adan sobre las vías desgastadas, más de una vez se había caído y golpeado en las rodillas. Le había amenazado en más de una ocasión con abandonarlo si se rompía una pierna y él se había reído. Ya no hacía tantas bromas, hasta hace muy poco tiempo había pensado que nunca lo haría. Al final, hasta la llegada del Columba, el mundo éramos él y yo.

Llegamos a la antigua catedral y me encerré de nuevo en la habitación donde comencé a ver el amanecer a través de los ojos de Columba en un pequeño monitor. Me quedé hipnotizada durante un par de horas hasta que, por fin, caí rendida.

Cuando desperté, el monitor estaba apagado, como si la batería se hubiese terminado. Era todavía mediodía y debería seguir cargando sin problema, pero no lo hacía. Comprobé el cableado y parecía estar bien, lo que significaba que debía comprobar las baterías generales y los paneles del tejado.

Me acerqué a la sala donde guardábamos los trajes diurnos, me preparé y subí hasta lo que antiguamente había sido el campanario. Una de las hiedras había conseguido llegar hasta el hombro de la campana y la había cubierto con una cascada de hojas; envidié que pudiera soportar la radiación.

El calor me golpeó en la cara pese a la máscara protectora. Me acerqué a la batería principal, estaba descargada completamente; luego comprobé el cableado, no parecía deteriorado ni desconectado. Fui hacia los paneles solares y comencé a inspeccionarlos, uno a uno, luego los cables.

—¡Eve! ¿¡Qué haces!?

—El cable se ha partido.

—Lo arreglas esta noche, no seas idiota. Vuelve dentro.

—Voy a arreglarlo ahora, necesito que cargue, Columba…

—Columba seguirá adelante y, si pasa algo… tampoco podemos hacer nada. Además, ¿cuánto falta para que perdamos el contacto?

“Noche y media”, pensé, “mañana podría comprobar que sigue en ruta antes de que salga del alcance, pero…”

—¡Cállate! —le grité mientras terminaba de separar el trozo de goma que protegía el cable metálico del interior. Necesitaba concentrarme—. Si Columba vuelve con otro mensaje, debemos estar preparados —le espeté mientras me afanaba con el cable; no necesitaba los miedos de Adan, con el calor derritiéndome la espalda tenía suficiente— y para eso, necesito…

—¡Seguir viva! Vuelve dentro —me espetó Adan y le miré. El muy imprudente había subido hasta allí sin el traje de protección diurno, al menos llevaba la máscara…

—¡Al que le van a salir yagas es a ti! Métete dentro —le ordené. Adan tardó unos segundos en desaparecer por las escaleras.

Me concentré en el cable y al poco conseguí empatarlo de nuevo, dejé que el sol se encargara y pronto la masilla protectora se solidificó y fijó el cable roto. Miré a mi alrededor, buscando la posible causa de la rotura. Las últimas semanas habían sido tranquilas, sin tormentas de polvo y el lugar estaba protegido del viento. Descubrí un par de bolitas pequeñas de excremento, muy parecido al que producían las retas, que vivían en cuevas y eran ciegas a la radiación solar; como todo animal que había sobrevivido. Examiné todo el lugar y suspiré, una cosa era que la hiedra soportase la radiación solar, pero ¿un animal?

Por los libros había aprendido que, antiguamente, en los climas extremos había especies que sobrevivían: escorpiones, lagartos… aguantaban muy bien el calor y se habían aclimatado, pero incluso estos, que supiera, se habían extinguido antes de que los humanos retrocedieran a las cuevas y se convirtieran en nosotros.

Deseché la idea.

Volví a revisar la batería, el piloto se había encendido en un destello blanco, había comenzado a cargar, volví al interior y conecté el equipo. La imagen de Columba caminando por una antigua calzada deteriorada y llena de polvo me acompañó durante el siguiente día y medio, hasta que la señal se perdió y volví a mi rutina mientras soñaba, impaciente, con la vuelta de aquel artilugio del pasado.

Después de cinco semanas desde la marcha del Columba, la esperanza de una respuesta se comenzó a disipar. Estaba recolectando uvas en una de las salas de lo que en otro tiempo fue el Museo del Prado cuando escuché la notificación. El Columba había entrado en el rango de comunicaciones que Adan y yo habíamos levantado. Me cubrí con la capucha y salí del museo, la luna alumbraba la calle, aún no estaba llena, y corrí hasta la Almunea. Me ardían los pulmones. Inspiré hondo, tragué saliva y busqué a Adan; él me encontró a mí.

—¡Columba! —asentí y sonreí; notaba el corazón ahogado en el pecho.

Al día siguiente no nos separamos de la pantalla y, al atardecer, cuando la señal estaba bastante cerca, corrimos al encuentro del Columba atravesando gran parte de lo que, en otro tiempo, había sido el Paseo de la Castellana.

Columba no venía solo, lo acompañaba un hombre envuelto en un traje similar al que utilizábamos para las urgencias diurnas. Su confección era más elaborada y cuidada que la nuestra, carecía de remiendos. También llevaba un carro de estructura metálica, con ruedas anchas y blancas, que había contenido los recursos que aquel virnimano necesitaba para sobrevivir al trayecto.

Ambos nos quedamos petrificados, aunque suponíamos y, tras la llegada de Columba, sabíamos que existían otros virnimanos, no estábamos preparados para encontrarnos con ninguno.

Él se presentó, su acento era diferente y también lo eran algunas palabras, aunque no nos impidió entenderlo. Lo invitamos a acompañarnos y descansar en la Almunea con nosotros; tras un viaje tan largo, debía estar agotado. Sin vida ni lugares donde descansar, los kilómetros de desierto y la amenaza constante de las tormentas de arena… un viaje como aquel podía compararse con los relatos de los ancestros sobre la vida en aquel lugar que llamaban Marte.

Estuvo tres días con nosotros, recorriendo la ciudad y observando qué habíamos hecho, parecía muy interesado y tomó bastantes notas. También nos preguntó sobre los invimanos de los que procedíamos y el relato lo sorprendió. Nosotros habíamos asumido que el mundo había seguido los mismos pasos que nuestro pequeño núcleo de vida; al parecer, no fue así.

Cerca del tercer mediodía, Rodrego nos contó cómo se había desarrollado la vida en los Pirin·nos y la ciudad de Sagrena Amilea.

Los invimanos de los Pirin·nos habían mantenido sus tribus en simbiosis y compartían recursos. Gracias al clima, tenían algunos cultivos y viveros productivos en cuevas cavadas a lo largo de las montañas, de su cuidado y recolección se encargaban los virnimanos; para luego intercambiarlos por carne, insectos y agua procedente del interior de las cuevas, donde los invimanos cazaban y pastoreaban. Esto les había permitido cuidar del bienestar básico de toda la comunidad; además de mantener a algunos de ellos para que recuperasen y adaptasen los conocimientos y tecnologías del pasado; aprovechar los recursos que los humanos habían dejado, rescatar investigaciones científicas y la historia, con la esperanza de aprender de los antiguos errores.

Tanto los invimanos de los Pirin·nos como los virnimanos de Sagrena Amilea se protegían y apoyaban mutuamente, igual que a sus descendientes, nacieran nocturnos o nictalopíos. Habían sido los invimanos los que habían utilizado las antiguas arquitecturas monumentales de la zona para construir una ciudad habitable para los virnimanos; no los habían abandonado a su suerte.

Aquello pareció incomodar enormemente a Adan.

—Todo esto parece… demasiado fantástico. Demasiado para mí… me voy a dormir —Adan se levantó y nos dejó a solas.

—Eve, lo que habéis hecho aquí es increíble… no es fácil —comenzó Rodrego cuando se aseguró de que nos habíamos quedado solos—; pero no es sostenible. No sois los primeros que nos encontramos en condiciones similares y, sin el apoyo de los invimanos, sin el apoyo de un grupo… todo esto se os vendrá abajo.

—Lo sé, pero no podíamos hacer otra cosa.

—Claro, claro. En Sagrena Amilea no solo viven los nictalopíos de los invimanos de Pirin·nos, también otros que han hecho el viaje hasta nuestra comunidad. Para encontraros enviamos a los Columba. A veces han decidido quedarse… al cabo de un tiempo, perdemos el contacto y, cuando volvemos… —Rodrego no terminó la frase y no hacía falta, entendía perfectamente lo que quería decir porque Adan y yo habíamos pasado por momentos en los que había aceptado que nuestra vida se acababa ahí—. ¿Volveréis conmigo? El camino no es fácil, pero no estamos en temporada de tormentas.

Asentí, no tenía ninguna duda, lo deseaba, pero pensé en Adan; él siempre había sido escéptico, en los últimos días había estado más seco y, en cuanto podía, nos dejaba solos a Rodrego y a mí. Cuando traté de preguntarle qué le ocurría, siempre acababa deseando que aquella visita acabase, Rodrego parecía hacerle sentir incómodo.

—Hablaré con Adan, aunque creo que no querrá venir. Yo necesito ir, desde que llegó Columba, este sitio me desespera y me ahoga.

—¿Sabes que lo estás condenando si se queda solo aquí?

—Y si me quedo, nos estoy condenando a los dos.

Me marché hacia la habitación de Adan y entré sin llamar. Estaba sentado en la cama, jugando a darle vueltas a un cubo de madera. Me senté en una silla.

—Adan, Rodrego me ha propuesto que nos vayamos con él, en Sagrena Amilea hay sitio para nosotros; no estaremos nunca más solos.

—No estábamos solos, Eve, nos teníamos el uno al otro —Noté que me faltaba el aire, necesitaba respirar, necesitaba cambiar, prosperar. Necesitaba a otros virnimanos. Necesitaba una comunidad, una real, como la que Rodrego nos había contado.

—Nos tenemos —le corregí, con la esperanza de convencerle de que nos acompañara—, pero estaremos mejor con otros, no…

—Vivimos aquí.

—¡Sobrevivimos aquí! —le increpé, hice una pausa al darme cuenta de que Adan se había encogido—. Lo siento… pero es una oportunidad que…

—Vete. Yo me quedo —me espetó Adan. Me sentía confusa, sorprendida y muy dolida, quería que él lo viera como la oportunidad y esperanza que era.

—Llevamos toda la vida juntos, allí podremos estar juntos…

—¿Qué pasa con todo lo que hemos construido aquí? ¿Con los invimanos de aquí? ¡Son nuestra familia!

—Nos abandonaron cuando éramos niños —le recordé con voz sombría. Nos quedamos en silencio unos segundos y, al final, me levanté—. No les importamos. Si fuese por ellos, estaríamos muertos. No entiendo qué es lo que te ata aquí, ¿la costumbre?, ¿el miedo a…? bueno… ¿a qué? ¿A estar mejor?—Miré a nuestro alrededor, el polvo acumulado, los objetos en su mayoría inútiles y rotos—; apenas conseguimos cultivar lo suficiente para sobrevivir y lo único que hemos conseguido que crezca solo en este maldito clima son hiedras. Rodrego se marcha mañana y yo me iré con él. Prefiero arriesgarme y abandonar esta tumba.

—¿Vas a dejarme aquí? —Su voz estaba congestionada. Cerré los ojos, controlándome para no llorar, me giré para mirar a Adan directamente y lo recordé en aquel momento, todavía niños, cuando lo encontré tratando de refugiarse en la sombra alargada del esqueleto de un arco de piedra, 52 lunas llenas después de que me abandonaran a mí. Quería sonar entera, lo necesitaba, aunque tenía el corazón roto. Yo ya había tomado mi decisión y, en el fondo, sabía que él también.

—Quien decide quedarse eres tú.

Al atardecer siguiente, Eve tocó en la puerta de Adan en un último intento, solo obtuvo silencio. Eve inspiró y salió de la Almunea. Allí Rodrego la esperaba. Se ajustó la capucha y dio aquel primer paso que la alejaría para siempre de Adan y del infierno que había compartido con él, ese que él había idealizado y donde había decidido encerrarse. A ella aún le quedaba esperanza en lo que el futuro podía ofrecerle, tenía esperanza en Rodrego y en la Sagrena Amilea.

Al llegar a la nueva ciudad, quedó fascinada y aturdida por el ruido y el bullicio, por los virnimanos. Sintió pena por Adan, que nunca disfrutaría de aquello, y luego sintió por primera vez paz y seguridad.